CARLOS VICTORIAHe dicho mil veces que el colombiano suele ser verraco con un arma en la mano: desde un bolillo, hasta un arma de fuego; cuando lo seamos con la palabra, con el argumento, nos habremos salvado de la mediocridad, del crimen organizado y desorganizado. Pero no, se construyen más y más cárceles. En algunas de las existentes el hacinamiento es del 500 por ciento.

Por Carlos Victoria

En lugar de medellinizar, colombianizar, pues, lo que en el argot del contexto criminal es sinónimo de matar, masacrar, desplazar, contrabandear, en fin todo el repertorio genocida de que estamos hechos como nación incapaz de reconocerse en democracia, en razón pública, en derecho, en sensatez.

Es la Colombia del botellazo, la puñalada, la almarada, la asonada, la emboscada, la sicariada, el burundangazo, el peinillazo, el pericazo… Más otras técnicas: el paseo millonario, el paquete chileno, la extorsión, etc. pues… medellinizar es poquito, traquetizar es su sinónimo más cercano…

Sigamos metiendo la basura debajo del tapete, es lo mejor que sabemos hacer.  La hipocresía que nos carcome es parte de la desgracia. Una sociedad construida por debajo de mínimos éticos es suficiente para que viva bajo el fango. Cuando hace verano y las aguas se evaporan salen a orearse las osamentas de los cadáveres insepultos.

Bogotá se medelliniza y Medellín se bogotaniza. ¿Cuál es el problema? Que un alcalde se enfurezca (su padre tiene casa por cárcel, y no pasa nada). Aquí también fue lo mismo cuando alcalde y gobernador salieron a vender los muebles a la calle,  tras “Sin tetas no hay paraíso”, mientras por otro lado se promocionaba a la ciudad como destino turístico de los implantes. Subsede de la silicona, apenas pues.

Años atrás a un burgomaestre le pareció exótico que Pereira fuera rebautizada como la capital cultural de América, una franquicia que hoy se disputan ciudades importantes del continente, menos Pereira. Colombianizar es el mismo país que se amontona alrededor del robo de niños, robo de órganos, robo de cabelleras, robo de tapas de alcantarilla, robo de cable telefónico, robo de mascotas, el robo…el robo…el robo…; pero también el país de los mutilados por la mafia de la pólvora, las minas anti-persona, los bombardeos del orden, los falsos positivos.

Pasando la página encontramos a quienes usufructúan el poder a como dé lugar. Saqueando, privatizando, burocratizando,… en fin, gerundiando pues… ¿cuál Medellinizar?, es colombianizar, pues: desde la empresa colonizadora buena parte del territorio colombiano se inundó de tahúres, vivarachos, negociantes, traficantes, tinterillos, públicos y privados, bajo títulos nobiliarios; remember  empresarios y gobernantes. La sangre invasora del europeo dejó su impronta para siempre.

Estamos destruidos por la des-memoria, por el olvido que todos seremos bajo este sol que pretenden tapar con las mano, pero también con tapa-bocas. Huele mal, huele a costumbre, hiede pues… a miedo, a blancaje, a putrefacción, a matoneo, a amenaza, a legado colonial, a loción chiveada, pues.

He dicho mil veces que el colombiano  suele ser verraco con un arma en la mano: desde un bolillo, hasta un arma de fuego; cuando lo seamos con la palabra, con el argumento, nos habremos salvado de la mediocridad, del crimen organizado y desorganizado. No. Se construyen más y más cárceles. En las existentes el hacinamiento es del 500%.

“Los chulavitas iniciaron su fiesta de paz como buenos cristianos y buenos bebedores”, escribió Próspero Morales Pradilla. ¿Cuál respeto? ¿Cuáles valores? La sal se pudrió, las hostias también. Sociedad hipócrita y mercenaria; sociedad atravesada por la miseria, empezando por la espiritual, cultural e intelectual.

Re pobres que se alquilan para matar, para robar, para traquetizar, porque no hay alternativa; para reclamar un subsidio y vender su  conciencia. Clases medias detrás del sueño seudoamericano, de los zapatos, reloj y cartera de marca. Élites que les estorban la comida, la ropa, los lujos, los viajes, los carros, la plata y hasta la nacionalidad. “Hay que ser competitivos”, pregonan.

Un país cuyas autoridades judiciales elevan a la categoría de patrimonio cultural la “fiesta brava” es decante y retrógrado. Es la apología al dolor, la crueldad y la tortura. Es patentizar el crimen en el altar de la nación. Ni fiesta, ni brava… es el maldito verbo colombianizar. ¿Podemos esperar buenos sentimientos y conducta caballerosa de una sociedad borracha que pide a gritos sangre?

13 de enero de 2013