La capital risaraldense, en seis años, pasó de primer mejor ‘vividero de Colombia’ a ser el tercero.
Por: Nathalia Gómez Raigosa
La venda chovinista que tenemos los pereiranos puesta en los ojos, desde los tiempos de la ‘Capital Cívica de Colombia’, se nos ha empezado a caer. Eso lo demuestran la encuesta revelada el 2 de abril por la Red de Ciudades Cómo Vamos, que ubicaron a Pereira en el tercer puesto en el ranking nacional de percepción de calidad de vida.
Ocupar este tercer lugar no es motivo de celebración, en seis años caímos siete puntos en la tabla, lo que significa que año tras añosnos sentimos menos orgullosos de nuestra ciudad. Tampoco es de aplaudir que Enrique Vásquez haya pasado de ser el peor alcalde del país a ser el quinto menos malo, según la Encuesta Nacional de Consultoría CM&, divulgada también ayer.
El desenamoramiento de los pereiranos se debe, sin duda, a noticias tan bochornosas como la inhabilidad por 10 años con la que castigaron a Israel Londoño, por las inconsistencias dentro del Plan de Choque y Generación de Empleo, que fue ejecutado en su administración, a través de un convenio con el Comité de Cafeteros de Risaralda y, por supuesto, a las alcaldadas de Vásquez, que lo tienen sumido en la impopularidad.
Enumeraremos algunas como: las irregularidades en la licitación para la construcción de la torre de control del Aeropuerto, terminal aérea que se está remodelando con dineros del Gobierno Nacional, no con la plata fruto de la venta de la Telefónica, como lo anunció el burgomaestre, erario que hasta ahora no se sabe dónde está o qué se va hacer con él; los repetidos viajes internacionales que justificó con el fin de imitar modelos urbanísticos innovadores. Con seguridad, de España o Italia copió el mamarracho de alumbrado navideño del sesquicentenario o las zonas azules que han convertido a Pereira, según Enrique Peñalosa, en un: “inmenso parqueadero”.
Otras de sus medidas controversiales fueron el cobro de la valorización para obras viales sin haber culminado las del impuesto anterior; montar el despacho en Villa Santana para desmentir la peligrosidad de la comuna, en vez de militarizarla como quería el gobernador Botero; la innecesaria y costosa Calle de la Fundación y qué decir de los cuatro casos de funcionarios de su administración con diplomas falsos.
A eso hay que sumarle que cada día son más los pereiranos que se bajan del Megabús y se suben a una moto. Esto se debe, al mal servicio por un lado y a que la ciudad tiene una de las tarifas del trasporte público más caras de Colombia, que no hay cómo pagar si nos apegamos a que hace rato le endilgan el nombre de La Perla del desempleo y de la informalidad. No es sino mirar sus calles atestadas de vendedores ambulantes y carretas de frutas y verduras, quienes han intentado en más de una oportunidad tomarse la Alcaldía, en un acto de protesta en contra de la agresiva medida del ‘Plan Candado’ que prohíbe su trabajo sin brindarles otras opciones para ganarse la vida.
En Pereira pasan cosas, muchas buenas, que fueron dadas por la naturaleza, como el clima y la ubicación estratégica, otras son consuetudinarias como la hospitalidad de su gente. Pero no podemos continuar creyendo que, como en Macondo, aquí: “no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.


