Con el perdón de los bárbaros

GUSTAVOCOLORADOSomos unos bárbaros, le respondí, pero acto seguido sentí vergüenza ante ellos: como bien sabemos, con  ese nombre  llamaban en la antigüedad a los pueblos llegados de la periferia…

Por: Gustavo Colorado Grisales

De paso por Colombia, un ciudadano danés se asombraba, no de la cantidad de accidentes de tránsito registrados en el país, sino de su bajo número en relación con los niveles de irresponsabilidad de los ciudadanos involucrados, tanto automovilistas y motociclistas como peatones.

Somos unos bárbaros, le respondí, pero acto seguido sentí vergüenza ante ellos: como bien sabemos, con  ese nombre  llamaban en la antigüedad a los pueblos llegados de la periferia, portadores en muchos casos de saberes capaces de cambiar de cuajo la historia de quienes los acogían.

¿Cómo nombrarnos entonces, si nuestro grado de inconsciencia individual y colectiva supera a veces la indolencia criminal? Veamos algunos ejemplos:

  • Desde la temprana infancia nos enseñan -inútilmente, por lo visto- el sentido del mensaje implícito en los  cambios de luces de los semáforos. En la práctica obramos en dirección contraria: ante la aparición del amarillo, los que están en movimiento aceleran en lugar de detenerse y quienes están detenidos arrancan sin esperar el cambio al verde. No se necesita ser un experto en teoría de las probabilidades para comprender el alto riesgo de accidente. Y ni qué decir de la peligrosa práctica de hablar por teléfono celular mientras se conduce un vehículo. Basta con mirar los malabares de los conductores conduciendo con una mano mientras con la otra sostienen el aparato. Una pizca de sentido común les indicaría que el peligro se incrementa ante cualquier situación imprevista. Pero más preocupante resulta la imagen de guardas y policías que los miran pasar con aire imperturbable. Año tras año se incrementa el número de accidentes, muchos de ellos mortales, protagonizados por este tipo de infractores y no hay autoridad alguna capaz de hacer cumplir la norma. Mucho menos de adelantar una campaña de educación masiva que combine a partes iguales la persuasión y la disuasión.
  • Trasladados a otro plano de la vida ciudadana, días después de iniciada la última temporada de lluvias se produjeron  inundaciones en varias viviendas del Área Metropolitana. ¿Las causas? En no pocas ocasiones obedecieron al rebosamiento de las alcantarillas, a consecuencia de las basuras arrojadas a las calles por los transeúntes o por los ocupantes de las mismas viviendas.
  • En lo tocante a los niveles de ruido en  barrios y calles las cosas alcanzan un límite demencial. Ante la menor  interrupción del tráfico todos hacen sonar sus bocinas como integrantes de una orquesta enfurecida, como si ese solo acto pudiera resolver el problema. A su estruendo se suman los parlantes de locales comerciales: alguna mente retorcida los llevó a pensar que el incremento de las ventas es directamente proporcional al nivel de decibeles. Y  si usted está en su casa tratando de conciliar el sueño y a su vecino le da por imponerles sus gustos musicales a todos los habitantes del sector, ni se le ocurra reclamar, por decentes que sean sus términos. “En mi casa hago lo que me dé la gana”, responderá el energúmeno, ignorando de plano el mínimo sentido de palabras como respeto o convivencia.