Desde entonces me escondía tras los árboles del parque para ver la casa oscura que morabas, los demonios que te visitaban y tu mirada que se me antojó siniestra.
Por: Carlos V. Sánchez Hernández
Te recuerdo Héctor Escobar, recién había acabado de mudarme al barrio Providencia y apenas iniciaba el bachillerato. Mi padre al fin aterrizó de sus repentinos viajes en aquel territorio desconocido. Todo un mundo nuevo se me estaba revelando. Ahora debía enfrentar el universo de los mayores allá en el Deogracias Cardona, y solo encontré como fórmula para escapar de la incertidumbre los libros de aventuras, los relatos de ciencia ficción y las películas de la guerra de las galaxias. Fue entonces cuando escribí un primer cuento que al final me condenó.
Todo empezó la noche en que me despertaron extraños cánticos y gritos. Pude ver a través de la ventana de mi habitación a un grupo de encapuchados caminando con antorchas por la calle. Al día siguiente les conté a los chicos del barrio lo visto. Entonces se quedaron mudos, y como si fueran a abrir las puertas del infierno, me dijeron con un susurro, que en Providencia habitaba el diablo. Desde entonces me escondía tras los árboles del parque para ver la casa oscura que morabas, los demonios que te visitaban y tu mirada que se me antojó siniestra. Luego, las cosas se complicaron, porque con aquel cuento escrito gané un concurso en el colegio y la maestra Ofelia me llevó a leerlo en público, ante un grupo de escritores risaraldenses. Tuve que pararme frente a ese montón de implacables adultos y la experiencia no pudo ser peor. Frente a mí, en primera fila, estabas sentado tú, el mismísimo diablo de mi barrio, rodeado de sus demonios, mirándome atento.
¡Yo tenía apenas once años para afrontar tanto terror! Te llamaban poeta, maestro, y las piernas me temblaban de manera descontrolada, la voz se me quebraba, se cortaba, alguien emitió un gesto de desapruebo bastante desalentador, otro tosió, hubo un bostezo que se me antojó una carcajada demoníaca. Esa noche, con lágrimas en los ojos, supe que para ser poeta había que superar demasiados demonios, había que enfrentarlos con un valor que no tuve en el momento. Así fue mi primera experiencia pública leyendo un cuento mío y juré que la próxima vez sería distinto, pero tus ojos me han perseguido el resto de mi carrera. La literatura no es cosa de ángeles.
Nunca me hice amigo tuyo, debo aclarar, no tuve ese valor, no por cuestiones morales, sino traumáticas. Aún así he abordado tus poemas con atención, tratando de hallar pistas a mi destino, y aunque nunca pude vencer tu mirada, he intentado cumplir con el designio. Sé que estás enfermo, que pesan sobre ti los delirios que tanto perseguiste y, creo justo que a puertas de la celebración literaria del 23 de abril, se te rinda un sentido homenaje como escritor de estas generaciones perdidas, porque exigías con una obsesión luciferina la perfección de un verso. Mereces ser recordado siempre, ya que reinventaste un sentido rebelde a esto de ser escritor.

