CONFLICTIVIDAD, EXPERIENCIAS DE PAZ Y EMPODERAMIENTOS PACIFISTAS

La paz es el más decisivo y contundente de todos los combates librados por la sociedad colombiana en las últimas décadas.

 

Por / Diana Marcela Brochero Sepúlveda

Es más fácil hacer la guerra que la paz, porque al hacer la guerra uno ejerce la violencia contra el enemigo, mientras que al construir la paz uno debe ejercerla contra uno mismo.

Santiago Gamboa

Partiendo de la naturaleza del hombre y evidenciando lo que Kant expone en Hacia la paz perpetua, la guerra es una constante en el comportamiento de un colectivo; en la historia la guerra se convierte prácticamente en una constante que fundamenta los Estados y da forma a los procesos de desarrollo de los mismos a nivel mundial; de esta manera, refiriéndonos a su acción primaria, los conflictos se convierten en una cuestión inevitable y la vez necesaria para llegar a la evolución y redireccionamiento de las sociedades y el comportamiento de los hombres.

Desde que el hombre comenzó su organización en comunidad en su historia quedó escrito el conflicto y posterior a éste la guerra, ese enfrentamiento en el que de manera indirecta se tiene un poder prodigioso: el hacer una cosa al hombre que todavía vive. Vive, tiene un alma, y sin embargo es una cosa.

En los diferentes escenarios de la vida, en cada una de las épocas históricas, el hombre ha demostrado cómo su naturaleza es la violencia y también como la paz se convierte en ese estado de quietud y espera entre otro estallido de esta abrumadora naturaleza humana que destruye y libera.

Si bien es cierto que cada hombre en el mundo –independientemente de sus ideologías, creencias o etnias– busca concebir en cierto sentido la paz, el problema para conseguirla y aún más para mantenerla radica en la mala interpretación que se da a este concepto que si bien denota calma y reducción de manifestaciones violentas, se debe tener claro que la violencia nunca desaparecerá del panorama humano y por ende la paz es un proceso inacabado, una “paz imperfecta” que requiere de una nutrición continua.

La presencia de la paz en una sociedad permite formularse ciertas preguntas como: ¿progresa realmente el espíritu humano? ¿Serán los hombres del futuro mejores, más libres, más sanos y más sabios que nosotros? Si en determinado momento nos diéramos a la tarea de responder y trascender estas preguntas nos daríamos cuenta, tal como expresa Santiago Gamboa en su libro La guerra y la paz, que la paz es el gesto más excelso de la inteligencia humana, pues la consecución de la paz implica confrontación, negociación y sacrificio; las mediaciones se realizan no solo a nivel político y tratados entre Estados, sino de manera indirecta en situaciones cotidianas en las que cada hombre participa desde su experiencia personal.

Cabe mencionar que para dimensionar lo que va a producir la paz en un Estado, las experiencias de esta, que se dan de diversas formas entre las sociedades, son las que permitirán reflexionar acerca del valor del sufrimiento y de ceder entre todas las partes involucradas en medio de la guerra.

Cada sociedad tiene un umbral de sufrimiento distinto. Pero todas esas ideas y todas esas circunstancias personales son civilización. Por ejemplo, uno no es compasivo naturalmente. Hasta la compasión se aprende. Un niño no siente compasión hasta que no se le enseña, hasta que no la ve. Hay sociedades que tienen la compasión de una manera mucho menos fuerte que otras.

En este sentido, las experiencias de paz no se limitan a situarse dentro de un territorio que vivió un proceso de guerra y posteriormente logra realizar tratados que dejan pensar, entender y vivenciar la paz; sino más bien, atreverse a estar en un territorio en guerra, ser capaz de sobrellevar el conflicto y construir allí dichas experiencias, ya sea haciendo cubrimientos periodísticos, compartiendo con las víctimas, o bien como aquellos que se levantan día a día a cuidar a los pequeños, a educar sobre el postconflicto, a sanar a los heridos, a defender las negociaciones, a guiar a las víctimas y a hacer conscientes a los detractores de que la paz es posible. Será imperfecta, pero disminuirá grandes daños y pérdidas al Estado.

Al situarnos en la realidad del Estado colombiano es innegable que es una República joven, aristocrática, que desde el origen de la conflictividad en el momento de la conquista no ha tenido una verdadera movilidad social, lo que ha facilitado al interior del territorio las manifestaciones violentas durante décadas.

Dentro de esta realidad lo que nos queda como ciudadanos colombianos es comenzar a vivenciar y evidenciar un verdadero empoderamiento de la paz, uno que permita a través de la educación, no solo en las aulas, sino en el contexto cotidiano, ser abanderados de un proceso que permita, además de unos diálogos de acercamiento entre el Estado y la izquierda armada, un reconocimiento de la izquierda democrática, de nuevas fuerzas políticas que permitan esa movilidad social del poder y se oxigenen de esta manera las políticas públicas que en verdad beneficien a toda la sociedad civil.

Un empoderamiento pacifista que posibilite un verdadero desarrollo, una democracia equitativa, una preservación de nuestra identidad cultural y, lo más importante, una condición de reconocimiento y dignificación del otro con el fin de tolerar, ceder, reconciliar y perdonar para conquistar una realidad más pacífica y perdurable para el Estado colombiano.

La paz es el más decisivo y contundente de todos los combates librados por la sociedad colombiana en las últimas décadas. Solo un Estado maduro es capaz de sobrellevar el conflicto y aunque la naturaleza del hombre sea violenta, contrario al postulado de Rousseau – “el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe” – hoy la tarea o más bien la responsabilidad y el reto es asumir que la sociedad forma, educa y es capaz, a partir de las vivencias cotidianas, de formar mejores personas, ciudadanos más sabios y conscientes, capaces de asumir su papel como protagonistas en la construcción de la paz.

Hombres y mujeres dispuestos a combatir sin armas, un pueblo que se dio cuenta de que la guerra en este país no fue la salida al largo conflicto social al que se ha enfrentado durante tantos años.

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