KEVIN MARÍN (provisional)El cómic ni ningún otro medio artístico están hechos para ser estrictamente pragmáticos, porque si partiéramos de esa premisa tendríamos que preguntarnos por cada acto que realizamos en relación con la lectura de una novela o el acto de asistir a una exposición de arte.

Por: Kevin Marín

Hace algunos meses tuve la fortuna de tropezarme con las historietas. No tenía ningún propósito más que el de instruirme en una lengua extranjera a través de las líneas llanas, simples y, por supuesto, escritas en el lenguaje más tradicional posible. Por lo tanto, aquí trataré de plantear mis opiniones sobre este estilo que, siendo artístico, podré explayarme sin problema.

Las historietas en principio están descritas bajo prejuicios de muchas índoles, como que solo los nerds las leen, o que solo los asociales pueden apreciarlas. Son precisamente aquellas ideas las que apartan a los lectores del descubrimiento de una revista, serie o simplemente un recorte de periódico perteneciente a este género.

Los académicos de “solo lo que dicen mis libros es válido” también son muy propensos a descalificarlas. Pero creo que pierden demasiado con estas actitudes. Personalmente encontré un medio riquísimo de expresión. Si tenemos que aludir a la importancia de la historieta como género, creo que tiene el mismo valor que cualquier otro. Efectivamente,  involucra las corrientes de creación -sus cualidades como las de cualquier arte lo confirma- si es contar un historia lo hace (aunque no igual, obviamente) que Don Quijote de la Mancha; el grupo o género artístico involucra las mismas cualidades humanas de creatividad que cuando se escribe un guión, se crea una pintura o se recitan poemas.

Tal vez nunca se ha creado una ideología a través de un cómic, pero éste sí puede tomarlo y desarrollarlo de manera más eficaz para llevarlo a una población más amplia. En efecto, nadie duda de que Mafalda sea una historieta de ideología de izquierda sin pretender formar el monumento o mamotreto de un Capital. De igual manera, la historieta es libre de adoptar temáticas sociológicas, históricas e incluso científicas. Otro punto por el que me parece aceptable defender la historieta es -como lo he dicho en otros lugares con respecto a la literatura- que el cómic no pretende, sino que  sus propias cualidades intrínsecas lo definen como un hecho artístico sin argumentos de veracidad o falsedad. Por esto me parece que las comparaciones son odiosas. Todos sabemos que Hamlet es diferente de Tintin, y que cada uno guarda su esencia propia sin necesidad de elogiar a uno o descalificar al otro. Se disfrutan de igual manera sin la necesidad de apelar a  analogías.  Y quizá para algunos resulte más ameno leer sobre la colonización francesa de Argelia en las historietas de Jacques Ferrandez que de gruesos tomos. (Y aclaro, hablar de rigurosidad es un trabajo infructuoso: no es lo mismo leer Príncipe y Mendigo de Twain para conocer el país de Enrique VIII que Henry VIII’s Conservative Scholar de Andrew Chibi, pues aquí, una vez más, depende de las intenciones del lector).

Por esta razón no comparto las pretensiones de un lado y otro del debate: por un lado los intelectuales encapsulados en que el cómic es una tontería, y por el otro lado, que debe considerarse a la altura de las grandes obras de ficción. Vamos, que si a uno de los defensores acérrimos del cómic como género literario le da por exponer sus ideas sale perdiendo ante obras como Los Miserables, La tempestad, o textos de los que desprende ideologías o material educativo (El Capital o un tratado de física, por ejemplo). Incluso, en un punto del debate el que se opone a calificar el cómic como género literario podría lanzar una pregunta atronadora: ¿dónde encajaría el cómic que solo reproduce imágenes? Por eso, propongo que el cómic simplemente debe ser, sí, cómic.  Incluso cuando no hacemos la comparación estamos abriendo paso a más posibilidades de su supervivencia; me regocija ver, por ejemplo, muchos historietistas explicando temas complejos de física, biología o química a través de sus trabajos; lo cual no implica necesariamente una rigurosidad pero sí un entendimiento. Además porque el cómic cuenta con una cualidad excepcional: la imagen. Palabras e imagen que pueden, en muchos casos, solucionar problemas educativos. 

Por lo tanto el problema que ven los intelectuales cuadrados, anclados al aula de clase, queda solucionado: si lo que querían era utilidad, ahí la tienen. Aunque, repito, el  cómic ni ningún otro medio artístico están hechos para ser estrictamente pragmáticos, porque si partiéramos de esa premisa tendríamos que preguntarnos por cado acto que realizamos en relación con la lectura de una novela o el acto de asistir a una exposición de arte.

Creo que debemos desasirnos de esa idea vieja de que todo lo que hacemos debe implicar una utilidad, pero nunca una diversión o un hecho pasajero.

Nota aparte: lanzaré una hipótesis. Tal vez el alcalde de Pereira sí leyó el comunicado en que instaba a todos los funcionarios públicos a asistir de manera obligatoria a los actos de semana santa. Que por un momento haya olvidado que no leer un comunicado es una falta menos grave que no cumplir la constitución es, obviamente, otra cosa.