La virginidad femenina no debería ser estimada bajo ningún punto de vista, un valor o una virtud. Ese es un concepto caduco que obedece a intereses muy precisos y convenientes para el statu quo.

 

Por: Gloria Inés Escobar

Las mujeres tenemos muchos enemigos, la mayoría con rostro amable o maquillaje grueso, de ahí la dificultad para identificarlos, desenmascararlos y combatirlos. Uno de estos enemigos, quizás el más peligroso por el peso enorme que tiene en todos los seres humanos, es la religión.

Los discursos y textos religiosos de toda laya no hacen más que vomitar odio en contra de las mujeres, eso sí, disfrazado de amor y consideración. Las culpan de todas las desgracias del hombre cuando no de la humanidad, por esta razón llaman a sus feligreses a ejercer un control férreo sobre el cuerpo y pensamiento de aquellas. Por eso llaman a controlar al demonio encarnado en la mujer.

El cuerpo de la mujer pasa a ser el instrumento del pecado. De este modo ella no sólo es la pecadora sino quien incita a los hombres a seguir el camino del mal, de ahí que haya necesidad de encontrar una salvación y esa no es otra que ejercer control absoluto de la vida de la mujer, es decir, de su pensamiento y cuerpo, más específicamente, de su sexo.

Esto explica la urgencia de vigilar permanentemente el sexo de la mujer, ese oscuro objeto del deseo. La virginidad se convierte así en el valor más alto, en la prenda de pureza mayor. Se crea entonces todo un discurso en torno a la virtud de la mujer virgen, la que no tiene mácula, la que se eleva por encima del mundo terrenal y se convierte en modelo de amor, sacrificio y santidad. De este modo se enaltece la castidad femenina como bien supremo.

Así, desde las primigenias mitologías politeístas hasta las más recientes monoteístas, desde las vestales romanas pasando por la islámica Mariam y la cristiana María, la mujer es sacralizada en la figura de la virgen, es convertida en el símbolo de la fidelidad. Al mismo tiempo, en el terreno de lo profano la virginidad es entronizada como la más alta virtud moral exigible para el matrimonio.

Con este concepto tan conveniente para el ejercicio del patriarcado, la mujer queda reducida a su sexo y toda su valía reside en él. En ciertas culturas vigentes las mujeres literalmente valen por su virginidad, es decir, por su himen intacto, no solo en términos sociales y culturales sino económicos, y para garantizar tal cosa, la virginidad, se recurre a la práctica cruel y denigrante de la ablación del clítoris y/o la infibulación.

Y aunque en nuestra cultura, en gran medida, gracias a los movimientos sociales de los años 60, las reglas morales con respecto a la virginidad han venido perdiendo vigor, de manera desigual hay que aclararlo, aún está muy arraigada, tanto entre hombres como entre mujeres. Permanece la idea de que la mujer que se ha liberado de las garras del control religioso y hace libre uso de su sexualidad no vale nada, es una escoria a la que se puede insultar, aislar, castigar socialmente.

De otro lado, nuestra sociedad terriblemente desigual y opresiva, ha llevado a que mujeres subasten su virginidad, muchas de ellas impulsadas por la miseria; y ciertas madres vendan al mejor postor la virginidad de sus niñas. De cualquier modo, al mismo tiempo que se exige la castidad de la mujer, se la incita a comerciar con su sexo. He aquí, de nuevo, una muestra de la doble moral que impera en nuestra cultura y del doble rasero que se tiene: uno para medir la conducta del hombre y otro muy distinto para medir, la de la mujer.

Aun hoy la virginidad de la mujer sigue teniendo una importancia inusitada, una trascendencia enorme dentro de la cultura. Recordemos, este prejuicio sexista que va en contra de la libertad sexual de la mujer, no busca otra cosa que justificar el control de su vida a través de su cuerpo. En lugar de limitar su actividad sexual con ideas ridículas se debería propugnar por una educación sexual, tanto para hombres como para mujeres, libre de mitos, responsable y basada en los conceptos científicos que señalan los peligros y consecuencias físicas y psicológicas de una sexualidad desbordada y sin límites.

La virginidad femenina no debería ser estimada bajo ningún punto de vista, un valor o una virtud. Ese es un concepto caduco que obedece a intereses muy precisos y convenientes para el statu quo. La virginidad no tiene nada tiene que ver con la dignidad, honra o valía de la mujer. No importa que la religión la eleve a la más alta categoría, tal idea no tiene ningún fundamento real ni reviste ninguna relevancia, y bajo ninguna excusa debe aceptarse como medida de consideración y/o valoración de la mujer.