El romance del fabricante de ataúdes y la solterona del barrio despierta suspicacias entre los vecinos. León Darío en su crónica cuenta los rumores, uno a uno, para avisarnos de los gritos que interrumpirán la vida cotidiana de los chismosos del barrio.
Escribe / León Darío Gil Ramírez – Ilustra / Stella Maris
Fabricaba ataúdes. Los hacía, y no daba abasto, para las funerarias de los pueblos. Cajones sencillos, en una misma línea, taponados, con una que otra moldura para matizar la dureza de la geometría y justificar un precio. Los de manijas aluminadas, bombillitos laterales o sobretapa, eran por encargo.
De dos pisos la casa. En el primero el taller; en el primero y en la calle donde solía sacar las tablas de sajo brutas para que el sol les matara la humedad, les fijara el tapón y la cola o, donde ya hechos, los apilaba mientras llegaba el jeep que los trasportaría hasta el destino final. Por eso la calle dejó de ser La cuadra de los postes colorados para ser, y los méritos eran evidentes, La falda de los ataúdes.
Adentro, al taller lo regocijaba el vaho cordial de la viruta y, en un orden rígido y cordial, el banco de carpintería, los frascos con las unturas, las herramientas, los vidrios apilados; los retales, de menor a mayor, recostados contra la pared; la cajas de puntillas, los estoperoles, los rollos, los retazos y, al garete y usurpándolo todo, las pelusas de satín blanco con el que, con afamada curia artistiaba los encajes. Como para un verdadero descanso eterno, decía. Con dedicación eso hacía Osvaldo, por eso y por su vocación de soltero solitario y triste era reconocido. Siempre afeitado. De rasgos duros como cortados a escuadra. Elegante, impecable, de maneras amaneradas; con voz gruesa, varonil, radial. Ineludible miembro de la Junta de Acción Comunal. Aunque ya se conocían fue en esta donde afinó su amistad con Zulma.
Zulma, la palabra, evoca un hecho gitano, callado, casi triste. Zulma, la persona que nombra, era lo contrario: acuerpada, bullosa, luciente, avispada; un tris de hermosura se alojaba, recóndito, en su blanquísima sonrisa. Virgen, a nadie se lo dio, ni siquiera a Gustavo con quien a través de muchos años edificó una historia de leyenda y a quien, a pesar del inminente matrimonio, le cantó la tabla en plena Plazoleta y en medio de la algarabía del reinado protemplo, todo porque lo vio conversando, amable y meloso, con Sonia I, la candidata adversaria de Fanny I, hermana de Zulma. Fue el más escandaloso y el más caliente de todos los escándalos; se puede afirmar que, hasta que llegó la policía, con puños, patadas, garrotes, botellas, terrones y piedras, en favor del uno o de la otra, todo el barrio se vio involucrado.
Lo que le dio no fue propiamente un ataque de celos; algo más y peor. Una frase con significación y resonancia en cualquier rincón del barrio definía sus pataletas: se le subió la virginidad a la cabeza; y yo lo creía. A lo último había que recogerla del suelo y llevarla al puesto de salud. Recuperada, metidos sus ojos y su mirada en unas ojeras melancólicas, medio atolondrada, volvía a sus habitualidades.
Conociéndola, era un peligro que Gustavo se quedara; se perdía por temporadas hasta cuando los días o las semanas le armonizaran a Zulma sus desequilibrios. Su verdadero y vital problema era ese, ser virgen, y su mayor tesoro. Solemnemente, después de una visión milagrosa en la que lo vio llorando, se la prometió a San Martín de Porres, el santo patrono del barrio. A quien la mereciera se la iba a entregar pero bajo una única e inapelable condición: solamente después del sagrado sacramento del matrimonio.
Como profesor, tuvo Gustavo que pedir traslado para otra escuela y evitar, así, que Zulma, en uno de sus arrebatos se le metiera al salón a escandalizarlo a él y por ahí derecho a los niños; desde cualquier flanco lo emboscara a punta de piedras, terrones, tomates, mamoncillos o pepas de aguacate, o amparada en la desolación de una esquina o detrás de un poste lo refregara con escarnios desafiantes y malévolos, como ya había ocurrido más de una vez. La más ardua y tenaz, la más inolvidable de todas las historias de amor que trastocaron la sonsa calma del barrio, fue esta.
Que resultara con Osvaldo, más que un misterio fue una sorpresa que ninguno recibió con halago, más bien con prevención y desconfianza. Osvaldo, físicamente, no era, digamos, un buen partido, pero desde lo económico era un respaldo, máxime tomando en cuenta que él desbordaba los 40 y ella superaba los 35 años.
Él, fiel a su vocación, solo, vivía en el segundo piso del taller; todo hacía presumir que con las comodidades de un hombre sin apremios monetarios. No era frecuente pero se quedaba trabajando hasta la madrugada. Cerradas las puertas se oía en la cuadra el rezongo largo y pesado de la garlopa, el repaso arrullador de la lija, o el sonsonete conciso y seco del martillo martirizando la noche. Muy de vez en cuando, solo, se sentaba en su sala un domingo a escurrirse una de ron al amparo de las angustias, desgarros o encantos de los tangos. Aunque aprestigiada, su soltería hacía ver, sospechar o imaginar turbiedades, comportamientos furtivos a altas horas de la noche con tanta discreción y mesura que parecían más comportamientos de ánimas que de humanos. A la luz del día nadie podía atestiguar que vio entrar a alguien. Sin amigos, de pronto, sí, don Manuel, el presidente de la Junta de Acción Comunal con quien, además, lo unía un remoto vínculo familiar. De la misma Junta, Zulma era la tesorera, Osvaldo el fiscal.
Conocidos de sobra los antecedentes de Zulma con Gustavo, nadie daba cinco centavos por los nuevos amores con Osvaldo. Aún así y todo comenzaron a prosperar. Departían el mismo vaso de jugo en los convites quincenales. Ni de la mano ni de gancho, nunca, pero uno al lado del otro se les veía yendo a misa o sentados en la cancha de fútbol disfrutando los clásicos dominicales.
La historia logró otro color el día que, ahí sí de la mano, desfilaron desde la casa de Fanny I hasta la iglesia en el mismo grupo que, ocupando el anchor de la calle empedrada, iba toda la familia. Adelante y de rodillas, Mario, el hermano suicida de Zulma. Pero no suicida consumado, en el hospital le pudieron neutralizar la sobredosis de vidrio molido que se bogó con agua para apagarse la sed de un imposible amor por un torero. Ya salvado, lo primero que hizo cuando volvió en sí, fue prometerle a San Martín de Porres, por el milagro y como agradecimiento, irse de rodillas desde el altar del santo que doña Rosa reinauguró para el efecto en el antejardín de su casa, hasta el altar del mismo santo entronizado en la iglesia. Fanny I, en traje de gala y con la banda de candidata en bandolera y, a modo de edecán, el director de la escuela, iban en el extremo izquierdo. Enseguida la menor de las menores y otras tres. Después ellos dos, de la mano, ya se dijo; erguidos, rígidos, solemnes, vestidos de luto satinado: dos estatuas vivientes. Al lado, de mantilla negra con visos plateados, insistido el cuello de vueltas y vueltas de perlas irisadas, doña Rosa que, con un pañuelito de terciopelo lila, de vez en cuando se enjugaba las lágrimas. Enseguida, empaquetados todos en estrictos vestidos de paño negro, peinados con Glostora, la prole de hermanos que cerraba Hilder, el estilista, que para la ocasión se vino de Bogotá. Detrás de ellos el jefe de los scouts soportando el altoparlante, seguido por una fila de lobatos que, milímetro a milímetro, para favorecerlo de la multitud, se agarraban al cable de la transmisión. Luego, micrófono en mano pregonando rogativas, misericordias, letanías y regaños, el cura Raúl en palio de cuatro varas sostenido por dos acólitos y, en traje de gala, dos efectivos de la Defensa Civil, y detrás de Raúl el barrio compungido y a la vez agradecido por el favor que San Martín, el santo patrono, le hacía a una familia colmada de méritos reales, cívicos y religiosos. Desde los andenes, desde las ventanas, desde los balcones y terrazas, les batían pañuelos, les tiraban pétalos de colores, picadillos de papeles y confites blancos. El hecho sirvió de pretexto para que se hiciera público y evidente el compromiso matrimonial. Empero, el vaticinio que corrió como un extraviado ventarrón fue contundente: no serán felices. Con una condición anexa, mortal, que los vecinos murmuraban en secreto: hasta que Gustavo muera.
Verlos deambular por las calles, aunque era una gracia, no lo era del todo. A ese romance lo oscurecía, por un lado, la sombra inevitable de Gustavo y, por el otro, ese reducto oculto en las secretas noches de Osvaldo. Se mencionaba también, y ese era el miedo, la virginidad de Zulma, no fuera que, el día menos pensado, le desajustara los sentidos y le avasallara la razón. En el fondo lo que más deseaba el barrio era que no se casaran, y todo hacía presumir que sí.
Que él no fuera a la casa de ella se explicaba por el mal genio y la sismatiquería proverbial de doña Rosa. Que ella no fuera a la de él, desde luego, para evitar rumores, sencillamente no era conveniente. Estos dos hechos, más el de Gustavo y el de la virginidad, le angostaban el horizonte al romance, romance que se veía sano y robustecido en la misa de siete todos los domingos, en las empanadas y bingos bailables, temprano en las cafeterías de la Plazoleta o en las tardes de fútbol y, desde luego, en las obligaciones que compartían como dignatarios de la Junta de Acción Comunal.
Transformó de un modo radical, a instancias de su prometida, la presentación de sus manos. Relucían decentes y pulcras, casi femeninas. Con aguarrás primero, después con las magias de manicuristas, se borró la costra de tapón y cola que las afeaba. Desde entonces, aunque le costó acostumbrarse, no dejó de usar guantes de látex para protegerlas. Y no solo eso, para evitar los efluvios nocivos de sus unturas se sumó tapabocas, y para el enjambre de pelusas de satín blanco y nubecitas de algodón que invadían todo como una plaga imposible, se agregó una gorrita verde de médico cirujano. Ahora sí de verdad se nos mariquió el ataulero, viéndolo trabajar con semejantes añadidos comentaban entre dientes los desocupados de la Plazoleta.
Fue un miércoles. Mediaba octubre con la tranquilidad de un mes anclado entre el letargo de la cotidianidad y la esperanza del fin de año. Un mes impertinente y un miércoles, ese, sin luna pero testimoniado por estrellas que aprovechaban los claros que dejaban las nubes para darle un atisbada a la Tierra. Medio alumbraban al barrio las escasas farolas de las esquinas, y el viento, un viento en flecos y helado, rasaba las calles. Ni un alma por fuera de las casas.
Pervirtiendo la oscuridad, titilantes, dos llamas de vela desde el fondo de la casa de Osvaldo derramaban sus tenues titubeos por entre el vitral encortinado de la sala.
Corroída por los celos, rigurosa en seguir desarrollando la estrategia elaborada, ya Zulma, sin que nadie lo percibiera, había traspuesto el paso más difícil: salir de su casa. Frente a lo que le contaron era lo primero que debía hacer, y con arrojo lo estaba haciendo. El resto del plan juró agotarlo hasta esclarecer toda la verdad, una verdad que le estrujaba las entrañas, le apelmazaba el alma. Recostada contra la pared, como una sombra más negra que la noche, allanó la primera cuadra. A pesar de la angustia que la excedía, procuraba manejarse como un ser que reconoce su ira, que la sabe tratar y sabe leer los dictados de sus instintos para conducirlos sin estropear sus cometidos. Lo único blanco que la podía delatar eran sus dientes, y no era tiempo para reírse, al contrario, sobreponiéndose al sentimiento que la poseía, fue capaz de vencer el taco que se le hizo en la garganta y de dominar la inminencia de las lágrimas. Ganó el poste de la esquina y en el mismo movimiento la otra pared. Rabiaba. Para invalidarles el ruido se sacó las llaves del bolsillo y se las metió, sin que se lo repudiara el pudor o la falta de costumbre, por entre los brasieres. Mentalmente le mentó la madre cuando oyó desde lo más profundo de su ser a su amiga Fabiola susurrándole insidiosa: Échele ojo, ese se la juega, y no con cualquiera, ya sabe pues. Acezante y trémula, tomándose las manos y tratando de darse consuelo, pronunció: ¡Imposible hijueputa! Pero estaba frente a otra imposibilidad más contundente: no podía desistir. Por Mi viejo San Diego, la cantina de Chalo, pasó rauda y a distancia; aunque viejo, era mejor no darle ningún motivo al perro que la cuidaba. Yo en estas, se dijo reconociéndose y empuñando las manos, como aprontándolas. Se reacomodó la bufanda, también negra, en la que embozaba su rostro. Oteando hacia el sur para desestimar presencias indebidas vio la ramada de la iglesia y sobre el telón negro de la noche el tachón más negro de la cruz.
Hubiera preferido no haber conocido nunca a San Martín de Porres; más allá de ella lo vio como una falacia para engatusar incautos. Gateando transmontó la talanquera en guadua de la manzana de Las enredaderas de doña Tila. Arribó y se ocultó detrás del poste de la luz de la casa de los Duque. Por entre las hendijas de la ramada de la iglesia palpitaba, inextinguible, la llama del cirio pascual. Se acomodó con inusual temeridad una actitud de hombre, así ganó el poste de la casa de los Ciros. A la grata visión de una raya luminosa de la ciudad al fondo, menos grato no fue el olor a pasto cortado que aspiró como un bálsamo. Presintió la casa que buscaba. Cerró con fuerza sus ojos para precisarla en su rabia. Y si es verdad, te mato gran hijueputa; se mencionó desde una voz ignorada y desde otros sentimientos.
Dueño del tiempo y de la vida, con porte de macho alebrestado y con esas intenciones, de una a otra acera, cruzó un gato. Zulma se angostó en el poste mientras cruzaba el gato y pasaba un taxi. Deseó, cuando en la pretina del bluyin se palpó el cuchillo, tener un revólver. Con desazón descubrió que nada, hacia delante, frustraría su intención. Calculó cual sería el siguiente tramo. Arrancó. Hasta donde lo había calculado llegó: un muro en ladrillos de la casa de las Guarín, desde donde en diagonal y perfectamente divisó su objetivo: la casa de Osvaldo. Se acuclilló. De aquí, hijueputa, no me muevo hasta no conocer la verdad, se dijo en tono perentorio. Dispuso el alma, el cuerpo, el cuchillo y se resignó a esperar. Lo hizo hasta cuando, sin poderse resistir, acosada por una necesidad a la vez ambigua y punzante, en puntillas atravesó la calle y, sigilosa, alcanzó la casa de su obsesión.
Reanimadas, con aire de nuevas, vio reflejadas en la cortina de la sala las trémulas lucecitas de las velas. Con cautela se arrimó hasta la entrada. Luego, libre el ambiente de cualquier novedad que lo perturbara, puso una oreja contra la puerta. Nada; acaso, y más como producto de la imaginación que de los sentidos, como el corazón de una brújula, oyó el tremor apacible de las llamas. Esperó. No se dejó alterar por la impaciencia que comenzaba a abrirle un hueco en el vientre y una desazón misteriosa que le inquietaba las manos. Mientras cambiaba de posición y de oreja oyó que desde el fondo de la casa o de su rabia se desastillaba un hiriente ruidito de vasos tocándose y unas risitas tan imperceptibles que le parecieron los menudos gruñidos de una camada de ratones.
A contracorriente de sus deseos y luchas la cabeza se le llenó de osvaldos maltrechos y monstruosos, abrazados o abrazándose a trozos de cuerpos sin determinación, mutilados y múltiples; temía que fuera no una imaginación sino una visión, por eso se restregó los ojos. Le caló tan profundo lo que le había contado Fabiola que vio lo que le dijo aumentado en pornografías indecibles, tan indignas como absurdas. Sin ser capaz de no hacerlo, por cuenta ahora de los celos que la investían de una irreflexiva imprudencia, se agachó y miró por entre la hendija de debajo de la puerta. Lo que vio la hundió en una revoltura turbia y desenfrenada de gritos sin antecedentes en las noches y en la memoria del barrio. Aullidos que apenas fueron opacados por la andanada frenética de manotazos y patadas que con irracional furor acometió contra la puerta. Como el derrumbe de un castillo de cristal hundiéndose en el silencio perfecto de la noche, así sonó cuando Zulma, en el cenit de su dolor, de un puño rotundo y seco rompió la vidriera de la ventana. Fue cuando el barrio, todo, colgó sus sueños en el filo de las tres de la mañana y salió a constatar lo que parecía las primicias del Juicio Final.
No todos pero sí la mayoría vieron salir calle abajo, alisándose el pelo, subiéndose cierres, atándose correas, apuntándose botones, amarrándose cordones, alto, flaco, un muchacho que se tragó los fríos albores de un jueves imborrable. En las postrimerías de los hechos, Osvaldo, despelucado, todavía acezante y tembloroso, en levantadora a medio poner, el cinturón desgonzado en un ojal, y a pie limpio, aunque ayudó a recoger a Zulma del suelo revuelta en convulsiones espantosas y en espumarajos de muerte, se negó acompañarla hasta el puesto de salud.
Los años, aunque han desfigurado la historia, cierta en todos sus detalles, no han podido restarle nitidez a un grito inacabable: ¡Ataulero cacorro!, que desgarrado y desde el fondo de un tormento indecible repitió Zulma hasta que la calló la inconsciencia.


