¿Poético? ¿Qué es esa mierda? ¡Pues claro! Lo que sucede es que soy un intento fallido de romántico, he crecido en una familia muy maternal y siempre he pensado que no hace falta un mínimo de agresividad o de esa aparente virilidad de la que tantos presumen para agradarle a una chica.

Por: Sebastián Pineda Giraldo
Hoy cumplo 18 años, sigo igual de virgen e igual de estúpido… me alegra tanto que ambas se puedan perder. Dada la necesidad de ciertos esfuerzos para no ser un imbécil intelectualmente, decidí empezar por perder mi virginidad, lo cual en su momento me pareció muy sencillo, hasta que recordé que tengo 18, y que si no lo he hecho aún no es necesariamente porque no he querido, es por algo más, talvez una mala suerte de rostro y mi poca simpatía.
Tras una larga reflexión, caminando por el centro de la ciudad mientras observo algunas narco-bohemias, con sus mediecitas veladas y sus cabellos multicolores, me di cuenta de que yo sí tengo lo mío, solo que no le daba el uso adecuado; ya me lo había dicho un amigo alguna vez mientras quemábamos pólvora en la noche por Dosquebradas: parce, usted no levanta porque usted es muy poético. ¿Poético? ¿Qué es esa mierda? ¡Pues claro! Lo que sucede es que soy un intento fallido de romántico, he crecido en una familia muy maternal y siempre he pensado que no hace falta un mínimo de agresividad o de esa aparente virilidad de la que tantos presumen para agradarle a una chica.
Mis pocos intentos por lograr algo con una mujer se resumen en cartas que dejaron un tremendo guayabo, de esos en los que uno se pregunta: ¿Qué putas hice? La solución a todo esto radica en saber usar ese aparente don de romántico, estoy seguro de que a alguna chica ha de gustarle. Ya lo había intentado antes, con las cartas –como lo mencioné–, el problema es que esa forma de seducción terminó siendo un acto de cobardía, una forma de huir de los cuerpos que tanto deseaba, una forma de captar ideas, pero no la carne, que es lo que quiero, o bueno, en parte lo que quiero, porque en realidad nunca he sido capaz de coquetear con una mujer con fines netamente carnales. Tal vez por eso es que estoy en estas.
Como ya había dicho, la solución a esta obsesión la obtuve durante mis caminatas por la ciudad, pero no gracias a mis reflexiones, sino al guía de mis andanzas: el azar con algo de esfuerzo por no terminar en una olla. Fue así como llegué al Parque de la Libertad, a la tan curiosa 14, allí vi la salida más viable para mi sed de humedad. Me sorprendió la facilidad con la que asumí la idea de pagar por un cuerpo, a pesar de que esto iba en contra de mi poca elaborada idea sobre el respeto a las mujeres. Así terminé por decirme: ¡Acá fue!
De inmediato empecé a planear cómo haría las cosas, sabiendo que no era pertinente contarle a nadie mis intenciones, empezando porque ninguna persona tenía la certeza sobre mi virginidad. Ya tenía el dinero, gracias a que no he tenido novias y con mis amigos aprendí a defenderme con pocos recursos, mis ahorros eran más que suficientes para pagar por la compañía de una de estas mujeres.
De repente empecé a sentir una alegría indescriptible. Conozco historias de varios amigos sobre cómo se humillaron para poder convencer a una chica de que se acostara con ellos algún día, y yo, en cambio, conocía la posibilidad de no tener que rogar por ello, y hasta podía elegir cuándo hacerlo, y ese día sería el día de mi cumple años número 18 que, gracias al azar -que tan bien me guiaba- cae hoy: un Viernes Santo. Con esto, esa alegría empezó a aumentar más y más, hasta me sentía como los presumidos machos que dicen tener sexo cuando quieren y con quien quieran.
Cuando venía para acá, a buscar a la conquistadora de estas tierras vírgenes, con los nervios hasta el culo -como cuando entregaba aquellas cartas de amor- noté algo que desde hace varios días perturbaba la ciudad y no me había detenido a pensar, una sentencia que se duplicaba por varias calles: “Somos tiernos”; después de detenerme a leer me di cuenta de que entre más me acercaba a la pérdida de mi virginidad, me volvía más estúpido con esas ideas de macho atarván, pero sabía que era ahora o nunca.
Después de pensar eso me pregunté: ¿Por qué tiene que ser así, sin unas palabras de por medio, sin un poco de afecto que instruya las caricias? ¿Quiero ser como estos tipos que pagan por algo de sexo como si no hubiera diferencia entre nosotros y esos perros que follan en el parque?
Sabía que a pesar de mi educación no me atormentaba la idea de estar con una prostituta. Lo que realmente me asustaba era, después de tantos esfuerzos, terminar acostándome con una mujer como si fuera cualquier cosa. Si hay alguna idea que en verdad he podido desarrollar por mí mismo, independientemente de su validez, es que quiero sexo con algo más, con una historia de por medio y por qué no, con un poco de cariño.
Es por eso que te cuento esto mujer, no tendremos una vida juntos y tal vez nunca la tendré con nadie, pero sí tenía una historia que contarte: la del chico que se siente bárbaro al perder su virginidad en Viernes Santo, con una mujer igual de pecadora a él, que trabaja en días sagrados en esta ciudad que dizque huele a putas y se cosecha café, con una mujer que como el santo padre se atreve a escucharme, a dejarme conquistar algunas ideas antes de pagar por algo de placer.
Sigamos con lo otro, que después hablamos de precios…

