Sexo enmascarado

En la práctica, tener sexo con tapabocas equivale a hacerlo con la ropa puesta. Y aunque este último recurso es válido en situaciones extremas, no es lo más cómodo del mundo: demasiados botones, cinturones, cremalleras.

 

Por / Gustavo Colorado Grisales

“Opino con Sade/ que al deseo los frenos

                     le sientan fatal.”

                                                 Joaquín Sabina. Whisky sin soda.

En medio de la avalancha informativa que nos abruma, sin tiempo para tomar distancia crítica y mientras se multiplican por igual las teorías conspirativas y las leyendas urbanas sobre la covid-19, me entero de que algunas autoridades sanitarias  les recomiendan a las parejas -formales o furtivas- usar tapapocas durante las relaciones sexuales, no vaya a ser que la parca les llegue disfrazada de orgasmo.

Para variar, el dato me llegó vía Martha Alzate, que lo encontró en una de sus pesquisas por la prensa global.

¡Nññññeeeerdaaa, compadre, no jooodddaaa!, diría mi vecino, el poeta Aranguren, ante semejante muestra de fundamentalismo.

Hasta ahora, la reglamentación del sexo era potestad exclusiva de los inquisidores . “Señor mío y Dios mío, perdona el pecado que vamos a cometer. No es por vicio ni es por fornicio, es por hacer hijos en tu santo servicio”, recitaban  las parejas antes de entregarse a las  delicias y tormentos de la carne, o a lo que algunos teólogos llamaban “Hacer la bestia de dos espaldas”.

¿Sexo sin besos en la boca, sin viborear de las lenguas y sin la consiguiente descarga eléctrica que nos estruja y nos pone fuera de nosotros mismos?, ¿a quién se le ocurre semejante aberración?.

Según los historiadores de la sexualidad, el sexo sin besos en la boca era una suerte de código de honor empleado por las putas. Era y es su manera de dejar en claro desde el  principio que se trata de una transacción en la que una parte paga por un alivio fugaz y la otra le sirve de medio, de instrumento.

En la práctica, tener sexo con tapabocas equivale a hacerlo con la ropa puesta. Y aunque este último recurso es válido en situaciones extremas, no es lo más cómodo del mundo: demasiados botones, cinturones, cremalleras.

Estorbos de esos.

Pero hay algo más profundo. En esencia, el vestuario es también una máscara. Desnudarse es pues, desenmascarar el cuerpo. Ponerlo a disposición del otro como una ofrenda, una señal de complicidad.

Quienes vieron “El último tango en París”, la controversial película del muy anarquista Bernardo Bertolucci, estrenada en 1972, recordarán la célebre escena  en la que el personaje encarnado por Marlon Brando sodomiza a la muchacha interpretada por la joven María Schneider.

Jane está desnuda por completo, mientras Paul apenas si se ha abierto la bragueta. Es decir, la mujer está inerme a campo abierto, mientras el hombre se encuentra atrincherado y a salvo de todo peligro.

En su momento eso desató la furia de las feministas, cuyas descendientes agrupadas en el #Metoo reavivaron  la imagen, y de paso acusaron de violación a un Marlon Brando ya muerto y enterrado.

Vuelvo al asunto de las mascarillas. Buscando  una explicación, me di una vuelta por el mundo del cine, el cómic, la historia, el mito y la literatura.

Al final, vine a confirmar mis sospechas: a los únicos que les luce bien tirar con la máscara puesta es a Batman y a Gatúbela.

Los demás, de Adán y Eva a John Holmes y Cicciolina, pasando por Cleopatra, Octavio y Marco Antonio – ¿conformarían un trío?-, Mesalina y sus soldados, el rey Salomón y la reina de Saba, Catalina la Grande y las cortes zaristas -de seguro, organizaban orgías-, todos a una fornicaban con la guardia baja. Es decir, sin máscaras, como mandan los cánones de madre natura.

Lo propio hicieron el Marqués de Sade, don Juan Tenorio y Giacomo Casanova, tres celebridades en las lides de Eros.

Encontré también que, en tiempos de guerras y pestes, la sexualidad se desborda en fiestas y orgías: es la vida plantándole cara a su aviesa amiga, la muerte. Al final, siempre acaban reconciliadas y organizan sus propios bailes de esqueletos.

Para los fornicantes audaces no hay cuarentena que valga, concluyo al finalizar mi breve ronda por la Historia grande y sus hijas naturales, las historias pequeñas.

¿Sexo con mascarillas? Me pregunto. Prefiero morir dichoso, me respondo mientras pienso que, a  fin de cuentas, Batman y Gatúbela tampoco se ven del todo bien.

PDT. L05es comparto enlace a la banda sonora de esta entrada