El libro Visiones de lo prohibido es un conjunto de crónicas que retratan la sexualidad oculta en Bogotá; fiestas swinger, encuentros con prostitutas, bares gay, transexuales, uno de los tantos mundos llamados a desaparecer o reinventarse con la erupción de la covid-19. Esta crónica que publica La Cola de Rata ocurrió una noche en la que el autor del libro se cruzó con un hombre que no descansó hasta ver a una mujer desnuda. A veces la felicidad de los hombres depende de algo tan simple como que otra persona se quite la ropa. Disponible en https://www.afosorio.com/

 

Por / A. F. Osorio

Es jueves y Sara ha decidido celebrar su cumpleaños en el mismo bar donde en las noches hace sus fiestas orgiásticas. Sin embargo, las fiestas paralelas nunca se integran. Hay dos clases de invitados: los amigos de Sara, que celebran su aniversario, están vestidos; y los clientes swinger, que están desnudos.

Los que llevan encima apenas una toalla envuelta en la cintura se sienten cohibidos por los que están vestidos. Por supuesto, eso no es pretexto para que Brenda, una de las “amigas” de Sara, invite a varios hombres a tener sexo en frente del resto de los asistentes. A mí me lo ofrece, pero no logra su cometido. Un tipo enorme, acuerpado, de piel muy morena y facciones indígenas, acepta y no tiene problema en estar con ella y otra chica durante un rato. Una imagen extraña: de un lado las parejas copulan y del otro varias parejas, vestidas, bailan, beben, charlan como en cualquier otra fiesta. El punto medio lo vive una pareja que vi en el ‘Mañanero’. Son swingers y ella no tiene reparo en quitarse la blusa y mostrar un sostén bastante insinuante mientras bebe aguardiente con su marido. Esta noche no tendrán sexo con nadie, pero la pasarán bien: ambos, especialmente ella, saldrán tan ebrios que casi no podrán caminar.

Hacer una fiesta swinger junto a un cumpleaños convencional no es una buena idea. En la fiesta común y corriente hay una hermosa negra que baila con maestría. Sus tobillos no parecen hechos de huesos sino de hule, los dobla con la propiedad de Michael Jackson. Caigo en cuenta de que es mala idea acercarme a ella, que está completamente vestida, cubierto apenas por una toalla roja diminuta y unas pantuflas de caucho, sin duda, ella muy guapa, me verá como una copia mal hecha, muy mal hecha, de Mowgli, el de El libro de la selva. Voy al vestier, me pongo la ropa, al salir Brenda me pregunta si me voy a marchar, la tranquilizo.

Ilustración / Depositphoto

Lentamente me voy acercando a la hermosa negra, que sigue bailando, sola en un rincón. Se llama Andrea. Es bogotana, pero sus padres son barranquilleros. Le digo que Barranquilla es una de mis ciudades favoritas de Colombia. Ella me confiesa que escasamente la conoce. La felicito por su manera de bailar. Le aclaro que yo no me muevo tan bien. La charla está cuajando. Eso me alegra. Pero no es el día de mi suerte, el grupo al que ella pertenece, es decir el combo de los vestidos, la llama de vuelta. Un hombre macizo, pequeño, me hace una señal de que es mejor que no me salga de mis papeles, que lo tome con tranquilidad, pero él prefiere que Andrea siga con la gente vestida. De alguna forma me hace entender, y a mí me queda muy claro, que él y sus amigos no quieren verla con otro grupo, y menos –sospecho– con alguien que estuvo entre los swingers. Mala suerte para mí. Adiós, Andrea. Adiós, una vez más, a la oportunidad de conocer una chica guapa en Bogotá, la ciudad del desamor. Pero no fui el único tipo que recibió malas noticias en esa fiesta.

Un hombre, moreno también, pasea su torso desnudo por el lugar. Lleva los brazos cruzados sobre el pecho y está bastante aburrido. Más tarde sabré que se llama Néstor, es ingeniero, no vive en Bogotá y conoce desde hace varios años el mundo de las fiestas swinger. Ha estado en múltiples clubes en la ciudad y en otras partes del país. Me habla de uno cerca a Medellín donde las instalaciones dan para que cien personas se dediquen a tener sexo libre en largas maratones. Pero esta noche no será un momento feliz para él.

Siempre viene a las fiestas swinger para olvidarse del trabajo. Es casado. Tiene una hija pequeña. Alguna vez, cuando eran novios, le insinuó a su hoy esposa que participaran en este tipo de fiestas, a ella le bastó hacer una mueca y soltar una frase de extrañeza para hacerle entender que no le interesaba. Él no volvió a insistir y hasta el sol de hoy se cuida de que ella no se entere de que asiste a las fiestas de sexo casual.

Cuando debe venir a Bogotá por algún asunto de trabajo, aprovecha y se queda una noche para desinhibirse, y repite, “olvidarse del estrés del trabajo”.

Vamos al sauna para ver qué encontramos. El lugar está vacío. Otro hombre está sentado, solo, envuelto en su toalla, bebe una cerveza. De repente entra una pareja muy joven, caminan hasta el fondo del lugar, permanecen ahí algunos segundos. A través del vapor tibio se escuchan sus risas. Salen rápido. Primero el hombre, luego la chica. Ella se detiene ante nosotros –Néstor le toma una mano en un gesto bastante adulador, la chica no se resiste (él repetirá ese ademán con otras dos mujeres a lo largo de la noche)– y nos pregunta si hemos visto una bolsa de marihuana. Ante nuestra negativa se va del sauna, siguiendo los pasos del hombre joven.

Afuera la fiesta sexual sigue sin empezar. Néstor cruza de nuevo los brazos. Su rostro aún muestra el tedio y la desilusión que lo ha acompañado durante la noche. Me propone ir a otro lugar y en menos de veinte minutos volvemos a estar completamente vestidos para salir en busca de una mejor fortuna.

La calle está llena de taxis que recogen a los rumberos de Theatron y los bares cercanos. Tomamos uno al azar. Acordamos ir a Aroma y Tanga a ver strippers, es uno de los lugares más reconocidos de Bogotá para ver bailarinas desnudas.

Pero la suerte sigue sin acompañarnos. El local que buscamos está cerrado. Un hombre se nos acerca para ofrecernos un prostíbulo que queda a la vuelta. Hace frío. Tratamos de esquivar al chulo, pero nos acompaña a lo largo de una cuadra interminable. Buscamos otro local de Aroma y Tanga pero tampoco aparece.

Néstor está ansioso. Realmente quiere ver a una mujer desnuda esta noche. Mientras caminamos en busca de otro taxi le pregunto si cree que hay diferencia entre estar con una prostituta y una swinger. Antes de contestar mira hacia un lado y otro de la calle. Trata de encontrar en su memoria aquel local de Aroma y Tanga que, estamos seguros, está ubicado entre las calles 85 y 95, sobre la carrera 15. Me dice que no es lo mismo. Es una extraña diferencia, trata de encontrar las palabras correctas, pero no puede. Pronto quedamos en silencio: los ingenieros hablan poco.

Al llegar a una esquina Néstor detiene un taxi, yo me adelanto un poco para buscar algún otro bar divertido y desde la distancia veo cómo mi compañero de infortunio le explica al conductor que está buscando un lugar de strippers. El gesto de sus manos lo delata. Ellas hablan por él, se mueven rápido tratando de indicar que urgentemente necesita dar con ese sitio. Me llama. Parece que ha encontrado una respuesta.

El asunto es que Aroma y Tanga ha cambiado de sede. Nuestro taxista, salvador, sabe dónde está el nuevo templo voyerista, no es muy lejos de allí, el local nos espera una cuadra arriba de la carrera 15 con calle 84.

Ilustración / Magazinespain

Al llegar nos encontramos un esquema muy similar al de los otros locales que conocemos de la marca. Una barra alta detrás de la cual están estas hermosas chicas ligeras de ropa. Por estrategia, varias están sentadas sobre la barra muy cerca de la puerta para atraer clientes.

Nos sentamos. De inmediato una bonita pelinegra se acerca a nosotros. Su busto es generoso y tiene un rostro similar al de Sasha Grey. El esquema siempre es el mismo: ellas te hacen conversación, te venden licor (diagonal nuestro hay un joven totalmente borracho que habla con una de las chicas, que lo escucha con atención y a veces le acaricia el rostro, a los hombres les está prohibido tocar a las chicas mientras bailan desnudas, pero se les puede tocar las manos mientras se habla con ellas, el hombre borracho hace justamente eso.)

Nuestra Sasha Grey ha intimado muy bien con Néstor. Él continúa con su galante gesto de tomarle la mano. Le habla con un tono de hombre enamorado. La mira como uno mira a la novia (cuando ésta aún nos genera alguna sensación, quiero decir). Ríen, comparten algo de licor. Ella, sin mucho esfuerzo, logra que Néstor pague un show (es decir, un estriptis). Antes de ir a cambiarse, la chica le pregunta qué traje quiere que use: ¿colegiala, policía, viuda negra? La mujer sale hacia los camerinos y nos deja en compañía de otra chica, muy joven, muy pequeña, regordeta y con un rostro muy hermoso.

Mientras nuestra versión de Sasha Grey va a cambiarse, especulamos con Néstor sobre la naturalidad de los senos de la mujer. Parece que son siliconas, pero están bien puestas, decimos. Le pregunto si no cree que a futuro su esposa acepte involucrarse en el mundo swinger. Niega con la cabeza y un gesto de desaprobación.

-“La mujer no es para esto”, dice. Recuerdo que leí en un libro sobre el mundo swinger colombiano que en el país es casi impensable que un hombre acepte que su esposa haga parte del intercambio de parejas. El hogar, la esposa, son un espacio para el respeto absoluto de las reglas, de lo políticamente correcto. A la esposa se le ve como la madre de los hijos, la imagen pura que alguna vez vistió de blanco, así sea en una notaría. Las chicas malas están, en cambio, en la calle, en los bares de estriptis o en los swingers y allá se quedarán; si la esposa no es para esos mundos, las chicas malas no son para llevar a casa y presentarlas a los papás, eso es claro.

Le pregunto a Néstor si no le da trabajo mantener relaciones sexuales en el mundo swinger teniendo en cuenta que los besos están excluidos y hay varios ojos encima mirando.

-Al principio era difícil, pero me concentro en que la hembra está buena y ya, en que es un asunto del cuerpo y listo.

Antes de que llegue nuestra chica le digo que al fin sabremos si sus senos son o no naturales. Ella, vestida de viuda negra, lo llama a un rincón de la barra y Néstor acude con cierta prisa. El vestido es simple: un velo, una tanga, escarcha sobre los pezones. Me quedo donde él me deja y empiezo una charla con la chica pequeña. Me dice que estudia psicología –como Sara– y que trabaja en Aroma y Tanga para poder pagar sus estudios. No profundizo mucho en ella porque prefiero ver, a lo lejos, el espectáculo que Néstor disfruta. Está embelesado. Sonríe tras cada movimiento de la mujer. Pareciera que nunca en su vida ha visto una joven desnuda. Cuando ella acerca su cara a la suya, él le susurra palabras, ella responde. Más tarde sabré que trata de saber su teléfono. Se les prohíbe dar sus datos a los clientes, y por supuesto, tener relaciones íntimas con ellos.

El cuerpo de nuestra bailarina es bien trabajado. Horas de danza, de estar de pie en tacones, de correr de un lado al otro con los pedidos etílicos de los clientes, terminan por formar un cuerpo muy deseable.

Imagen / Pinterest

Al final del show ella sólo tiene cubiertos los pezones con unas lentejuelas y usa una tanga tan diminuta que no debe acumular más de cinco centímetros de tela. Néstor está feliz.

Por petición de mi compañero voyerista esperamos a que cierren el local para irnos. Él quiere hablar un momento más con ella. Hasta ese momento me entero que la conoce de antes, en un pueblo al que llegó por su trabajo como ingeniero. Tal vez su insistencia en venir a Aroma y Tanga se derivaba de su ilusión de encontrarla.

Las muchachas salen del local. Nosotros hemos estado hablando en la acera, negándonos al buen número de taxistas que quieren llevarnos a cualquier parte.

-Es linda tu amiga, le digo a Néstor.

Él sonríe gustoso.

-Pero los senos son siliconas, apunto. Pero a él eso no le importa. Se concentra en decirme que donde la conoció llevaba unos shorts muy cortos y que desde ahí quedó prendado de sus piernas.

En la acera de enfrente una camioneta van espera a las bailarinas. Una a una suben, exhaustas. La muchacha pequeña se despide de nosotros. Al fin sale la chica de Néstor. Él la abraza por la cintura, sostiene su teléfono celular y al oído rectifica el número que rescató en medio de los sensuales pasos de baile de la mujer. Ella se lo confirma y se va caminando hacia el vehículo que la llevará a casa.

Siempre, desde que entramos, hasta que estamos a punto de irnos, una mujer ha estado en la puerta. Es la administradora del sitio. Al verla, Néstor y yo nos miramos:

-Es la más guapa de todas, digo.

-Sí, contesta Néstor, que aún tiene el mismo semblante optimista que tuvo desde que dimos con la sede de Aroma y Tanga.

-Aunque la tuya no está nada mal, se parece a Sasha Grey.

Néstor ríe. Le gusta mi observación. Nos despedimos. Él toma un taxi y yo otro. Se dirige a su hotel en Chapinero. Debe regresar al pueblo donde vive. Allí lo esperan su esposa y su pequeña hija. El lunes habrá que volver al trabajo. Días después Facebook me sugiere a Néstor como amigo, esto gracias a que hemos intercambiado mensajes de WhatsApp. Sus fotos son las de un hombre normal: selfies con los compañeros de trabajo, panorámicas de los lugares donde ha estado, fotos de su hija, felices retratos con su esposa y la pequeña, algunas instantáneas del día del matrimonio. Un grupo de fotos me llaman la atención: una selfie de Miércoles de Ceniza. Néstor es casado por la iglesia católica. Hay un meme con la etiqueta #YoVoyAMisaElDomingo, otro con la leyenda “Familia que reza unida, permanece unida.” En fin, no tiene nada de malo ir de fiesta swinger el jueves, empezar el viernes en un club de estriptis y terminar el fin de semana con una misa de siete. A la final, el que peca y reza empata, ¿verdad, Néstor?