El asunto tiene en el fondo razones económicas, pues como la mujer es la única que está en capacidad de saber quién es el padre de sus hijos, el hombre decidió que había que mantenerla alejada de otras relaciones sexuales para garantizar que su herencia realmente fuera a parar a manos de su prole y no a la de otros.

 

Por: Gloria Inés Escobar Toro

Como fuente de placer y como forma reproductiva, el sexo ha ocupado un lugar muy importante en la vida social de todas las culturas, por ello ha sido objeto de ritos, normas, tabús. Los órganos sexuales, el falo y la vulva, han sido convertidos inclusive en objetos de adoración en muchas sociedades.

El sexo ha sido también una forma de control y dominación en las sociedades patriarcales. Por ello, el sexo practicado por los hombres ha disfrutado de mayor libertad al punto que no solo es permitido sin restricción sino además alentado a ejercerlo desde muy temprana edad.

Todos esos discursos morales y religiosos sobre la monogamia y la fidelidad no son más que mera retórica cuando de los hombres se trata, no así para las mujeres quienes han debido por la fuerza o por adiestramiento, obedecer este mandamiento social y cuando lo han transgredido, han sido sancionadas física o socialmente, incluso en muchos casos, han pagado con su vida.

El sexo pues, se convirtió en otra forma de dominación masculina.

El asunto tiene en el fondo razones económicas, pues como la mujer es la única que está en capacidad de saber quién es el padre de sus hijos, el hombre decidió que había que mantenerla alejada de otras relaciones sexuales para garantizar que su herencia realmente fuera a parar a manos de su prole y no a la de otros. En otras palabras, la herencia requirió la seguridad de una paternidad real y esta no podía tenerse sino se exigía a la mujer una fidelidad absoluta. Hoy esta necesidad sigue vigente.

De esta manera lo que esconde el discurso moral sobre la fidelidad no es más que la lucha por el poder y en esta batalla el objeto a conseguir y custodiar es la vulva, de ahí que la mujer haya sido reducida a su órgano sexual. La virginidad se exalta entonces como la mayor virtud que una mujer puede tener, ella es la garantía de un objeto original, sin uso. La virginidad es la prenda de garantía que da valor a la mujer-mercancía.

Es así como el control de Ese oscuro objeto del deseo, se convirtió en una obsesión para la cultura patriarcal y una de las formas más brutales que se inventó para ejercer tal control es la ablación o Mutilación Genital Femenina (MGF). La ablación, recordemos, consiste en la mutilación parcial o total del tejido de los órganos genitales femeninos, del clítoris, el órgano que genera el mayor placer sexual en la mujer.

En algunos países de África, Europa, Oriente y América Latina, más específicamente en nuestro territorio, se realiza esta práctica en las niñas, práctica justificada en nombre de la tradición o de ideas sin fundamento científico alguno.

La MGF es una costumbre cruel, dolorosa e inhumana que no solo conlleva peligro para la salud física y sicológica de la mujer, sino que la priva del mayor placer anatómico del ser humano, el orgasmo. Sin el orgasmo la mujer queda de cierta manera privada de buscar relaciones sexuales y su futuro dueño estará tranquilo porque la mercancía que adquiere tiene sello de garantía y será de su uso exclusivo.

No hay manera más aberrante y directa de demostrar lo que significa para la sociedad patriarcal una mujer que este tipo de prácticas. No hay manera más cruda de manifestar la subordinación de la mujer que mantener y justificar tradiciones de este tipo. No hay mayor prueba palpable de la instrumentalización de la mujer al servicio del hombre que convertirla literalmente en objeto de placer.

No alcanzo a imaginar qué pasaría si fuera al hombre al que se le privara del placer sexual mutilándolo genitalmente y las mujeres los pasáramos de mano en mano obligándolos, por la fuerza o la persuasión, a satisfacer sexualmente a las mujeres de las muchas otras maneras que existen para hacerlo sin necesidad del pene.

Digámoslo claro: ni la monogamia, ni la fidelidad, ni la virginidad son virtudes; todas ellas son formas de control sobre la mujer y punto.