Hasta donde puedo recordar, la vida no ha hecho nada distinto a darme regalos. Terribles unos, sublimes otros, pero impagables todos. Entre los segundos me prodigó la fortuna de encontrarme con un muchacho llamado Alejandro Patiño, de quien no sé a qué horas aprendió tanto de música, de todas las músicas que en el mundo han sido.
GUSTAVO COLORADO IZQPor: Gustavo Colorado Grisales

Tenía diez años cuando mi primo Pacho me puso en contacto con el delirio en persona: una grabación en vinilo de una obra de los Iron Butterfly que, en la práctica, era la banda sonora de toda una generación. Supongo que ya lo sospechan: se trataba de In-a-gadda-da –vida y allí estaba resumido todo, o al menos casi todo: las ansias de libertad, una furia latente contra algo indefinido, el propósito de demoler el mundo edificado por los adultos y la negativa a dejarse absorber por el sistema… aunque a la vuelta de unos años el sistema nos hubiera tragado sin compasión.

En ese bosque denso de sintetizadores y guitarras eléctricas alentaba además el anhelo aplazado de inventarse un mundo en otra parte ¿Dónde? No hagan ese tipo de preguntas, pues en eso consiste la esencia de la utopía: en no conocer el nombre del lugar donde acontecerá el milagro.

Fue de esa manera como empecé mi tránsito por esa música que abreva en las fuentes más inesperadas: en las fugas de Bach y los compases de Mozart, en los músicos rusos de finales del siglo XIX, en las plegarias elevadas en las iglesias, en las leyendas rurales inglesas y en las canciones de los campesinos negros marginados a orillas del Mississippi, narradas por el genio de Mark Twain, el más políticamente incorrecto de los escritores de su tiempo.

Pero hay todavía más: las puestas en escena de Frank Zappa, de quien no se puede precisar si es un director de teatro, un músico del Renacimiento, un provocador político, un compositor de rock, un actor porno, un genio del humor negro y unas cuantas cosas más.

¿Cómo olvidarse de la poesía que Paul Simon y Art Gartfunkel van desgranando mientras atraviesan con sus botas de siete leguas las noches desoladas de Nueva York?

Puedo seguir enumerando y me perdería en un bosque infinito de bandas y solistas de este género que es, para mí, la música de fondo del siglo XX con sus guerras y sus desnudeces, con sus políticos venales y sus consumidores voraces, con sus fabricantes de ilusiones y sus desastres en masa.

Como una legión de viejos compinches transitan por el desfiladero de mis insomnios. De B.B King a Deep Purple, de Bob Dylan a Janis Joplin, de Yes a Jethro Tull, pasando- cómo no- por los venerables The Beatles y The Rolling Stones, cara y cruz de una misma moneda. Ellos resumen el desconcierto de varias generaciones marcadas por unos tiempos de vértigo cuya seña de identidad es la desmemoria y su destino final el olvido.

Hasta donde puedo recordar, la vida no ha hecho nada distinto a darme regalos. Terribles unos, sublimes otros, pero impagables todos. Entre los segundos me prodigó la fortuna de encontrarme con un muchacho llamado Alejandro Patiño, de quien no sé a qué horas aprendió tanto de música, de todas las músicas que en el mundo han sido. Con él me di el lujo de hacer un programa en un pequeño canal de televisión local, patrocinado por la locura temporal de otro enviado del cielo: Jorge Alberto Marín. Se llamaba Tiempo de Rock, una suerte de tertulia audiovisual en la que indagamos por la impronta que esta música de guitarras dolientes y versos luminosos ha dejado en el muro de los tiempos: la economía, la familia, la religión, la política, la literatura, el cine y la sexualidad ¿Recuerdan “Chelsea Hotel”, esa plegaria en la que el poeta Leonard Cohen le agradece a Janis Joplin la redención fugaz de una mamada?

Es media noche y escucho a Lou Reed, un poeta de alcoholes y penumbras habituado a transitar por el lado más bestia de la vida. Quizá solo Tom Waits se haya acercado   un tanto a esa manera suya de cantar desde el centro mismo de su herida abierta.

Como una premonición, con esos dos músicos se cerró, por física quiebra del patrocinador, el ciclo de Tiempo de Rock. Alejandro sigue orientando su programa Rock sin Fronteras en la Emisora Cultural de Pereira. Por mi parte, me levanto a escribir letanías como esta, para agradecerle a la vida y a mi primo Pacho el don de esta música que me mantiene vivo, o mejor dicho: medio muerto a veces, pero vivo a pesar de todo.

PDT: les comparto enlace a la (obvia) banda sonora de esta entrada