Nunca antes había tenido tanto sentido la gastadísima frase “crecer es una trampa” y no porque uno prefiera ser el Peter Pan de la vida real, sino porque estamos menos preparados que otros para hacernos cargo de nosotros mismos.

 

Por: Diana Carolina Gómez Aguilar

Cumplir con la frase “Coge tu corazón roto y conviértelo en arte” es mucho más difícil de lo que parece. La depresión –en cualquier grado– es un estado que bloquea toda forma de expresar los sentimientos a través de una práctica artística que se haga para mostrar. Al menos eso me pasa a mí. Si bien la escritura es una acción liberadora, cuando uno es un cúmulo de confusiones, las letras no parecen ser las mayores aliadas.

Aunque la frase es hermosa, motivadora y produjo un sin número de imágenes en Facebook, de las que la gente se apegó para darle sentido a su tristeza, a algunos se les olvida que tener el corazón roto no es una cosa provocada exclusivamente por la ruptura de una relación de pareja. Durante la vida nos encontramos con distintas situaciones dramáticas o tan dolorosas, que las llamamos ‘corazón roto’.

Otras no son tan catastróficas, pero generan una melancolía indeseada. La soledad, los lugares desconocidos, la impresión de no volver a casa, la angustia de no pertenecer al lugar donde se está.

Incluso, a veces es tan amargo el asunto, que no solo uno se encuentra con su propia ‘depre’, sino que las personas más cercanas, con quienes hay más interacción, se sienten igual o peor: desde la mamá que está en otro país pasándola mal, el hermano recién graduado del colegio que no sabe qué hacer con su vida y las mejores amigas pasando por crisis existenciales, económicas y amorosas. Una que trabaja como freelance y se enfrenta a la dificultad de no tener un sueldo fijo, la otra que salió del país y no ha podido conseguir los papeles necesarios para tener un empleo decente, y la otra que, a pesar de estar también en otro país conociendo personas, lugares y adquiriendo experiencias, está frustrada porque un niño, mucho menor que ella, decidió un día dejar de ‘tirarle el perro’ e ignorarla.

Nunca antes había tenido tanto sentido la gastadísima frase “crecer es una trampa” y no porque uno prefiera ser el Peter Pan de la vida real, sino porque estamos menos preparados que otros para hacernos cargo de nosotros mismos. Muchos más, cuando la abundancia económica no es una característica de nuestros perfiles tan escasos de experiencia y tan necesitados de devengar.

Seguro que a todos los que están pasando por este momento de la vida, como yo, les resuena en su cabeza las frases de “sabiduría popular” que dicen que todos pasamos por lo mismo, que no somos los primeros ni los últimos, que son necesarios los momentos difíciles para crecer y ser más fuertes; pero, queridos amigos adultísimos, eso no quita que también, en ocasiones, nos sintamos derrotados, cansados, fracasados. Que tenemos la vida por delante, que hay que aprovechar el presente, que a otros les toca más duro. ¡Sí, ya lo sabemos!

Pero no nos digamos mentiras, no todos tenemos las mismas condiciones. No es regla natural que a todos los jóvenes en busca de oportunidades “les toca pasar por dificultades para crecer y ser más fuertes”, no es necesario aguantar hambre para ser un buen profesional y una buena persona. Y no, no es tan fácil sentir que el corazón se rompe, por el motivo que sea, y que de ahí va a surgir la mejor versión de nosotros mismos. No es tan fácil enfrentarse a la realidad que casi siempre separa las buenas condiciones económicas de las oportunidades para poner en práctica lo aprendido en la academia y desarrollar sus habilidades en el campo que más le apasiona.

Así que sí, es romántico y encantador pensar que podemos tomar nuestros corazones rotos y convertirlos en arte, pero a veces es más importante y necesario buscarse, encontrarse y en ese camino, sentir el corazón tan completo y repleto de buenos sentimientos, que el arte surja casi como efecto secundario.