Dawkins y Remolina: dos simples hombres

Pero en este punto sigo como Diógenes de Sinope con lámpara en mano buscando un hombre. ¡Un hombre, busco un hombre!, decía el viejo filósofo.

Por: Diego Firmiano

Richard Dawkins no entiende de teteras, ni de ateísmo, ni mucho menos de debates. Y no lo afirmo porque esté en el país charlando con el jesuita Gerardo Remolina, sino porque sigo en pie en la refutación de que su programa ateo es insostenible y él mismo lo sabe. O al menos lo sabe tan bien, que ahora se dedica a ganar dinero con sus libros, conferencias, publicidad y esto gracias a la fama que le confieren, curiosamente, los creyentes en sus ideas y los buenos lectores de sus malas obras.

Ya que no hay que tener tres dedos de frente para demostrar que sus libros no son inteligentes, sino que son una burda diatriba contra la religión, ni siquiera contra la espiritualidad de las personas.  ¿Por qué el ateísmo no es atractivo o tiene tan poco interés en la gente? Precisamente por su naturaleza epistemológica aporética.

Pero mejor hablemos en español. Me refiero a que este discurso no tiene asidero, ya que los que se consideran ateos son incapaces de decir por qué lo son, sin recurrir al insulto, o al trillado discurso de polemizar con la religión.  ¿Dónde está la sapiencia?, ¿el exquisito arte de debatir ideas?, ¿y si hablamos de la tetera de Russell? o ¿la teoría de los ciegos y el elefante?  Por que es imposible saber qué es un hombre sin creencias, sin oírlo o leerlo en su tinta.

Pero en este punto sigo como Diógenes de Sinope con lámpara en mano buscando un hombre. ¡Un hombre, busco un hombre!, decía el viejo filósofo. Aunque como ya lo he explicado en artículos previos, alguien llega a ser ateo por: taras infantiles, problemas con la religión y por argumentos sólidos. Lo demás es pura moda de “soy ateo y no necesito defender nada” o  “no creo en dios, gracias a dios”.  Bla, bla, bla, etc. Paporreta, pájaro mirlo….

Richard Dawkins simplemente es una estrella mediática, y aunque no soy católico, ni creyente,  puedo afirmar que el padre Gerardo Remolina también busca visibilizar su discurso. ¡Vanitas Vanitatum! Lo curiosamente contradictorio es que un pueblo de agnósticos, ateos, y, por otro lado, de creyentes y fervorosos devotos estén presenciando (u oyendo) este discurso sin un filtro, más que el de obtener conocimiento para creer o descreer.

Craso error, ya que nadie puede ponerse un sombrero por otro, o pretender que los hombres pueden enseñar algo libre de ideologías. Ni siquiera los hombres más puros lo lograron, ya que al no predicar nada, estaban avalando el “quietismo” y al hablar, estaban condenando a la gente a vivir subordinados a ideas que no eran las suyas. Así es difícil esperar que estos dos religiosos (Dawkins y Remolina) enseñen algo desde una palestra pública en la Universidad Javeriana de Bogotá. Si uno habla, llevará a sus ateos a creer más en lo que no se debe creer; si el otro lo hace, logrará que sus argumentos encadenen más a la gente a la religión. En fin, el discurso como broma infinita.