La nave de las causas perdidas

Desvanecida la utopía de la sociedad sin clases irrumpieron de la nada miles de movimientos -no por casualidad se les denomina “alternativos”- a modo de maderos a los que cada quien se aferra, según el tamaño de su naufragio.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

“Sé muy poco  sobre el mono aullador: lo mío  es el loro orejiamarillo.”

La  muchacha -veinte años, toda de negro hasta los pies vestida- pronunció su declaración de principios con la firmeza de quien no está seguro de otra cosa en el mundo.

Hasta ese momento no imaginaba el grado de especialización alcanzado por los activistas del siglo XXI. Creía que los ambientalistas se ocupaban del planeta entero, con sus respectivos reinos: animal, vegetal, mineral… y virtual.  Crecí en un mundo en el que las etiquetas cobijaban a legiones completas de ciudadanos: comunistas, conservadores, católicos, protestantes. Cosas así.

De modo que emprendí mi pesquisa en busca de las razones de todo esto.

Como todos saben, el nueve de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, el mismo  donde, un veinticuatro de agosto de 1961, fue abatido a tiros Gunter Liftin cuando intentaba cruzar esa barrera levantada con los miedos de la guerra fría.

Los expertos en geopolítica coinciden en que el derrumbe del muro supuso la muerte de las grandes ideologías. Incluso un funcionario del gobierno norteamericano, el profesor Fukuyama, se atrevió a decretar, con exceso de arrogancia, “El fin de la historia”, en un libro que ya casi nadie recuerda, porque al final resultó que en muchos lugares de la tierra la Historia apenas empezaba, como lo demuestran cientos de insurrecciones desatadas en la periferia.

Pero, en fin, ya sabemos que para no disolverse en la desazón, la mente humana necesita creer en cualquier cosa ubicada en este mundo o en los otros. Los ateos, por ejemplo, practican su credo con un fervor parecido al misticismo. Incluso tienen autores sacralizados. Qué sé yo: Hawkins, Dawkins (¿habrá algún designio en la grafía de esos nombres?).  A su vez, el catecismo comunista tuvo en  Marx, Engels y Lenin la triada que instauraría el paraíso en la tierra.

Por su lado, los consumidores compulsivos hicieron de los centros comerciales sus templos y creen que sus tarjetas débito y crédito equivalen al  “Ábrete sésamo” de los cuentos orientales.

Eso para no hablar de las miles de sectas que surgen todos los días, ofreciendo  fórmulas de salvación hechas a la medida.

Por  ese camino empecé a entender un poco  el asunto. Desvanecida la utopía de la sociedad sin clases irrumpieron de la nada miles de movimientos -no por casualidad se les denomina “alternativos”- a modo de maderos a los que cada quien se aferra, según el tamaño de su naufragio.

De ahí el talante hiperespecializado de sus acciones, por lo visto bastante alejadas de la gran armonía universal. Los antitaurinos no necesariamente se llevan bien con los vegetarianos, por ejemplo. Incluso han llegado a colisionar, según me explica mi vecino, cuyo hijo -baterista de una banda de punk- dedica su  tiempo libre, que es casi todo, a amenazar por internet a toreros, ganaderos, rejoneadores y en general a todo aquél que exprese algún tipo de simpatía por la tauromaquia.

Tratando de avanzar un poco, le pregunto a Alfredo, un ingeniero del medio ambiente que lucha contra el calentamiento global, por los alcances de los acuerdos firmados entre las grandes potencias.

Al hombre le brilla la mirada cuando responde, con admirable dosis de fe,  que “esta vez sí será”.  El cree de veras que son Macron, Trump, Xi Jinping, Putin y Merkel y no las corporaciones que financiaron sus campañas los que gobiernan el mundo. Por eso tiene su propio nicho de combate: la ganadería intensiva. “Las vacas son  fábricas vivas de gases contaminantes”, escribió en una hoja volante que reparte entre todo aquél que se detenga a escucharlo.

Espero no me malinterpreten. No cuestiono esas prácticas. Todos necesitamos algo en lo que creer. En mi caso, creo que este blog contribuye a la reflexión y al debate inteligente, tan necesarios para sobreaguar en este mundo desquiciado.

Para mí, es una suerte de nave de causas perdidas que conduzco a la deriva, ya ven ustedes, a la espera de un milagro.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada