Hace un par de años, por joder la vida, publiqué un texto titulado Místicos del ateísmo. Cabalgando sobre ese oxímoron quería llamar la atención sobre una singularidad: muchos ateos, lejos de manifestar una apertura mental frente a la variedad del mundo, asumen su creencia como otra religión: profesan verdades reveladas por la ciencia y la razón, se remiten a autores oraculares y citan libros cuasi sagrados.

 

Por: Gustavo Colorado G.

Hace muchos, muchísimos años, en mi remota adolescencia, me declaré trotskista frente a un auditorio atónito  integrado por compañeros de bachillerato.

Ellos no tenían idea de quién era Trotski, a no ser que se tratara del pastor alemán de algún vecino afecto a los perros de raza.

Porque las inclinaciones de esos muchachos -onanistas y  ruidosos- estaban, igual que las mías, por el lado de Pelé en fútbol, de Charles Bronson en  cine y, si  acaso, de Miguel Bosé en música.

La verdad, yo tampoco tenía claro quién era el tal Trotsky. Solo que, como todos los adolescentes, quería joder la vida. O hincharle las pelotas al vecino, que diría un porteño.

Salvo esa fugaz ficción política, nunca he militado en nada: según datos suministrados por mis fuentes, el espíritu gregario me lo quedaron debiendo para otra vida.

Y como no creo en la reencarnación…

Bueno, el asunto es que siempre me he considerado un librepensador. Alguien que desconfía hasta el tuétano tanto de gurús y profetas como de sus seguidores.

Seguidores: ese vocablo tan caro al mundo de internet.

Ese descreimiento tiene al menos un origen: pienso que, lejos de ser una teoría o una doctrina, el fundamentalismo es una estructura de la mente.  Incapaz de asumirse en la incertidumbre -por lo demás, lo único a lo que podemos aproximarnos con certeza- la mente busca un asidero, una teoría, una idea, un madero en medio del temporal. En suma, busca una verdad.

Justo en ese punto empiezan los problemas. Porque una verdad solo puede serlo si se afirma contra otras. Más aún: si anula a las otras. Y en ese propósito el fundamentalista no se detiene hasta constatar que esa  otra verdad ha desaparecido del horizonte con todo y sus portadores.

Hace un par de años, por joder la vida, publiqué un texto titulado Místicos del ateísmo. Cabalgando sobre ese oxímoron quería llamar la atención sobre una singularidad: muchos ateos, lejos de manifestar una apertura mental frente a la variedad del mundo, asumen su creencia como otra religión: profesan verdades reveladas por la ciencia y la razón, se remiten a autores oraculares y citan libros cuasi sagrados.

Casi siempre pasan por encima de lo más obvio: que con todo y su portentosa capacidad para interpretar y transformar el mundo, la ciencia y la razón no dejan de ser facultades humanas.

Por lo tanto tienen límites. Más allá de ellos se extiende una infinita línea de sombra.

Es decir, el mundo de lo inefable. Esa manifestación del espacio y del tiempo adonde solo pueden llegar la poesía, la intuición, la mística.

Esas cosas que los fanáticos de la razón no toleran.

“A este estúpido hay explicarle con plastilina que Dios no existe ¿O qué?”

“Las creencias no se respetan”

Las anteriores fueron dos de las frases escritas en la sección comentarios por quienes emprendieron la respectiva lapidación virtual, una práctica cada vez más utilizada en la red.

“Salgo a buscar la plastilina a ver si al fin entiendo”, escribí a modo de repuesta y di por terminada la controversia, que ya llegaba al par de semanas.

Vale recordar que mi buen amigo Iván Rodrigo García, ateo confeso y devoto, trató de hacer una defensa de mis ideas y sufrió un destino peor: sus propios congéneres la emprendieron contra él con una sarta de palabras como piedras.

Evoco todo esto porque el pasado 14 de febrero, Miércoles de Ceniza en la liturgia católica, ocurrió algo con el hijo de un amigo que me pide no revelar su nombre aquí, por temor a represalias. De modo que lo llamaré el pequeño F.

Sucede que ese día, como buenos hijos de familias católicas practicantes, varios muchachos llegaron a su colegio, el Liceo Francés de Pereira, con la cruz de ceniza pintada en la frente.

Ustedes ya saben: Polvo eres y todo lo demás.

Pues bien, durante un buen rato a  F. y sus compañeros se les impidió el ingreso a clases.

Es más: los reunieron en un salón a la espera de que las autoridades del colegio tomaran una decisión.

¿La razón? “El nuestro es un colegio laico”, les  dijeron.

Según esa premisa, el laicismo es una obligación. Lo mismo que el evangelio de la ciencia y la razón para algunos ateos. Quien no los profese corre el riesgo de alcanzar la condición de apestado.

Igual que en los viejos tiempos.

Es decir: a esos muchachos que ningún daño hacían con sus cruces de ceniza se les discriminaba en público en nombre de la igualdad, la libertad y la fraternidad, célebres premisas de  la Revolución Francesa.

Cuando le pregunté a mi amigo si a la hora de la matrícula les hicieron algún tipo de advertencia al respecto la respuesta fue negativa.

Al final el asunto no pasó a mayores. Pero el malestar quedó flotando en el aire. Lo sucedido  a F. y sus condiscípulos es un aviso de que los otros fundamentalismos siempre están allí, a la espera del menor motivo para dar el zarpazo.

Y todo amparado en un puñado de buenas razones.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada