En el caso concreto de “la corrupción” esto no es diferente, pues también es un concepto construido con las demandas de la sociedad, que busca justificar unas políticas y legitimar la representación y la acción política del sector que se ha denominado “de centro”.

 

Por: Camilo Andrés Delgado Gómez

Hace un mes, para este mismo medio, escribí una columna en la que decía que, aunque parezca lo contrario, la corrupción no es el peor problema que tenemos en Colombia. Así lo dije porque creo que “la corrupción” se ha convertido en un eslogan y una bandera política que atrae, pero que no propone ningún cambio de fondo en la estructura social del país. En concreto, creo que “la corrupción” se ha convertido en un Significante Vacío de un sector político específico que ha permitido, conforme a sus intereses, mantener el statu quo.

Primero hay que aclarar que es un Significante Vacío: este concepto es traído al análisis político por Ernesto Laclau, proveniente de la lingüística y del psicoanálisis de Lacan, y quiere enunciar la existencia de un significante, o sea una palabra, sin un significado concreto (vacío), pero es un significado que no permanece así, pues se va construyendo (llenando) con las demandas de una sociedad, que son encauzadas para este fin por algún actor político.

Entonces, un solo concepto encauza todos los descontentos y anhelos de la sociedad, sin importar lo dispares que sean, con el fin de garantizar cohesión social alrededor de este, a la vez que justifica las acciones de los actores políticos y legitima a estos actores para llevar a cabo estas acciones, sin importar su legalidad o idoneidad.

Un buen ejemplo de lo anterior es Álvaro Uribe, quien ha usado el concepto de “la seguridad” como la solución a absolutamente todos los problemas de la sociedad colombiana; lo mismo sucede con Trump y otros populismos xenófobos, para quienes “los migrantes” son la causa de los problemas de la sociedad. En ambos casos, estos conceptos justifican una serie de políticas que representan algunos intereses y legitima a los políticos que las ejecutan.

En el caso concreto de “la corrupción” esto no es diferente, pues también es un concepto construido con las demandas de la sociedad, que busca justificar unas políticas y legitimar la representación y la acción política del sector que se ha denominado “de centro”.

Es este sector el que ha construido la idea de que “la corrupción” es la causa de todos los problemas que tenemos y la única solución a estos es acabar con ella aun cuando no se sabe concretamente qué es “la corrupción”, pues se usa para un sinfín de actos.

El problema fundamental de lo anterior es que las políticas que se justifican no tocan lo profundo de los problemas políticos, económicos y sociales de Colombia.

Además, como lo dijo el ahora rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria, esta idea de considera “la corrupción” como la causa de todos los males es ignorancia y pereza intelectual, a la vez que plantea una paradoja al enunciar que el único problema (la causa de todos los males) son los políticos y que la única solución son otros políticos.

Esto evidencia que, más que cambios, “la corrupción” solo es la bandera de unos intereses políticos concretos que, al desviar la mirada de los verdaderos problemas, mantienen intactas las condiciones sociales del país.

 

Problema de fondo

La realidad es que los actos corruptos sí son un problema, pero hay un problema más estructural, que nos ha condicionado como sociedad desde antes que nos constituyéramos como república.

Este factor es la dependencia político económica en la que vive Colombia. Con esta me refiero a que siempre hemos dependido de otros países para tomar nuestras decisiones políticas y completar nuestro ciclo económico.

Podemos decir que desde 1492, cuando se descubre América, y luego con el proceso de conquista y gobierno del continente, todos nuestros países, de una u otra manera y en mayor o menor medida, han estado dependiendo de algún país más desarrollado. De este modo, se configuran centros de poder que controlan la economía y la política mundial y periferias que son controladas en estos ámbitos.

En este sentido, se puede decir que Colombia ha sido una periferia que, en un primer momento, dependió totalmente de España y fundamentalmente de la exportación de metales y la importación del resto de productos.

Luego, ya como país independiente, creó fuertes lazos con Inglaterra, país que con su influencia política impuso el libre mercado –laissez faire– en el mundo, y en Colombia durante el Olimpo Radical. Este tipo de intercambio económico se basó en la exportación de productos agrícolas, como el café, e importación de materiales manufacturados, especialmente ingleses. Esto, evidentemente, es un intercambio desigual que benefició a los extranjeros.

Luego de la gran depresión, y con las dos guerras mundiales, la dependencia pasa a ser de Estados Unidos, quien por el contexto internacional promueve un limitado proceso de industrialización en el que el intercambio, igual de desigual al anterior, gira en torno a la importación de bienes de capital para desarrollar la industria y la exportación de pocos bienes manufacturados y algunos bienes primarios.

Sin embargo, este intercambio cambia en los 70 con la llegada de las políticas neoliberales con las que se ha incentivado una desindustrialización, volviendo a la dependencia de manufacturas externas y de la exportación de materiales fósiles (petróleo y carbón).

Además, la actual globalización ha reforzado la inserción desigual al mercado y acentuado las relaciones de poder en las que los centros influyen en las periferias (recuérdense las intervenciones de EE. UU. en lo de las objeciones a la JEP) y la dependencia económica que ya mencioné.

Estos dos elementos, neoliberalismo y globalización, han permitido la creación de un mecanismo de control político: la deuda, pues esta ha permitido la imposición de las reformas neoliberales del “Estado pequeño”, o como diría Uribe, del “Estado austero”.

Debo decir que, más allá de la corrupción, lo que debemos hacer es superar este problema estructural mediante la creación y fortalecimiento del sistema productivo en su conjunto.

Este proceso, junto a políticas que permitan un empleo decente, creo que mejoraría las condiciones de los colombianos en general en la medida en que fortaleciendo las industrias agrícolas se crean empleos en el campo y creando industria manufacturera se crea empleos en la ciudad. Lo que es necesario para disminuir el alto desempleo y la altísima informalidad en la que laboran alrededor del 50% de los trabajadores del país.

Además, se necesitan políticas redistributivas que bajen la altísima desigualdad en el ingreso y en las condiciones sociales en general. Pues son estas desigualdades las que incentivan la inseguridad y la delincuencia en las ciudades.

Así como la falta de una reforma rural integral es el incentivo de la desigualdad y la inseguridad en el campo colombiano. Si esto no sucede, seguiremos viviendo en las precarias condiciones actuales que nos perpetúan en las mismas lógicas políticas, como la venta de votos, el clientelismo y la mentalidad mafiosa y de patronazgo.

Debo aclarar que todo lo anterior es posible, pero depende en gran medida de quien esté en el poder y la voluntad de cambio que tenga; es por esto que, como he reiterado varias veces, las próximas elecciones pueden ser fundamentales para el inicio de un recambio de elites que permita una modificación profunda en las lógicas culturales, pero también en las lógicas materiales de un país que no puede perdurar si sigue con las lógicas actuales.