El problema es estructural, es transversal a la sociedad, es de esos que para solucionarlo se debe hacer un cambio profundo, tal vez una revolución. Pero no una que cambie el sistema de producción sino una que cambie el subconsciente colectivo de la sociedad, que cambie el pensamiento enviciado… 

 

Por: Camilo Andrés Delgado Gómez

Por fin se hundió la consulta anticorrupción, y digo “por fin” no porque quisiera que se hundiera, sino porque era algo que se venía venir, ¡eso se sabía!, y es sorprendente que alguien se asombre por esto.

¿En serio creían que los mismos con las mismas (frase de Gaitán, no de Robledo) se iban a imponer restricciones para sus corruptas acciones? ¿De verdad pensaron que los senadores que se eligieron gracias a las empresas electorales iban a decidir acabar con ellas? Pero la mejor pregunta que se puede hacer es: ¿realmente piensan que esto se puede cambiar mediante leyes?

Parecería que sí, pues luego de que se supiera que se hundía la última propuesta de la consulta, el exsenador Antonio Navarro tuiteó una encuesta preguntando que si valía la pena organizar una nueva consulta anticorrupción para que sea obligatoria la expedición de las normas que la componen; casi 20.000 personas votaron y el 63% dijeron que sí valía la pena.

Y así se ve que somos dignos descendientes de nuestro ilustre prócer Francisco de Paula Santander, quien creía que “las leyes os darán la libertad”, por quien tenemos, y parece que con orgullo mantenemos, la tradición de buscar la libertad así, con leyes, como si un pedazo de papel nos cambiara la conciencia como por arte de magia.

Pero a la vez, tenemos otro problema: también somos descendientes de los españoles. De esos españoles que pregonaban ante los decretos reales que no les favorecía sus intereses: “se acata, pero no se cumple”; de este modo, en Colombia, no porque algo sea ilegal se deja de hacer, siempre está por encima el interés personal.

Así, casi que genéticamente, se hacen leyes y se hacen las trampas, e incluso a veces las leyes llevan las trampas, y para corregir esto se hacen más leyes a las que se le hacen más trampas, o incluso estas nuevas leyes ya vienen con su trampa, y así sucesivamente por generaciones y generaciones. Y, sin embargo, es sorprendente que se siga creyendo que las normas van a cambiar el mundo. No es con leyes que se hace eso.

Para solucionar esto se han formulado muchas propuestas. Entre estas, una parece muy razonable: hay que hacer buenas leyes. Esto implica que los senadores sepan hacer leyes, y en este sentido, incluso se ha propuesto que sean obligatorios los cursos sobre técnica legislativa (lo que sí necesitan), pero es que ¿enseñándoles a escribir bien las leyes a los senadores, estos van a cambiar de intereses? Yo creo que no. El problema no es de forma.

El problema es estructural, es transversal a la sociedad, es de esos que para solucionarlo se debe hacer un cambio profundo, tal vez una revolución. Pero no una que cambie el sistema de producción sino una que cambie el subconsciente colectivo de la sociedad, que cambie el pensamiento enviciado que caracteriza a la mayoría de colombianos, que nos quite de la cabeza que “el vivo vive del bobo” y que “las leyes nos harán libres”, y nos ponga en su lugar la libertad y el deber como fin individual y, por extensión, como fin de la sociedad.

Lo primero que debemos hacer es cambiar nuestra forma de pensar. Para esto es necesario que, como propone el premio nobel de economía Amartya Sen, se motive el sentido del deber y la actitud hacia las reglas. Esta actitud depende en buena medida de cómo se comportan los otros, por ende, es desde las altas instituciones del Estado que se debe dar ejemplo del buen comportamiento. Pues, como reza el Huai-nan Tzu, “si el gobernante no es recto, los malvados se saldrán con la suya, y los leales se retirarán”.

He aquí una razón más por la que son importantes las elecciones que vienen. En estas es posible, como ya dije antes, el inicio de un recambio de elites que permita dar inicio a esta necesaria metamorfosis a la cultura colombiana pues, en todo caso, un país que va como este definitivamente no es viable.

Sin embargo, y ya para finalizar, debo decir que tengo una preocupación más con respecto a la corrupción. Este, en los últimos años, se ha convertido en un significante vacío de una corriente política, al igual que la seguridad lo es para otra. De este modo, todo analisis conduce a “la corrupción” como causa de todo lo malo, lo que es un análisis muy simplista y poco profundo; ver en la corrupción la respuesta a todos los problemas es simplemente pereza mental. Sinceramente, creo que hay problemas más estructurales que “la corrupción”, como la dependencia político-económica de la que somos víctimas y de la que parece que nadie habla.