GUSTAVOCOLORADO

Para empezar, el barrio San Judas no es lo que pretende el estereotipo y menos lo registrado por las páginas judiciales de los periódicos. Se trata de un asentamiento a orillas del río Otún, fundado por inmigrantes desplazados en una de las oleadas de la violencia partidista de mediados del siglo XX. 

Por: Gustavo Colorado

Ya lo advirtió el músico Charly García: hay gente que no se entera ni de que el mundo da vueltas y por eso repite cada cierto tiempo la misma historia. Finalizando 2012 el alcalde de Dosquebradas, Diego Ramos  anunció la militarización de algunos sectores conflictivos de su municipio, como fórmula para acabar con los hechos de violencia agudizados en el último año. Se refería en particular a los barrios San Judas y El Balso.

De inmediato me volvió a la memoria la imagen de su antecesora en el cargo, Luz Ensueño Betancur, pronunciando un encendido discurso en medio de tanquetas de la policía y prometiendo el oro y el moro a los habitantes de San Judas, asolado entonces por enfrentamientos entre bandas que se  disputaban la distribución de narcóticos. Igual que hoy. “Lideraremos ante el gobierno nacional proyectos dirigidos a ofrecer alternativas de vida digna a nuestros jóvenes y a sus familias para que no encuentren en el delito la única opción de vida”, recuerdo que dijo en un Consejo de gobierno convocado a las carreras para darle respuesta mediática a los últimos acontecimientos. Los vecinos de San Judas  jamás volvieron a saber de la funcionaria y sus proyectos milagrosos.

Para empezar, el barrio San Judas no es lo que pretende el estereotipo y menos lo registrado por las páginas judiciales de los periódicos. Se trata de un asentamiento a orillas del río Otún, fundado por inmigrantes desplazados en una de las oleadas de la violencia partidista de mediados del siglo XX. Hasta finales de los años ochentas la romería de mujeres subiendo la falda de La Popa era parte del paisaje urbano. Eran las operarias de las pequeñas y medianas fábricas de confecciones, así como de algunas filiales de multinacionales ubicadas en la zona. Por su  lado, los hombres trabajaban  en talleres de fabricación de  calzado encargados de proveer  a los almacenes del centro. Las dos cosas: las fábricas de confecciones y los talleres de zapatería fueron arrasados por la primera oleada de la apertura económica puesta en marcha al despuntar los años noventas. Un gran porcentaje de esas mujeres, muchas de ellas cabeza de familia, emigraron hacia España en el éxodo experimentado por la región en la década comprendida entre 1995 y 2005. Algunos hombres emprendieron el mismo camino. Otros optaron  por el rebusque callejero. Algunos más fueron reclutados por las bandas surgidas de la fragmentación de los carteles del narcotráfico y la reinserción de grupos armados. Han sido estos últimos los protagonistas de las noticias de página judicial cuyo impacto tanto preocupa a los gobernantes.

Porque es la repercusión mediática y no las circunstancias sociales  generadoras de la violencia lo que  inquieta  a los mandatarios. Si se ocuparan de las segundas encontrarían que su localidad está rodeada por una especie de rosario cuyas cuentas llevan nombres como  Los Pinos, Galaxia, La Mariana, Camilo Torres, Los Alpes, Barro Blanco, El  Japón, Frailes o Santiago Londoño, para mencionar solo algunos. Todos tienen  varias cosas en común: son barriadas de casas construidas con ladrillo a la vista y habitadas por familias  que sobreviven de oficios mal pagados, como empleadas domésticas, ayudantes de construcción o vigilantes informales. Otros se rebuscan vendiendo frutas o chucherías en las calles. Los demás malviven en la difusa frontera entre la legalidad y el delito. El índice de adolescentes embarazadas y de muchachos con antecedentes penales supera con creces la media del Área Metropolitana. Uno de ellos, no mayor de catorce años, me apuntó con su changón casero en uno de mis periódicos recorridos por la zona. Por lo visto, quienes arrojan espumarajos por la boca cuando se habla  de niños sicarios  no se han permitido un paseo por esas calles.

A las raíces de ese problema deberían dirigir sus esfuerzos los gobernantes si tuvieran una visión a largo plazo de su ciudad y no una mera reacción coyuntural ante las noticias. Porque de haberse cumplido una parte mínima de las cosas prometidas  durante el mencionado Consejo de gobierno el actual alcalde no andaría a estas horas anunciando  un nuevo desembarco de tanquetas mientras su ciudad pasa del ensueño a la pesadilla.