De frente a la realidad 

En estos días un amigo me envió la imagen de una pintura elaborada por un niño hindú a sus 9 años, Anujath Vinayal. El dibujo pintado lo tituló, “Mi madre y madres en el vecindario”.

Por / Gloria Inés Escobar
Hace muchos años ocurrió una de mis primeras “aperturas de ojo” frente a la realidad. Ni las circunstancias ni los detalles los recuerdo bien. En mi memoria aparecen solo dos datos básicos: el primero, estaba sentada en un auditorio pequeño de medio de un reducido número de personas y antes de iniciar la presentación de un vídeo, quien dirigía la reunión pidió que levantaran la mano las personas cuyas mamás no trabajaban, yo la levanté, entre muchas persona más. El segundo detalle fue el vídeo que proyectaron, muy corto pero para mí, impactante. En él se mostraba a una mujer, una mamá, en su rutinario diaria del oficio casero desde muy temprano en la mañana hasta horas muy tarde en la noche. Cuando finalizó la historia, nuevamente la persona pidió que levantásemos la mano quienes su mamá no trabajaba. Nadie levantó la mano.
Estar de espaldas a la realidad es realmente fácil y, sobre todo, cómodo. La razón, o una de ellas, es sencilla: nos han enseñado a naturalizar todo lo que carece de justificación lógica, es decir, nos han educado para que aquello que es producto de un “acuerdo”, algo que se ha instituido, sea considerado natural, “propio de”, por tanto, incuestionable. El trabajo sin remuneración ni valoración social que hacen millones de mujeres en la casa desde hace milenios, es uno ejemplo de ello.
Con el trabajo de la mujer fuera del hogar que esta sociedad ha requerido para producir más y más barato, el trabajo doméstico no se redujo para las mujeres más pobres, por el contrario, se duplicó, porque ahora su jornada es más extensa pues antes de salir de casa debe dejar a la familia lista para que cada cual cual cumpla con sus actividades, y dejar “adelantado” el resto de oficio pata terminarlo en la noche.
Ese trabajo doméstico 24/7, como suelen decir ahora para referirse al tiempo dedicado a algo, es por tanto sin descanso y, muchas veces, para toda la vida. Un trabajo que pocos valoran pero sin el cual el mundo no podría marchar. Un trabajo que solo se paga si lo hace alguien fuera del círculo familiar pues de lo contrario es oficio “natural” de las mujeres, repito, “propio” de ellas pues aunque haya varones en la familia estos quedan exentos de cualquier tarea relacionada con el mantenimiento del hogar, para ellos se han determinado otros oficios “propios” de hombres.
En estos días un amigo me envió la imagen de una pintura elaborada por un niño hindú a sus 9 años, Anujath Vinayal. El dibujo pintado lo tituló, “Mi madre y madres en el vecindario”, una colorida y bella composición en la que su pequeño autor retrata precisamente eso que yo tardé tanto tiempo en ver, el trabajo invisible y no remunerado de las mujeres en el hogar (ver).
Este niño, cuya pintura será  portada del documento de Presupuesto de género del gobierno de Kerala para el año 2020-2021, no sólo tiene la habilidad de pintar sino que tiene la capacidad de ver de frente la realidad, de hacerla evidente, a pesar de que para los demás siga resultando invisible. Anujath con sus escasos años, es consciente de lo que pasa a su alrededor, de la realidad que lo circunda, en otras palabras, tiene abiertos sus ojos, acción que pocos en esta sociedad, están dispuestos a realizar porque resulta más fácil seguirle el juego al sistema que nos invita de mil maneras a estar de espaldas a la realidad y de frente a la fantasía e idealismo que se crea a partir de ella.