Me parece que estamos hablando de algo que no existe. Son delirios de mentes disociadas que sueñan con ese mundo mejor que inventan las ideologías para alienar y enajenar la realidad.
Por: Iván Rodrigo García Palacios
Si estamos hablando de esa sagrada familia, motivo de la imaginería católica (por cierto, disfuncional en términos convencionales). Si estamos hablando de esos niños que viven una infancia feliz. Si estamos hablando del matrimonio de parejas amorosas y felices. Me parece que estamos hablando de algo que no existe. Son delirios de mentes disociadas que sueñan con ese mundo mejor que inventan las ideologías para alienar y enajenar la realidad.
¿Es a eso a lo que llaman matrimonio?
Según entiendo, por los argumentos de los fanatizados defensores del matrimonio heterosexual, ese matrimonio no es más que un contrato de sexo reproductivo con condiciones y beneficios jurídicos (¡Benditos y alabados sean San Pablo y Kant!). Porque, según eso, en nada se diferencia con el reconocimiento de los derechos de paternidad y las mismas condiciones y beneficios jurídicos -sin sexo reproductivo- que solicitan los defensores del matrimonio entre personas del mismo sexo.
¿Cuál es entonces la objeción?
Porque, en lo que se refiere al aspecto afectivo -familia y crianza- y sin hablar del idealizado (ideologizado) amor, ese matrimonio heterosexual, es una casa de los horrores…
Basta con mirar alrededor para ver padres y madres, sin distinción de estrato socio-económico, que salen de sus casas a las seis de la mañana y regresan después de las ocho de la noche ya cansados y sin aliento para atender las necesidades afectivas mínimas ni propias ni de sus hijos. Los mismos padres que los sábados y domingos se dedican a lo suyo y a los que los hijos les estorban.
Basta con mirar cómo y sin todavía salir el sol, sacan de sus casas a los niños para llevarlos a las guarderías, a los jardines infantiles y a las instituciones educativas, desde que son bebés, para que allí los críen y los cuiden otras personas que no son sus padres y en la compañía de otros niños tan aterrorizados como ellos. Y, ¿los sábados y domingos?, sufren la aterradora convivencia con aquellos extraños que son sus padres.
Basta con contar los matrimonios de parejas que viven y hacen vivir a sus hijos el infierno de todas las disfuncionalidades afectivas y existenciales que se puedan imaginar.
Como yo lo veo, eso no es ni la familia ni es la infancia ni es el matrimonio, saludables, que deben ser.
Si esa familia y esa infancia y ese matrimonio, disfuncionales, son los fundamentos de la sociedad, los que imponen, con la amenaza de la hoguera del Santo Oficio, “los mamasantas” de oficio, creo que tenemos la sociedad que nos merecemos. Así que no se las invoque como modelos y mandamientos a la hora de imponerlos a otros, son una forma de vida enfermiza y dañina. Eso es el caldo de cultivo de la violencia, sin más. Lo peor, viene por añadidura.
Lo razonable sería empezar a pensar qué está mal y cómo cambiarlo. Por el futuro de la humanidad, bien vale la pena intentarlo.
Medellín, 24 de abril 2013

