Esta semilla sagrada, arrancada de África y luego enterrada y resucitada en la sangre de América, se hizo árbol de la vida, de la memoria, de la dignidad y de la resistencia. Este árbol sigue enfrentándose a los embates del racismo, la discriminación, la xenofobia y las formas conexas de esclavitud e intolerancia. Este árbol ya es un rizoma. 

Por: Wooldy Edson Louidor

En Colombia el imaginario jurídico ha nombrado de diferentes formas a los descendientes de personas esclavizadas originarias de África. En múltiples decretos y otros instrumentos legales del país, se usan las palabras “Negros”, “Afrodescendientes”, “Raizales” y “Palenqueros” para deletrear las “diferencias” de este segmento poblacional colombiano.

En el continente americano también se han utilizado distintas nomenclaturas, tales como “Black” y “Negro” (en inglés), “Nègre” y “Noir” (en francés), “Nèg nwè” y “Ginen” (en creole haitiano), para nombrar a los hijos e hijas de quienes fueron arrancados de su África natal para ser esclavizados en el continente exilio.

Parece obvio que es imposible representar, en una palabra, la gran heterogeneidad de tantas historias, identidades, dolores, alegrías, dramas, melancolías, expresiones artísticas, territorialidades y sueños. Lo notable es que todas estas palabras evocan el pasado de la esclavitud que, para esta población, significaba – según el martiniqués Edouard Glissant y el haitiano Laënnec Hurbon – la muerte cultural, la renuncia a Ser y la amnesia. El traslado forzado al Nuevo Mundo fue para ellos literalmente el fin del mundo: el fin de su mundo. Y evidentemente no se puede reconstruir el mundo en un día.

Los comerciantes negreros, los colonizadores e incluso sacerdotes de la Iglesia Católica Romana se encargaban material y espiritualmente de deshumanizar y “desmundizar” a los africanos esclavizados y desarraigados en las Américas. La “pregunta” para esos africanos no era ¿Ser o no ser?, tal como lo plantea Shakespeare, sino cómo llegar a Ser: he allí, para el jamaiquino Stuart Hall, el principal reto de esta diáspora -y de toda cultura-. La (no) identidad –o la esencia– a la que se les “encadenó” es, como lo sostiene el cubano Roberto Fernández Retamar, ser “Calibán”; a saber, un personaje deforme, bruto, bestia sin remedio y que sólo es bueno para servir al colonizador. Es una “esencia deshumanizante” que tiene fuertes impactos psiquiátricos sobre el colonizado y el mismo colonizador, como lo diagnosticó Frantz Fanon en Piel negra y máscaras blancas.

Sin embargo, este estatuto de no ser (la esencia calibanesca) se convirtió, como lo poetiza el afrocolombiano Manuel Zapata Olivella en su Changó, el gran putas, en “semilla sagrada” que murió “en el seno de la madre África” para renacer “en la sangre de América”.

Hoy en día, sólo en las Américas viven “alrededor de 200 millones de personas que se identifican a sí mismas como descendientes de africanos”, según la ONU. Esta semilla sagrada, arrancada de África y luego enterrada y resucitada en la sangre de América, se hizo árbol de la vida, de la memoria, de la dignidad y de la resistencia. Este árbol sigue enfrentándose a los embates del racismo, la discriminación, la xenofobia y las formas conexas de esclavitud e intolerancia. Este árbol ya es un rizoma.

Más allá de la decisión loable de la Asamblea General de la ONU de proclamar 2015-2024 Decenio Internacional para los Afrodescendientes, es importante reconocer el precioso aporte de esta población a las sociedades y a la humanidad en general; en medio del desarraigo de larga duración y de hondo calado que han sufrido y al que han resistido con valentía a lo largo y ancho del continente. Este aporte es patrimonio de todos y todas e indica, con sus evidentes posibilidades y límites, varios caminos para llegar a ser -con otros y en un entorno muchas veces hostil y en el que se les niega un lugar-.

En su discurso I have a dream, pronunciado el 28 de agosto de 1963 durante la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad, el líder afroestadunidense Martin Luther King resumía el desarraigo de los afroamericanos en los Estados Unidos, de esta manera: “One hundred years later, the Negro finds himself in exile in his own land” (Cien años después, el Negro se encuentra exiliado en su propia tierra).

La palabra “exilio” significa quien no es o quien ha dejado de ser, pero también hace referencia a quien se está peleando por ser. Quien se niega a dejar de ser. Quien lucha por ser. Quien busca un lugar para ser: esto o aquello, así o de otro modo. O quien simplemente decide no preocuparse por ser y por hacerle caso a quienes lo nombran, lo piensan, lo inventan, lo satanizan, lo divinizan.

Estoy cada vez más convencido de que lo mejor que podemos hacer por los exiliados descendientes de personas esclavizadas en Colombia y en el continente (los miembros de la diáspora africana) es no seguirles negando un lugar para que lleguen a ser o sigan siendo a su manera. En otras palabras, contribuir a poner fin a su exilio.