Gustavo ColoradoBelisario, un vecino de la vereda donde vivo, me contó que le pagaron cincuenta mil pesos por su voto. Incluso me mostró con orgullo el billete, acompañado del respectivo certificado electoral. 
Por: Gustavo Colorado G.
En los diccionarios caseros y en los manuales de educación cívica nos dicen que, en su sentido literal, democracia quiere decir “gobierno del pueblo”. Por lo visto antes, durante y después de las elecciones del 9 de marzo, entre nosotros ese ejercicio parece más bien un recetario para poner en práctica en las cocinas del infierno.
Belisario, un vecino de la vereda donde vivo, me contó que le pagaron cincuenta mil pesos por su voto. Incluso me mostró con orgullo el billete, acompañado del respectivo certificado electoral. No quiso decirme quién le pagó, pero da igual : pudo haber sido cualquiera. En Colombia esas cosas son parte de la rutina. “ No tengo pensión, ni trabajo, ni familia que me ayude, así que esa platica me cayó del cielo”, añadió el viejo a modo de justificación. De esas necesidades elementales se alimentan los políticos a este lado del mundo.
Doña Clemencia, aseadora de una oficina pública, me dice que en los dos meses previos a las elecciones la amenazaron con despojarla del puesto si no recogía al menos cinco votos : los de su núcleo familiar más cercano. El domingo 9 de marzo a las ocho de la noche deambulaba presa de la angustia, ante la inminente derrota de su candidato.
“ Fue una fiesta de la democracia”, dicen los voceros del gobierno cuando termina una jornada de estas. Por lo pronto, quienes hacen la fiesta son otros. Por ejemplo, María Irma Noreña, formada a la sombra del clan Merheg, celebra la llegada de su esposo Mauricio Salazar a la Cámara de Representantes. Pero además, se habla de su eventual aspiración a la alcaldía de Pereira. No importa que su paso por la gerencia de Aguas y Aguas haya estado rodeado de denuncias sobre nepotismo e irregularidades en la contratación pública. Después de todo, el olvido es uno de nuestros deportes favoritos.
A propósito de los Merheg, antes de de refugiarse a toda prisa en El Líbano de sus ancestros, el ex senador Habib le endosó la clientela electoral a su hermano Samy, hoy flamante senador por el partido Conservador. Un astuto manejo de la televisión por cable y de millonarios recursos económicos nunca explicados del todo permitieron forjar esta empresa familiar y política que se inició en el Partido Liberal, mutó hacia un engendro conocido como Colombia Viva, antes de deslizarse hacia el Partido Conservador, un movimiento especializado en negociar sus casi extinguidos principios a cambio de un lugar a la sombra de quien detente el poder.
En el café donde suelo perder el tiempo, Argemiro Campos, un abogado y economista especializado en chismografía política, afirma a toda voz que el ex alcalde Israel Londoño le endosó a última hora sus votos al mencionado Samy Merheg, a pesar de haber hecho campaña al lado del senador Soto, un cacique ahora en apuros. Ese deslizamiento sería la causa de las angustias electorales de este último. “Y faltan datos de otras cabeceras”, grita levantando el dedo índice con el aire de un ángel exterminador.
Por supuesto, no estamos hablando de nada nuevo. Es como escuchar al ex presidente Uribe perorar sobre la ilegitimidad del Congreso: como si él mismo no le hubiese dado carácter institucional a la corrupción y las componendas. Solo que es inevitable escribir sobre estas cosas para no olvidar que la democracia, al menos entre nosotros, es en realidad el gobierno del diablo.