Cuando abrió sus puertas el nuevo Carulla Fresh Market en Plaza Claro, me dije: todo esto nos va a costar un ojo de la cara: vinos chilenos, cervezas importadas y espaguetis Barilla. Dicho y hecho, ¡qué viva el despecho!

 

Por: Camilo Villegas

Imagina por un instante que vas a cualquiera de los almacenes Éxito y pides una libra de carne. Al carnicero se le va la mano y te da una libra y un gramo. Lo siento, pero le tengo que cobrar un kilo. ¿Por qué?, preguntas con la mirada perdida en la sección de lácteos, para redondear el gramo que se fue de más. ¿Hay algún problema?, pregunta el hombre con un cuchillo en la mano. Dios mío, respondes, acostumbrado a que te roben.

Ahora vas a una heladería y pides dos helados. Pero a la vendedora se le deslizan los dedos y te factura tres. Lo siento, pero tengo que cobrarle tres helados. ¿Por qué?, preguntas con la mirada perdida en el color de sus ojos. Para redondear mi error, dice la mujer mientras atiende a otro cliente. Dios mío, respondes, acostumbrado a que te roben.

Lo cierto es que ahora mismo dejas tu carro en un parqueadero público durante media hora y al recogerlo te cobran una hora entera. Discúlpeme, tengo que cobrarle sesenta minutos, dice la chica del kiosco. ¿Por qué?, preguntas con la mirada perdida en su rostro. Para redondear, me acaban de ultrajar unos venezolanos.  Dios mío, respondes, acostumbrado a que te roben.

Quieres un Chocorramo, vas a la farmacia más cercana y en la máquina de ‘vending’ introduces un billete de dos mil pesos. El ponqué cuesta $ 1.800, pero no te devuelve el cambio. ¿Por qué?, preguntas a la que vende el baloto, para redondear, dice ella. Dios mío, respondes, acostumbrado a que te roben.

Vas a un cajero automático, sacas trescientos mil pesos y te cobran $ 8.000 de comisión. ¿Por qué?, preguntas a un abuelo que va con su nieta. Para redondear la operación, dice el anciano. Dios mío, respondes, acostumbrado a que te roben.

Dentro de nada, irás al cirujano a que te quite el apéndice, pero te quitará también el intestino. ¿Por qué?, preguntas con la mirada perdida en la blusa de su secretaria. Para redondear, dice el especialista. Dios mío, respondes, acostumbrado a que te roben.

A usted y a mí, con la devaluación del peso, nos redondearon el café con leche, las empanadas, las hamburguesas callejeras y las revistas de farándula… Todo el redondeo quedó hacia arriba para perjudicar al consumidor y hacia abajo, para beneficiar a las corporaciones.

Por eso, usted y yo somos unos estúpidos porque deberíamos estar todo el día en la Plaza de Bolívar, protestando contra el redondeo; pero estamos acostumbrados a decir: “Dios mío”, que tranquiliza mucho, pero que nada soluciona.

Carulla se incorporó al redondeo desde hace muchos años. Si usted va y compra un paquete de raviolis y una botella de vino que cuestan $ 167.000 pesos, le cobrarán $ 170.000. ¿Por qué? Porque cuando vas a cancelar pasa esto: ¿Señor, le gustaría colaborar con una gotica de nuestra fundación para los niños sordos de África? Ajá, respondes. ¿Señor, le gustaría colaborar con algo para las ballenas con sida de África? Ajá, respondes.

Obviamente, todo esto es una estrategia psicológica, mercadotecnia pura y dura, te hacen sentir miserable y obligado a donar.

Señores Grupo Éxito, quiero decirles algo, colaborar por buenas causas es una de las cosas más bonitas y positivas que uno como ser humano puede hacer en la vida, pero esa no es la manera.

Yo he negociado con el carnicero del Éxito de Salitre que cuando se pase un gramo de lo pactado, me lo quite. Pero haber, ¿cómo negocio con las cajeras de sus almacenes, sobre todo con las de Carulla? Convencerlas para que colaboren es complicadísimo.

A ellas no les dicen, pero ustedes generan muchísimas utilidades que les permiten también evadir muchísimos impuestos.

Cuando abrió sus puertas el nuevo Carulla Fresh Market en Plaza Claro, me dije: todo esto nos va a costar un ojo de la cara: vinos chilenos, cervezas importadas y espaguetis Barilla. Dicho y hecho, ¡qué viva el despecho!