Esto no le quita lo comerciante, difícilmente uno escapa de su casa sin comprar algo. No solo por su sabor, también por la intensidad de Doña Candelaria. ¿Cuántas va a llevar? ¿Cuánto trajo? Le alcanza para tres bolsitas de confites.
Por: Miguel Ángel López
Doña Candelaria tiene 96 años. Ella vive en una casa grande, antigua, con un patio interno y un impresionantemente hermoso papel tapiz en su cuarto. Ella vive con Teresa. Teresa vive con su hija. Ellas tres, junto a otra mujer se dedican a trabajar el tamarindo en Santa Fe de Antioquia.
A diferencia de las personas que venden dulces de tamarindo en el parque, donde la mayoría de los turistas mantienen, Doña Candelaria es la única en el municipio que sigue una tradición. Esta tradición es manipular el tamarindo con panela, y no azúcar.
Cuando se toman el tiempo de trabajarlo con panela, el dulce de tamarindo es otro. Es como el primo apuesto que vive en una casa muy grande en una ciudad más grande que la de uno. Este dulce es más grande, más café y huele más a tamarindo. Su textura es más suave, es como morder un durazno muy maduro. Con la perfecta intensidad del sabor del tamarindo endulzado con un suave toque de panela, que no lo cambia, lo controla.
La importancia de Doña Candelaria radica en la tradición que lleva. La única mujer que más allá de pensar en reducir gastos y aumentar ganancias, piensa en el orgullo de vender un buen producto. Esto no le quita lo comerciante, difícilmente uno escapa de su casa sin comprar algo. No solo por su sabor, también por la intensidad de Doña Candelaria. ¿Cuántas va a llevar? ¿Cuánto trajo? Le alcanza para tres bolsitas de confites.
Además de vender confites de tamarindo, ella prepara concentrado de tamarindo, arequipe, bananos resecos y cáscaras de toronja. “Na’más” que un pequeño acercamiento a la gastronomía colombiana.
Es reconocible el trabajo de Doña Candelaria, porque trabajar lo tradicional requiere más tiempo y más costo. En momento en que el turismo colombiano aumenta y cada vez más extranjeros llegan a Colombia buscando lo que no hay en sus países, nuestros pueblos, gran atractivo turístico, deberían aferrarse a estas prácticas que los hacen especiales.
Puede que el tacaño, superficial y desinteresado turista colombiano de clase media no esté dispuesto a pagar tres mil pesos por un paquete de dulces de tamarindo, cuando en el parque tres valen cinco mil. Pero el extranjero sí, porque sabe que busca lo mejor. Y es la misma persona que va a volver a su país, hablando de los maravillosos dulces de Doña Candelaria.

