Dos veces náufragos

GUSTAVOCOLORADOEn invierno mueren de frío en las calles. Sus cuerpos son recogidos por funcionarios hastiados que los etiquetan y embalan como mercancías estropeadas y los conducen hacia no se sabe dónde.

Por: Gustavo Colorado

Al comienzo de su brillante carrera en el fútbol europeo, la televisión del mundo nos mostró las imágenes del futbolista camerunés Samuel Eto’o en el primer viaje de regreso a su aldea natal. Descendió del cielo a bordo de un helicóptero como una suerte de divinidad pagana rediviva y se dedicó a repartir regalos entre una legión de niños hambrientos que soñaban con seguir sus pasos hacia esa tierra de promisión donde el simple hecho de hilvanar cabriolas con una pelota puede convertir a un muchacho pobre en millonario de la noche a la mañana.

Al menos eso es lo que dice el mito, porque la realidad es otra. Persiguiendo ese espejismo, miles de africanos acorralados por la miseria han emprendido la travesía desde remotos caseríos hasta las costas donde se adivina el resplandor del primer mundo al otro lado del Mediterráneo. Un alto porcentaje de ellos cae en manos de las mafias dedicadas al tráfico de personas. Si corren con buena fortuna son abandonados en las playas de España, Francia o Italia a merced de la policía de inmigración. Muchos son atrapados por delincuentes que los someten a esclavitud laboral o sexual, valiéndose de su condición de indocumentados. Otros ni siquiera alcanzan la costa: naufragan a bordo de frágiles embarcaciones llamadas pateras, construidas para albergar a lo sumo una veintena de viajeros, pero en las que los traficantes llegan a acomodar hasta cien personas. Cómo lo hacen, sigue siendo un misterio de la física.
 Muchos de esos naufragios no son registrados por los medios de comunicación: o no se enteran de su existencia o se volvieron tan rutinarios que no constituyen noticia. Después de todo, para la Europa de Angela Merkel y sus amigos, África es apenas un mal recuerdo de la resaca colonial. Para eso les dieron la independencia: para que se las arreglaran por sí solos después de haber saqueado sus recursos materiales y su fuerza de trabajo esclava durante varios siglos.

Solo una tragedia como la acontecida esta semana frente a las costas de Lampedusa, Italia, pudo concitar la atención de los medios. Pero no por el drama personal y social de sus protagonistas sino por el número de víctimas del naufragio: varios centenares de muertos bien valen un titular de prensa. La historia de cada uno de ellos es asunto suyo. Sometidos a violencias y hambrunas seculares, gobernados por castas corruptas aliadas con las élites locales y atrapados en medio de guerras tribales atizadas por los nuevos colonizadores nada tienen que perder. Por eso no dudan en hacerse al camino sin más equipaje que el rescoldo de las ilusiones siempre aplazadas de llegar a la otra orilla. En sus lugares de origen la única esperanza es la muerte a plazos. O enrolarse en un grupo de milicianos dispuesto a exterminar a sus vecinos a cambio de un botín incierto. O triunfar en la liga de fútbol de Europa, Corea o China. En este caso repiten las viejas rutas imperiales. Solo que ahora no van a los mercados de esclavos sino a jugarse el destino en la bolsa de contrataciones de esas multinacionales que son los grandes clubes de fútbol en España, Italia o Inglaterra.

Para uno entre mil se abren las puertas de la redención. Los demás, si llegan a puerto, seguirán una peregrinación por los arrabales de Barcelona, Madrid, Marsella o Nápoles, huyendo de la policía o de las bandas xenófobas estimuladas por el discurso de unos gobernantes que, incapaces de capotear la crisis, responsabilizan a los inmigrantes de todos los males. En invierno mueren de frío en las calles. Sus cuerpos son recogidos por funcionarios hastiados que los etiquetan y embalan como mercancías estropeadas y los conducen hacia no se sabe dónde.

Entre tanto, en una aldea de Nigeria, Sierra Leona, o Costa de Marfil, sus hijos, padres, mujeres, nietos o hermanos aguardan su regreso alimentando la esperanza con imágenes rescatadas del resplandor de una pantalla de televisión instalada en una oficina pública o de una portada de revista hallada en un basurero. Un automóvil de lujo por aquí, las piernas doradas de una modelo por allá o un plato de pescado acompañado de vino blanco servido en un comedor remoto les bastan para mantener vivas las ilusiones.

Muchos de ellos no se enterarán nunca de la muerte de sus iguales en las aguas del Mediterráneo, pero si la noticia llega a sus oídos no bastará para disuadirlos de su intención de viajar en procura de esa quimera europea que los salve de su condición de náufragos por partida doble.