Fuimos censurados. Así de simple fue la cuestión, sin preámbulos ni alertas previas, tampoco algún llamamiento con el fin de aclarar. Y lo fuimos por la red social que concita a millones de habitantes de este planeta. Por Facebook, la del señor Mark Zuckerberg.

Un humano, un algoritmo o no se sabe quién o qué cosa decidió, de manera inapelable, que era pornográfica e inmoral –o ambas cosas, vaya uno a saber– una imagen que ilustra una crónica sobre nudismo en Medellín, publicada el martes 16 de octubre (ver Crónica sin ropa).

Sin derecho a pataleo fue eliminada la fotografía y, como si fuera poco, luego de la censura la página de LA COLA DE RATA fue castigada con estrepitosa caída de vistas durante toda esta semana, incluso al día de hoy sigue así. Mejor dicho, no bastó con censurar una publicación periodística específica, también se tomaron represalias contra nuestra página, que cuenta con miles de seguidores. Facebook podrá alegar sobre una supuesta extraña coincidencia, pero nosotros no lo creeremos.

Este hecho, del mejor corte orwelliano o kafkiano, tiene un ingrediente más: no hay contra quién apelar, no hay un nombre, una persona de carne y hueso, o alguien que responda y repare el daño hecho a la promoción de publicaciones nuestras. Como en El castillo, parece que nadie nos recibirá para atendernos, solo queda esperar que el señor del castillo se sirva llamarnos.

Pero la arbitrariedad se veía venir. Facebook, desde enero de este año, decidió que las publicaciones de los medios de comunicación ya no aparecerán de manera automática en la cuenta de las personas suscritas a esa red. Si los medios queremos hacerlo, debemos pagar por aparecer. Así no solo se alimenta con contenidos gratuitos al medio de comunicación llamado Facebook –ya Zuckerberg aceptó que lo era–, además se debe pagar para regalarle contenidos al medio de comunicación/red social. Como si fuera poco, la red social toma la información de los seguidores de los diferentes medios y la usufructúa vendiéndola a terceros interesados en llegar a mercados específicos.

Ese mismo mes, pero unos días después, Facebook también decidió que mediante algoritmos y un equipo de censores, sumados a los usuarios, determinaría cuáles noticias son verdaderas y cuáles son engaños. Un anuncio en apariencia sano luego de los traspiés sufridos por esa red social durante las pasadas elecciones presidenciales de EEUU y que la pusieron en el ojo del huracán. ¿Pero cuáles son los criterios para decidir?, ¿tienen en cuenta las idiosincrasias locales o se guían por la moral calvinista o la musulmana?

En Colombia, la prensa independiente se enfrenta a grandes y poderosos enemigos que ya no disparan, pero asfixian de eficiente manera con el acoso judicial, las desorbitadas pretensiones económicas compensatorias o la simple muerte por inanición ante la falta de ingresos publicitarios.

Ahora, queda claro, tenemos otro enemigo que actúa a mansalva, sin dar la cara y sobre seguro. Una red que nació para unir a personas separadas por la geografía, pero que ahora se convierte en un opresor más de la prensa libre, dictador de un canon empresarial marcado por el moralismo que se alarma ante la piel desnuda, pero que no tiene escrúpulos para vender la presidencia de un país si eso le reporta algún mínimo beneficio. Así después todo un pueblo y un planeta sufran las consecuencias. “No es nada personal, son solo negocios”, decía Michael Corleone en El padrino.

Por último, la disyuntiva es seguir o no seguir como medio en esa red social. Una decisión endiablada que tiene todos los matices, pros y contras que cada quien desee aportar. Los leemos, amables lectores.