Que el poder busca el silencio de aquellos que lo señalan es algo bien sabido. Que el poder anhela el silencio disfrazado en el unanimismo y la genuflexión, tampoco tiene discusión. Esas gravitaciones entre poder e información, entre poder y crítica, han dado origen a los avances de la civilización actual, en el sentido de que se forma así un justo equilibrio en la ecuación poder/control. Pero no siempre lo ha sido.

La barbarie de la inquisición o la yihad son dos ejemplos del poder que no admite cuestionamiento, por no entrar a enumerar esa larga lista de dictadores de cualquier orilla que han convertido el ejercicio del poder en persecución inclemente contra quienes se atreven a levantar la voz de descontento, mucho más cuando lo hacen en el ejercicio del derecho a la libertad de expresión o información.

El ejercicio del poder político en los actuales contextos tiene cada día más claroscuros, no solo por la corrupción rampante que por desgracia lo permea desde no hace pocos decenios, también por dinámicas crecientes de alianzas entre el poder institucional –de origen legítimo por cuanto es avalado por la ciudadanía en las urnas– y esos otros oscuros poderes que surgen por la acción de grupos ilegales de todas las pelambres. Esas dinámicas –de corrupción y contubernio con lo ilegal– son las que de manera reiterada ha denunciado nuestro columnista Daniel Silva.

Su labor periodística se ha cimentado en su formación en Derecho y, sobre todo, en el accionar primario como veedor ciudadano, cumpliendo con lo dispuesto en la Constitución Nacional al respecto. Pero ambos ejercicios, el periodístico y el ciudadano, no son de buen recibo por estamentos que se sienten señalados por las efectivas denuncias del periodismo –en este caso del columnista–, mucho menos cuando diferentes estamentos de la justicia han avalado y empleado la información, dando así origen a sanciones de diferente tipo que incluyen la pérdida de investidura de quienes son indignos de llevarla.

La intimidación evidente es el primer paso hacia otras acciones más deplorables, por ello se hace necesaria la acción expedita de las autoridades encargadas para garantizar el derecho al control ciudadano y a la libertad de información. Tolerar estas situaciones es darle patente de corso a quienes convierten al periodista en el perfecto blanco inmóvil de sus oscuros procedimientos.

TRAS LA COLA DE LA RATA reafirma su independencia, no signada por vínculo partidista, económico o de alguna otra índole. Nuestra apuesta es el interés ciudadano, sin distingo alguno. Por eso mismo, rechazamos las persecuciones denunciada por nuestro columnista y se suma a las voces que claman por la posibilidad de un ejercicio contundente de control ciudadano. Ser guardián de la democracia, señalar fallas, incluso dentro de su propio ejercicio, son las labores esenciales de cualquier periodismo. Lo demás es actuar como relacionista público, digna profesión, pero muy distinta del periodismo.

El periodismo se debe armar de valor o si no solo es un tímido remedo de lo que en realidad debe ser. Entender el periodismo como la caja de resonancia de los distintos poderes es reducirlo a la tarea instrumental que jamás le fue asignada, pero que en la actualidad parece dominar muchos ámbitos, sea ya por simple instinto de sobrevivencia ante mercados publicitarios cada día más restringidos o, peor aún, con la idea perversa de convertir el ejercicio periodístico en labor mercenaria para venderse al mejor postor. El verdadero periodismo señala, muerde e incomoda, esas son sus finalidades. Y eso lo ha hecho, con valentía y rigor, Daniel Silva.