Las ciudades colombianas han tenido un desarrollo urbanístico irregular. Una suerte de caos premeditado ha regido el crecimiento de la mayoría de ellas, por no decir todas. Ese desorden en su organicidad primaria se traduce en otras dinámicas iguales de anárquicas en otras esferas del crecimiento como cuerpo social.

De este modo, la vida económica, social y cultural pareciera obedecer a patrones de una sofisticada improvisación, que por no ser tan trágica y con secuelas tan dañinas, casi que llamaría a risa.

En lo atinente a las dinámicas de crecimiento en el espíritu de nuestras ciudades, los poblados andan a la zaga de América Latina debido a razones históricas de profundo arraigo y complejas de explicar en detalle en este breve espacio. Quizá el aislamiento que Colombia ha tenido por siglos, con bajísimas tasas históricas de inmigración en el pasado, pueda servir como una de las tantas explicaciones.

Pero hay otra tragedia que ha signado a nuestras ciudades. Ella se refiere a la férrea centralización, algo que adquirió matices de absoluto desprecio por la mayoría del país, debido a que la capital absorbió casi todos los recursos y miradas al momento de inversiones o de realizaciones destacables. Tempranamente Medellín, Barranquilla, Cali y, durante un corto periodo, Manizales, se salieron de esta impronta y pudieron sembrar un mojón en la concreción de acciones destacadas.

Las otras ciudades de la llamada provincia –camuflada ahora con la bonita etiqueta capitalina de “territorios”– quedaron a la deriva, ancladas en el siglo 19 y raras veces conociendo las luces del siglo 20, cuando ya avanza la segunda década del siglo 21.

Por eso alegra y alivia que en ciudades como Pereira se gesten iniciativas en diferentes campos que ponen de realce a La Perla, con ferias, manifestaciones deportivas y eventos culturales que cada año crecen con mayor ímpetu organizativo y de aceptación entre el público.

Este año, en particular, la IV Feria del Libro, recién terminada ayer, dejó un dulce sabor entre los miles de asistentes –más de 18 mil, según los organizadores–, los empresarios que apostaron por estar presentes –que vendieron casi 18.000 ejemplares– y los gestores de la misma –Cámara de Comercio de Pereira y, en particular, Giovanny Gómez, coordinador de la Feria–.

Las actividades académicas de alta calidad atrajeron a miles de visitantes que abarrotaron las diferentes salas, hasta dejar a muchos por fuera por falta de cupo. Apenas es la cuarta edición de este encuentro y desde ya se prefigura como una de las grandes ferias de este tipo en el país y con el merecido nuevo carácter de internacional. Por ello, hay un sabor de triunfo que contagia a todos aquellos que supimos disfrutar de estos seis días maravillosos que marcan una nueva forma de vivir la ciudad, de construir ciudadanía alrededor de su majestad el libro.