El 7 de enero de 1999, el entonces Presidente de la República Andrés Pastrana Arango se sentaba junto a una silla vacía en la plaza de San Vicente del Caguán -aquel pueblito tan lejos entre la selva- mientras Joaquín Gómez, vocero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, leía un discurso que firmaba su máximo comandante “Tirofijo”, Manuel Marulanda Vélez, durante la inauguración de unos fracasados diálogos con la guerrilla. Entre los reclamos de los insurgentes figuraban unas mulas, caballos de silla, las doscientas gallinas y los cuarenta cerdos que el Ejército había robado en su ataque a Casa Verde. “De la misma manera procedieron en 1965”, dijo refiriéndose a los combates de Marquetalia, El Pato y Riochiquito, “acabando con pastos, sementeras y aves de corral” contra 48 campesinos que solo pedían “vías de penetración y unas escuelas para educar a sus hijos”.

Con un malentendido: así empezaron los diálogos del Caguán. Cualquiera sabe cómo acabaron, y lo que vino después, esa barbarie que ya estaba llegando: matanzas como la de Bojayá, las “pescas milagrosas”, el horror de los bombazos y los atentados, aquella arremetida paramilitar con su estela de pavor, los “falsos positivos”, esos millones de desplazados y su tierra despojada. Es fácil empezar una guerra y siempre habrá a quién le sobren razones para perpetuarla.

Hoy se cerraron unos nuevos diálogos entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc. Muchos lo soñaban aunque pocos lo creyeron posible: ya hay un acuerdo, definitivo e inmodificable, de 200 páginas, que se dará a conocer para que la ciudadanía vote en un plebiscito convocado para el 2 de octubre, Día de la No Violencia. Las alternativas son sí y no, refiriéndose a la aprobación del contenido del acuerdo. No hay más opciones.

Nunca antes este país se había enfrentado a unas elecciones más cruciales, que pondrán al país al filo de la navaja, y de cuyos resultados dependerá en gran medida el tipo de sociedad que seremos, no solo en el corto plazo, pues el futuro mismo de muchas generaciones está en juego.

Este acuerdo, cuyos detalles completos se desconocen al momento de escribir este editorial, con toda probabilidad tiene puntos controversiales y otros imposibles de digerir, pero también contiene las claves que apuntarán a un cambio de pensamiento proponiendo un país más inclusivo, respetuoso de la diferencia y con la iniciativa de abrir espacios para todos. Incluso para nuestros antiguos verdugos.

Aunque es un acuerdo con uno de los grupos armados ilegales más representativos, la paz no está a la vuelta de la esquina y es claro que tampoco terminará la violencia. Pero con este documento se abre la posibilidad de iniciar un dramático proceso de transformación de la sociedad colombiana. Ese es, quizá, el gran logro: los enemigos de siempre se miraron a los ojos durante varios años, se enrostraron mutuos rencores y al final concluyeron que todo era inútil, que toda bala es perdida, que necesitamos reconciliarnos, perdonar y ser perdonados.

Es un choque profundo a las estructuras que siempre nos han amparado como nación. La venganza, la intolerancia y la negación del otro distinto han sido los paradigmas fundadores de la que podría llamarse colombianidad –si es que eso existe–. 52 años de conflicto con las Farc, con crímenes terribles por parte de todos los bandos, nos enseñaron que la guerra es la oportunidad perdida para cualquier ser humano, el último paso para la desaparición de esa misma humanidad. Nos enseñaron, además, que no hay vencedores ni vencidos. Solo una faz verde de derrotados.

Este 2 de octubre nos la jugamos toda por intentar ser diferentes o por seguir siendo el país de siempre. En manos de cada uno está la apuesta que puede trazar la gran diferencia entre quedarnos en la penumbra del pasado o explorar otra manera de construir un futuro donde nadie tenga que ir a la guerra por cuarenta cerdos, un pedazo de tierra y unas gallinas robadas.