Educación y convivencia

La famosa cartilla parece enfocarse con mayor inclinación a lo que llama << identidad de género hegemónica>>; planteando de entrada un falso problema, olvidando el resto. Además de que casi en su totalidad se basa en referencias muy cuestionables y poco confiables…

DIEGO NOREÑA1Por: Diego Noreña
¿De qué nos sorprendemos? Toda educación es, en el fondo, una imposición. No existe aún, en ninguna parte del mundo y dudo que llegue a existir una educación que nos enseñe a pensar. Así nuestro sistema educativo esté diseñado para desarrollar <<competencias>> en lugar de <<contenidos>> no hay profesor que en la práctica no imponga su concepción del mundo. Cada opinión impuesta a un niño, decía Neil, quizá el único pedagogo realmente valioso, es un pecado en contra de él.

Si pudiéramos ver todo solo en términos de estructura estaríamos salvados; pero nos resulta imposible dada la naturaleza pasional que nos vincula al discurso. No podemos dejar, simplemente, nuestro complejo mesiánico a un lado: todos creemos tener la razón acerca de lo que deben aprender los niños, y es sobre esta línea delgada y frágil que se fundamenta todo el aparato educativo desde La República de Platón hasta el Estado social de derecho. Y asimismo, tal y como lo hizo la iglesia en su momento, lo mal llamado políticamente correcto se quiere imponer en las escuelas. Se deja de lado el espíritu crítico, la formación racional y el método científico para dar lugar, de nuevo, al solapado proselitismo y a la creencia ciega e irracional.

Surge entonces la pregunta: ¿por qué en lugar de emplear tantos esfuerzos en cartillas y manuales de dudosa finalidad no nos enfocamos mejor en el problema acerca de la formación de la capacidad crítica y argumentativa? La respuesta puede ser bastante desalentadora, pues a unos y otros, tanto a los fanáticos religiosos como a los que se creen paladines de la diversidad y la tolerancia, no les conviene que sus cortos y pobres argumentos sean cuestionados, presumiendo un fin noble detrás de sus pretensiones. A los profesores y a los padres de familia les importa más el resultado que el proceso, y es debido a esto que caemos en el engaño de creer que pensar bien es pensar de tal manera.
De ahí que nuestra sociedad se halle repleta de imperativos vacíos como: hay que leer, hay que estudiar, hay que respetar, etc… pero que se asimilan sin ningún tipo de análisis, sin comprender realmente su significado, llegando a impedir la posibilidad de que tales
imperativos puedan ser puestos en discusión. En ese sentido, decisiones como la de la Corte constitucional, en la que se obliga al ministerio de Educación a una revisión extensiva e integral de todos los manuales de convivencia del país con el fin de determinar que sean respetuosos con la orientación sexual e identidad de género…, si bien pueden obedecer a un fin noble, eso no quiere decir que no sean ambiguas y confusas, pues esta en particular puede llevar al menos a dos problemas relacionados entre sí: la odiosa intromisión de las instituciones estatales sobre el derecho que tienen los individuos de agruparse y tomar decisiones concertadas sobre lo que consideran mejor para sí; y la posibilidad de vetar ciertos temas que puedan resultar ofensivos para algunos.

Si la finalidad del fallo es promover la convivencia, puede ser que el ministerio de Educación esté enfocando de forma errónea su acatamiento: algo que debe ser discutido racionalmente y no, como ya es tradición en nuestro país, enarbolando víscera y bilis a diestra y siniestra. ¿Qué se debe discutir entonces? Ni la Corte ni el ministerio parecen precisar cuáles son los límites a determinar según los cuales un manual de convivencia no es respetuoso con la identidad de género ni hasta dónde pueden llegar el ministerio y las autoridades sin que ello implique una violación a la libertad de cátedra y a la autonomía que tienen las instituciones educativas; en parte, eso explica el revés que hizo el gobierno.

La famosa cartilla parece enfocarse con mayor inclinación a lo que llama << identidad de género hegemónica>>; planteando de entrada un falso problema, olvidando el resto. Además de que casi en su totalidad se basa en referencias muy cuestionables y poco confiables, no presenta ninguna evidencia en sus afirmaciones, ni siquiera un solo estudio serio y parte en su mayoría de postulados de psicología social que parecen más una fábula que una directriz para la convivencia. De modo que no podemos seguir basando la educación y la convivencia escolar en principios que se pretenden simplemente imponer.

La convivencia se funda en reglas, en  normas, por supuesto, pero, y aún con mayor razón en el ámbito escolar, estas reglas deben ser concertadas racionalmente, tal y como lo estipula la Constitución, de acuerdo con el derecho que tienen los ciudadanos de participar en las decisiones políticas de su país. Por lo que las autoridades deben ser ejecutivas y no decisorias. La convivencia dependerá, pues, de nuestra disposición para argumentar y de reconocer y aceptar cuando no tenemos razón, y eso implica aceptar, a su vez, las normas que de ello se deriven. Si un comportamiento, sea obsceno o desaforado, como ir vestido de forma inapropiada o realizar actividades que no son propias de la actividad principal escolar que es la formación, y esto impide además la convivencia en el plantel educativo, debe ser sancionado y restringido, y no por ello el manual de convivencia es irrespetuoso o vulnera las libertades de los individuos.