En una acepción un poco romántica, educamos y nos educamos para la vida, pero en un sentido pleno de la vitalidad como lo propone Arendt en los diferentes eslabones de la condición humana. Educamos para la supervivencia y para la coexistencia.

 

Por Jefferson Martínez Santa

En la actual coyuntura, en la que tanto estudiantes como docentes han sumado sus fuerzas en defensa por la educación superior pública como un derecho fundamental y de calidad, se hace necesario pensar sobre cuál es el papel de la universidad en un Estado neoliberal.

Vale la pena que reivindiquemos nuestras universidades como escenarios inminentemente políticos, donde los saberes juegan un papel preponderante en la formación de la fuerza social.

Nos enfrentamos en la actualidad a un modelo de universidad que se ha reducido a instituciones que forman para el trabajo –entiéndase aquí formación como instrucción–.

De allí que una de las grandes preocupaciones, que se traduce en una responsabilidad forzada, es entregar al sector productivo egresados altamente competentes en las labores a desempeñar, lo cual ha llevado a un segundo plano la concepción de que en la universidad se forma el ciudadano más que el trabajador.

Hannah Arendt, una de las grandes teóricas políticas del siglo XX, enmarca su concepción de la política pensando la vida misma, a través de tres actividades –labor, trabajo y acción– que garantizan la existencia y coexistencia humana.

Tenemos existencia biológica porque la condición humana de la labor es el metabolismo y el mecanismo, existimos por la vitalidad de nuestros cuerpos que llevan a cabo funciones como la respiración, la circulación, la reproducción, etc.

Sobrevivimos a través del trabajo cuya condición humana es la mundanidad: todo aquello que trasciende el ciclo natural de la vida de la especie; es a través del dominio de la técnica que logramos satisfacer aquellas necesidades como el arte, el transporte, la indumentaria, la vivienda, etc. Es en el trabajo donde la vida humana trasciende del hábitat natural al mundo.

Coexistimos en la acción que nos permite encontrarnos en y a través de los otros. La condición humana de la acción es la pluralidad y es esta a la que Arendt denomina como tal la condición humana, sin eludir que sin labor y trabajo no hay acción.

Esta última actividad es frágil en tanto persiste en la esfera pública y esta se traduce siempre en discurso y hechos.

En una acepción un poco romántica, educamos y nos educamos para la vida, pero en un sentido pleno de la vitalidad como lo propone Arendt en los diferentes eslabones de la condición humana. Educamos para la supervivencia y para la coexistencia.

Y este principio de vitalidad en la educación es algo que debemos exigir en la universidad actual, donde el saber se reduce a indicadores que miden la productividad académica, es decir, que miden la utilidad de nuestras instituciones; donde la participación política de los estudiantes y los docentes se reprime y califica de subversiva sin causa.

No podemos negar que la universidad sí tiene una responsabilidad en la formación para el trabajo, pero esta tiene que ir más allá de una visión instrumentalista.

Acá el trabajador tiene que formarse en su rol político de la ciudadanía, en una concepción del trabajo que no esté desligada de la historia, del derecho y de la filosofía.

Acá el profesional debe construirse con una visión crítica de su subjetividad que permita la emergencia de acciones que lo lleven a exigir el cumplimiento del derecho al trabajo como lo plantea la Constitución Política de 1991:

Artículo 25. El trabajo es un derecho y una obligación social y goza, en todas sus modalidades, de la especial protección del Estado. Toda persona tiene derecho a un trabajo en condiciones dignas y justas.

Esto pensando siempre las condiciones del trabajo en sus principios de la dignidad humana y la justicia social, reclamando su rol como sujeto y no como objeto en la realización de sus labores.

No es posible concluir sin mencionar que el derecho al trabajo también exige de políticas públicas que piensen el ocio, que cuestionen la flexibilidad de los contratos laborales que generan inequidad.