EL ARTE CONTEMPORÁNEO ES NUESTRO

Muchas piezas artísticas de la escena contemporánea nos generan repulsión, otras ansiedad, otras depresión, otras solo un triste vacío. Pero todas estas reacciones no son solo por el arte, sino que a la vez que se siente eso en una exposición, se está sintiendo lo mismo por la sociedad en su conjunto.

 

Por / Camilo Andrés Delgado Gómez

El arte es siempre una expresión social. Es, aun cuando peca por cifrado, el producto de un pensar y un sentir colectivo propio de una determinada época. Esta es la razón de lo interesante que puede llegar a ser el arte de otros momentos históricos y de lo inquietante que para muchos es el arte contemporáneo.

Por ejemplo, hacia los años 20 del siglo pasado, durante la época de más opulencia que ha vivido los Estados Unidos, los denominados “locos años 20s”, el Art Déco surgió como medio para plasmar dicha abundancia. Este exaltaba la exquisitez artística, la elegancia, lo estilizado, lo exótico, lo hedonista y, claro, los lujos que el capitalismo decía proporcionar.

Lo que el Art Déco representó no fue otra cosa que el retrato de una sociedad norteamericana que en términos generales estaba cansada de la escasez de la Primera Guerra Mundial y abrazaba el capitalismo como el mejor medio para dejarse llevar por los placeres más mundanos.

Además, fue mediante este arte que se hizo popular el pensamiento de una élite. Pensamiento que tenía sus bases en el gasto desmedido y de objetos extravagantes y exclusivos. Fue el primer arte que se convirtió en consumo de masas, y el primero que se puede considerar como propio de la industria cultural.

Todo eso se aprecia aún hoy en la estatuilla de los Oscar. Y si al lector no le ha quedado claro de qué arte me refiero, basta que vea la adaptación cinematográfica de El gran Gatsby, y entenderá la opulencia y extravagancia de la época.

Otro ejemplo del arte como generador de pensamiento, más canónico, pero igualmente significativo, son los bellísimas dibujos anatómicos que el gran Leonardo Da Vinci hacía con base en cadáveres. En ellos se puede ver y leer descripciones supremamente detalladas de enfermedades como la cirrosis de un viejo centenario, el embarazo de una mujer y la estructura de algunos nervios, del cerebro e incluso del miocardio.

Claro que él, como subjetividad, tenía curiosidad por el cuerpo humano. Pero dicha subjetividad es producto de su época, el Renacimiento, cuando el antropocentrismo designó al ser humano como el único conocedor del mundo. Así, el arte buscaba retratar ese mundo exterior, y al humano mismo, de la manera más transparente posible.

Del arte como propio de una época hay muchos otros ejemplos. El expresionismo que demostraba lo nihilista de la sociedad europea a final del siglo XIX y comienzos del XX; y el ultraísmo argentino que, a inicios del siglo pasado, y con un Borges joven a la cabeza, exponía el mismo sentimiento de angustia y soledad en poemas breves.

También es el caso de las vanguardias rusas que enaltecían la técnica y el trabajo colaborativo, tal y como la revolución rusa que los promocionó. O, en Colombia, los numerosos colectivos que siempre propusieron explicaciones a los problemas de nuestra sociedad y lucharon contra las injusticias, como es el caso de Grupo Taller 4 Rojo.

Sin embargo, en la actualidad nos hemos sorprendido por el sin sentido que puede llegar a ser el arte contemporáneo. Ya este no pretende, como antaño, entender el mundo que nos rodea, ni dar soluciones a los problemas que nos aquejan, ni siquiera promover el sano esparcimiento. Para muchos, incluyéndome, ha sido el refugio de timadores y embusteros.

Pero no me malinterpreten, no estoy juzgando eso como malo; o tal vez sí. El hecho es que, como en otras épocas, el arte contemporáneo –para muchos pseudointelectual– es, indiscutiblemente, al igual que otros, el producto de su momento sociohistórico.

En otras palabras, no podemos decir que una banana pegada en una pared con cinta adhesiva que se vende a 120.000 dólares es arte, pero tampoco se puede esperar algo mejor de una sociedad como la nuestra, que padece una hiperindividualización, carece de sentido, de dirección, y le pone precio hasta al más mínimo objeto.

¿Esto implica una decadencia de la sociedad, o se puede interpretarse como una exaltación de lo cotidiano, de eso que es tan común que no vemos que es maravillo? Ninguna. El arte contemporáneo nos invita a no entender, a sentir más que a razonar, a saberse vacío, pero lleno, a ser consciente de estas contradicciones, pero sin entenderlas. Tal vez, para muchos –y otra vez me incluyo–, es desagradable, pero no por eso pierde el objetivo del arte: generar sentimientos y emociones.

Muchas piezas artísticas de la escena contemporánea nos generan repulsión, otras ansiedad, otras depresión, otras solo un triste vacío. Pero todas estas reacciones no son solo por el arte, sino que a la vez que se siente eso en una exposición, se está sintiendo lo mismo por la sociedad en su conjunto.

Adenda. Aunque el presidente haya anunciado la apertura de los museos, aún falta mucho para disfrutarlos como debe ser. Por tal razón recomiendo agendarse a algunos de los recorridos virtuales que hacen distintos museos alrededor del mundo. Acá y acá pueden encontrar dos listas de museos que tienen este interesante servicio.