MARGARITA CALLE-1Al parecer se ha vuelto costumbre que en el país los herederos del legado de los artistas, de un día para otro, resulten expertos, no en comunicar el sentido del arte que se esforzaron por crear sus antecesores, sino en calcular y ponderar el valor de lo que quedó en sus talleres.

Por: Margarita Calle

Mucho se ha dicho sobre los 50 años del Bolívar desnudo de la Plaza de Bolívar de Pereira, de su restauración y de los peligros que acechan a este monumento. Cifras elevadas del costo del mantenimiento y la restauración, pasan de boca de los herederos del patrimonio del maestro Rodrigo Arenas, a las autoridades municipales, quienes las reciben como actos de fe, sin escandalizarse, ni discrepar. Ni siquiera se atinan a buscar otro equipo de expertos que puedan opinar también sobre el diagnóstico del moribundo, para hacer el balance.

Al parecer se ha vuelto costumbre que en el país los herederos del legado de los artistas, de un día para otro, resulten expertos, no en comunicar el sentido del arte que se esforzaron por crear sus antecesores, sino en calcular y ponderar el valor de lo que quedó en sus talleres. Todos se arman de fundaciones que aspiran a recibir grandes sumas de dinero por la producción heredada, incluidas las piezas sin concluir, los bocetos desechados, las pruebas, los moldes y hasta los apuntes personales. Adicionalmente, se autoproclaman con derecho a continuar incidiendo en el destino de las piezas que éstos en su momento vendieron o donaron como patrimonio público.

Es cierto que el Bolívar desnudo de Rodrigo Arenas Betancourt, así como los demás monumentos públicos que tiene la ciudad, fueron instalados y abandonadas a su suerte. Pero también es cierto que la mayoría de estas obras carecen de la calidad plástica y estética que se espera del arte público o del arte dispuesto en escenarios públicos. Abultar la obra del Maestro Arenas Betancur con valores que no posee, le hace mucho daño a una ciudad que debe aprovechar este momento de su historia para abrirse al reconocimiento de unas identidades, menos mimetizados en el heroísmo mítico, y más cercanas a la realidad contextual de sus habitantes.

Como bien lo señala el profesor Jaime Xibillé, de la Universidad Nacional de Colombia, con sus monumentos Arenas Betancourt se dio a la tarea de reproducir un universo de símbolos y mitos en el que imaginaba un pasado heroico, habitado por dioses tutelares, cuya tarea pedagógica era recordar al pueblo cierta noción de identidad. Sin embargo, esta imaginería de la raza, la identidad y la patria, que se desparrama en la mayoría de plazas de Colombia, es hija de esa falsa retórica que encuentra en las representaciones estereotipadas y en las transposiciones históricas, el leit motiv para producir algunos “efectos” deseados en los públicos: memoria folclorizada en el arte monumental e identidad de ocasión, alimentada por el bombo mutuo y la ingenuidad provinciana.

En algún medio local se lamentaron de lo descolorido que había estado el homenaje de los 50 años del monumento, de los lacónicos discursos, del poco público asistente. Pero, ¿por qué hacerle un homenaje a un monumento cuya naturaleza es fundamentalmente conmemorativa? ¿A qué obedece el afán por seguir abultando este tipo de creaciones?

A diferencia de aquellos que consideran que la ciudad quedó mal por no haber llenado la Plaza para el inusual homenaje, creo que esta vez fue un acierto de los pereiranos dejar el monumento solo, en compañía de los oficiantes que creen en la falacia de la memoria y identidad que éste representa. Celebro también que los estudiantes de los colegios públicos y las bandas marciales, que siempre se usan como comodines para este tipo de actos públicos, no hayan tenido que estar allí haciendo bulto para la foto social.
* Directora Maestría en Estética y Creación, Universidad Tecnológica de Pereira