El cine es mejor que la vida

SIMON BLAIRY el tiempo traicionero los redujo, los dejó caer, los hizo polvo. Hoy son lo que el azar del tiempo le hubiera dado la gana de crear, transformándolos completamente, demoliendo su existencia.

Por: Simón Blair

Recuerdo aquellas mañanas magníficas en que mi papá me sacaba del calor de una cama, apresurado como siempre él ha sido, para cobijarme bajo el gran calor de una pantalla gigante en la que encontraba seres buenos, despóticos, imaginarios, bondadosos y en la que todos los tintes de la raza humana se conjugaban. Recuerdo cuando mi padre, en aquellos días que eran domingos y no trabajaba, me llevaba al cine.  Cada domingo, y hasta dónde puedo recordar, sin excepción.

Recuerdo también la feria, la feria que se formaba afuera del cine, vendedores ambulantes que ofrecían sus productos coloridos y fascinantes; imperdibles para un niño de apenas seis o siete años. Volaban, de aquí para allá, globos, dulces, crispetas (siempre saladas, las azucaradas son asquerosas). Y a casa el niño no podía llegar sin un globo. El niño no llegaba a casa con las manos vacías, porque al padre se le partía el alma.

Creo que el cine fue uno de mis pasatiempos favoritos: vi todo lo que un niño podía ver, vi más de lo permitido y creo que fui feliz. El cine estaba por encima de una pelota de fútbol, de amigos hijos de vecinas, de un televisor…

Pero todo dio un cambio, como ha de ser por el alboroto de los días y los años. El cine de mi infancia ha quedado en el pasado y ahora la conformidad tiene que ser irreprochable para no desfallecer en el intento. Hablando con mi padre, me contaba –no sé si habrá acertado en todo– que nunca me acompañaba al mismo cine, sino que cada fin de semana nos  turnábamos las salas de cine del Centro de la ciudad. Contamos cinco en total y de ellas no queda nada: Teatro Consota, Caldas, Capri, Nápoles y Cinema (excluimos de esta lista el Teatro Pereira, los buenos conocedores del mundo sabrán por qué).

Teatros enormes, o bueno, teatros que no compartían espacio con otros centros de comercio, teatros que simplemente existían para el cine, no para la propaganda ni el consumo excesivo.  Teatros que en sus paredes sólo anunciaban la llegada de la próxima película, no la llegada de una marca de zapatos, de un producto cualquiera o un nuevo centro comercial. Existían, allí, sólo para el cine, para esos estaban hechos… El alma de su cuerpo de butacas se colmaba por completo: el accionar de los sueños más dispares, de las personas más ataviadas de la vida cotidiana que buscaban en dos horas otras vidas, la ciencia ficción por excelencia al alcance de la mano. El alma no vivía más que por el cine, no necesitaba existir para alimentar otros intereses; satisfacer y educar era sólo lo que necesitaba.

Y el tiempo traicionero los redujo, los dejó caer, los hizo polvo. Hoy son lo que el azar del tiempo le hubiera dado la gana de crear, transformándolos completamente, demoliendo su existencia.

Hoy, el cine está refugiado en Centros Comerciales para no desfallecer por completo, está de alguna forma protegido por ellos. O dígame usted, ¿conoce todavía, en esta ciudad, algún cine que sólo funcione para el cine? Es por eso que el cine se convirtió más en un lucro que en una forma de hacer más feliz a la gente. No importa si lo que está en cartelera sea una tontería al fin y al cabo a la gente le gusta…

Para no andar con malentendidos, me gustaría aclarar que no todo lo que presentan en estos cines no vale la pena. Al contrario, pienso que de igual manera, muchas buenas películas son presentadas y hacen que valga la pena seguir viendo cine, disfrutando y aprendiendo de él. Pero, no nos digamos mentiras, los invito a hacer una balanza entre buenas y malas películas y el resultado es alarmante.

¡Qué habrían pensado Ilustres Caballeros, cortesanos del séptimo arte de esta ciudad que está próxima a los 150 años! ¡Qué va! ¡Cuáles “Ilustres Caballeros”! ¡Ustedes no eran más que simples ciudadanos, como usted, como yo! La primera película que se proyectó en Pereira -según fuentes-, fue Perros contrabandistas, en la octava con calle dieciocho, en un segundo piso.  ¿Y quién dijo que eran unos caballeros los que estuvieron al frente de tan Gran Travesía? Pero esto ya es parte de la historia, y la historia como sabemos, se borra para siempre de los recuerdos del pueblo querido (este asunto será retomado en otra columna). Perros contrabandistas se esfumó, como se reventaron los globos que me compraba mi papá, como demolieron el Teatro Nápoles y Cinema…

Hoy no son para mí más que bellos recuerdos: veo a un niño de la mano de su padre caminando por el Centro, respirando el aire matinal y cruzando una enorme puerta para comprar boletos. A pesar de todo el cine es maravilloso y parte del amor que le tengo se lo debo a mi papá.  Ay, Juan Diego Mejía, creo que te equivocaste al afirmar que el Cine era mejor que la vida. No, el cine, a pesar de los duros golpes que ha sufrido, es mejor que la vida.