Sonaron buques agitando el mar, estremeciendo las profundidades. Grandes redes cortaban el agua dejando ver todo aquello que quedaba en los tejidos de las tramoyas. Peces de múltiples colores, pulpos, atunes, algas, y un semejante tiburón que fui yo.
Por: Alexander Noreña
Sobre la noche, imaginé una lluvia tempestuosa, arrogante, rompiendo el mar. Reflexioné estérilmente recorriendo las playas; pensé en las tardes eternas, la brisa deteniendo el tiempo, las olas trayendo las mismas aguas caprichosas. Mis pies se hundieron en la arena, y el cuerpo sobrecogido buscó el agua.
En lo profundo, mis manos describieron la eternidad; mis pies rasgaron la superficie; atrapé el aire enrarecido en mi boca y sumergido, vi corales, algas, peces de múltiples colores, pulpos; vi la danza melancólica de las rayas. Mis ojos, se detuvieron sobre la imponente aleta dorsal de un tiburón; sus fauces se abrieron midiendo el mundo, tronaron mis huesos, y la sangre fue el horror, oí mis propios gritos ahogándose.
Claro el crimen, fui asunción de la carne a la carne.
Sonaron buques agitando el mar, estremeciendo las profundidades. Grandes redes cortaban el agua dejando ver todo aquello que quedaba en los tejidos de las tramoyas. Peces de múltiples colores, pulpos, atunes, algas, y un semejante tiburón que fui yo.
Ensortijada y convulsa mi carne, azaré la intención de los hombres en proa; descendí lentamente hasta tocar el ropaje del buque. Frente a mis ojos escurrió la sangre y la desidia.
Entreveradas las entrañas de todas las especies en una espesa coladura, fui mutilado. El corte aceroso rasgó las ligaduras cartilaginosas, mi cuerpo fue arrojado por la borda. Me hundí sin abrazar mi propio cuerpo. Fui aleta de tiburón… Fui pedazo de esa especie que depreda los sueños.
Me fijaron precio, especificando mis alcances nutritivos, congelaron todas mis propiedades. El frío sustituyó la esperanza… sentí: el tiempo son los ojos que miden lo perdido y los míos lo midieron.
Traslució una luz mortecina, una sombría estela que arrastró la canasta donde estaba contenido. Exhibido, quedé a disposición de quien pueda pagar mi precio. ¡Espere!, sé que no estoy puesto para saciar el hambre de los hambrientos, soy silencio, vicio exótico de sibaritas.
Unas manos que vacilan entre cangrejos y pulpines, cálidas, palpitantes, pulsan su cercanía, me suben, me examinan, me seducen con el tacto, me llevan.
Ellas pronuncian a la soledad su soledad, yo escucho rugir el silencio. Toman lo mejor de sus ollas, abren el paso del agua, dos o tres setas chinas, un filete de pechuga de pollo, sal, pimienta, jengibre, salsa negra. Siento el decoro de todas las especias en mi superficie, me llevan con suavidad hasta el hervor, descansa mi sobriedad.
En el comedor, hay un solo plato, ella escurre sus lágrimas sobre mí. El tenedor se desliza hamacándome, su boca se despliega, toco su lengua que extrae mis jugos, siento la presión de sus dientes, me engulle; soy ellas, soy todo su dolor, todo su vientre.
Alguien llama a la puerta. Él, está ahí, detenido, furioso, con las manos empuñadas, deseando golpear y, golpea, golpea mi vientre, mi cara, me arroja contra el piso, hace de mí su deseo; sangro, sangro, sangro con la sangre íntima del mundo que brota de todas las entrañas…
Vuelvo a la playa, deseosa de ver la noche imaginada, ver el infinito mar, donde rompen las olas.




