El cine y nuestro cine

SIMON BLAIRNo es porque nada de lo que pasa sea comprensible, sino que este cine se convierte en una parodia de juegos y símbolos que sólo conocen -o ignoran- el director y su guionista y nosotros, como ante una novela dadaísta, pensamos de ella lo que queramos.

Por: Simón Blair

Siempre que alguien habla de cine francés o empieza por señalar el tema, lo prescribe en su arrogancia intelectual de “demasiado cultural” o “no apto para un país que no sabe apreciar los símbolos del lenguaje”  o sencillamente, con lo que queda escuetamente definido, de existencialista.  Esta última definición -no se asuste, por favor- la escuché en la clase de francés.

Sin embargo, no creo que sea así; incluso si tomamos el término existencialista fuera de toda esfera filosófica, lo definiría, con la sencillez que me place y a consideración de mi idea, como  todo aquello que puede suceder en nuestra vida: malo, feo, bonito, apagado o incluso una parranda con vallenato asqueroso. Así, pues, casi que nuestros sueños se convierten en ideales existencialistas, tanto o más como la cruda realidad.

Nadie duda de que las películas francesas son una cosa extrañísima o, mejor, no son un Indiana Jones o un Mr. Bean o una Rosario Tijeras. El ejemplo claro de estas películas es Adieu Gary… Pero mentiras, me estoy arrepintiendo de lo que estoy diciendo: tal vez no es solo el cine francés, sino casi que todo el cine europeo; especialmente italiano y sueco. No es porque nada de lo que pasa sea comprensible, sino que este cine se convierte en una parodia de juegos y símbolos que sólo conocen -o ignoran- el director y su guionista y nosotros, como ante una novela dadaísta, pensamos de ella lo que queramos.

Hay amor, hay sexo, hay amistad, hay balas cruzadas, cae nieve o arde el asfalto por el sol; todo tan cotidiano y simple, pero de pronto hay amor, pasa un pájaro y el amante se posa en una ventana a ver la nieve caer, se devuelve, busca algo en un cajón que no resulta ser más que un arma de fuego y apunta entreabriendo los vidrios de la ventana y tan, tan, tan: balas cruzadas. Como si nada hubiera pasado se devuelve y sigue fornicando con su amante. Esto no es ninguna película que se recuerde, sino que así más o menos, y descartando mis dotes de guionista, vive este cine.

A mí me resulta terriblemente divertido y me gusta pasarme el tiempo pensando lo que yo quiera pensar, por ejemplo, imaginando a quién o a qué le disparó este extraño hombre  -¿hombre?- Pero si dije un amante, además la sombra que proyectaba la escena no dejaba distinciones de ninguna clase- o que era sólo una excusa para desembarazarse de un terrible ataque de impotencia sexual… a pesar de la mente retorcida que acompaña al arte abstracto o caprichoso de la exposición visual de acontecimiento, creo que esto es la gran cosa que logra el cine francés, escocés, español o italiano, etc, etc. Como en literatura, concretamente en poesía, donde cada uno hace el poema.

Entremos a nuestro país: Colombia. Rosario Tijeras, ya que lo elegí como ejemplo de nuestro cine, no muestra esto. Es, sin duda, un cine sin menos pretensión: cualidad- o defecto- que lo hace más directo. Si la alborotada Rosario Tijeras le da por levantarse de su cama donde se hallaba segundos antes en la comodidad de su amante, y abre un cajón y sale a disparar sin ton ni son contra algo afuera y con un calor de mediodía horroroso (no con nieve, porque es imposible en Colombia), de pronto sabemos qué sucedió a pesar de que la cámara no nos mostrara el desafortunado ser de afuera: escuchamos un Ahhhhhgg de dolor o Rosario puede decir: Maté a ese hijueputa. Así de simple.

¿Gustos o costumbres? He ahí la cuestión. Yo sólo veo el problema en razones históricas o legados ilustrados y culturales que en el país no tenemos. En Europa un grupo artístico nace y florece en todas las ramas: cine, literatura, pintura, arquitectura, filosofía, historia…etc. André Bretón crea el surrealismo y de inmediato sale de su cauce literario y entra a formar parte del cine y las presentaciones teatrales más vehementes; a Dalí le da por pintar unos elefantes con patas de garza e Ingmar Bergman nos parte el cerebro con la trama de Persona.

En Colombia, quizá el estilo literario (no artístico, en su sentido más extenso) ha sido el Nadaísmo. Pero, ¿y el cine? ¿Y qué pintor Nadaista? ¿Y eso qué es? Y murieron sus fundadores y el nadaísmo sanseacabó.

Después lo reprochan a uno porque sueña con un París o un pato berlinés o un laguito suizo.  Por cierto, este tema lo propondré en otro artículo.