Las profundidades donde habitan seres rotos como “El hombre más simpático del mundo”, un violador de niños que se hace tatuar en los hombros los nombres de sus víctimas: Boise, Lenny,  Matthew, Kevin, Roland y Adam, el hermano de Booker.

 

Por: Gustavo Colorado G.

Dos seres humanos deciden unir los fragmentos de sus destinos rotos y llaman a eso “Una vida en común”… Hasta que las grietas no tardan en  aparecer y el edificio entero se desploma dejando solo un montón de escombros a modo de testimonio.

La aventura humana está hecha de esos intentos bellos y patéticos de restablecer el equilibrio.

Y no es que  a las personas no las muevan buenas intenciones. Es solo que todos coleccionamos heridas en la infancia. Una vez hemos recorrido una buena parte del camino, caemos en la tentación de creer que las heridas han sanado.

Pero es solo una ilusión: a la menor fricción con el mundo las cicatrices ceden, dejando ver el oscuro abismo donde habitamos.

En ese instante nos abandonamos los unos a los otros.

Sobre esos abismos gravita la breve novela La noche de los niños, de la escritora norteamericana Toni Morrison.

Son menos de doscientas páginas en las que  Morrison despliega la aterradora belleza de lo humano a través de la historia de Bride, una belleza excepcional cuyo pecado consiste en haber nacido con un pigmento de piel más intenso de lo habitual. Un negro del color de la medianoche, según nos advierte la narradora.

La madre de Bride tiene un nombre que encierra en sí mismo una aguda dosis de ironía: Sweetness.

De entrada, en el primer párrafo de la novela, la mujer nos lanza una advertencia:

No es culpa mía. A mí no pueden acusarme. Yo no hice nada y no tengo idea de cómo pasó. Una hora después de que me la sacaran de entre las piernas ya me había dado cuenta de que había un problema. Un problema grave. Era tan negra que me asustó. Un negro medianoche, un negro sudanés. Yo soy de piel clara, con pelo del bueno, lo que se llama  “amarillo subido”, igual que el padre de Lula Ann.

El más fácil de los tópicos diría que estamos ante un vigoroso alegato antirracista, escrito por una de las más importantes voces de la narrativa norteamericana en los últimos cincuenta años.

Pero son apenas apariencias. Todos sabemos que, más allá del color de la piel, alienta esa suma de dichas y  desvelos, de grandezas y miserias que llamamos condición humana.

Y eso, en últimas, es lo que cuenta.

Desde muy temprano, Lula Ann, siente el mordisco del rechazo y sabe que tendrá que reinventarse de pies a cabeza si quiere sobrevivir  en un mundo donde la ternura es el eco de algo lejano, de cosas que solo suceden en la vida de los otros.

Por eso decide llamarse Bride. Con ese nombre a modo de coraza alcanza eso que todos buscamos desde el nacimiento hasta la muerte: reconocimiento, constancia de que alguna vez existimos.

En ese vagabundeo se encuentra con Booker, un trompetista  aficionado que carga sobre sus hombros con el fantasma de su hermano violado y asesinado en la infancia. Esa es su herida. Con ella se flagela a sí mismo y castiga al mundo.

Bride y Booker se enamoran y juntan sus pedazos rotos, hasta que un día su amante decide marcharse sin dar explicación alguna.

De ahí en adelante la mujer concentrará todas sus fuerzas en encontrar una respuesta a esa forma del despojo.

En esa búsqueda, la memoria de todos se despliega sobre sí misma, dejando ver un paisaje de violaciones, torturas y vejaciones que van tejiendo en silencio lo que llamamos una personalidad.

Pero La noche de los niños no es una novela de costumbres sobre la sordidez de los extramuros.

En realidad es un viaje a las profundidades abisales donde palpita la insondable materia de lo humano.

Las profundidades donde habitan seres rotos como “El hombre más simpático del mundo”, un violador de niños que se hace tatuar en los hombros los nombres de sus víctimas: Boise, Lenny,  Matthew, Kevin, Roland y Adam, el hermano de Booker.

Cuando detienen al violador, Booker desdeña las manifestaciones públicas de repudio.

Lo que él quería no era la muerte de aquél hombre sino su vida, y se dedicaba a imaginar situaciones que comportaban dolor y desesperación sin fin. ¿No había una tribu en África que ataba el cadáver a la espalda del asesino? Eso sí que sería justicia: arrastrar el cuerpo putrefacto como carga física, además de vergüenza pública.

Es ahí donde  reside el sentido último de esta  tierna y violenta parábola tejida por Toni Morrison: En el fondo, todos llevamos un cadáver a la espalda, empezando por el de las propias ilusiones hechas trizas.

Pero incluso en el infierno hay esperanzas. Por eso la novela termina con el anuncio de que Bride y Booker esperan un hijo.

Antes de bajar el telón se escucha otra vez la voz de Sweetness, ya no admonitoria  sino conciliadora:

Escúchame bien. Estás a punto de descubrir cómo son las cosas, cómo es el mundo, cómo funciona y cómo cambia cuando eres madre.

PDT: Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada