SIMON BLAIR (IZQ)Lo más preciado del mundo de la literatura es que está totalmente desencadenado de órdenes y leyes. Incluso de conceptos, pues su capacidad de acogida es la misma que la expresada por el ser humano a través de su pluma.

Por: Simón Blair

Cortázar con sus palabras inventadas y sus cronopios, famas y esperanzas; la estrella de Kafka; los recortes periodísticos de los dadaístas; los ritmos altisonantes y bajos, etcétera. Nada está prohibido en este mundo; los hombres tienen el derecho a soñar mundos fantásticos a partir de lo más cotidiano; las hormigas, de pronto, adquieren la fuerza necesaria para cargar cabezas de bebés, hay paraísos en la esquina menos pensada, gatos que hablan, conejos como dandis y fantasmas de parientes muertos que se aparecen para comunicar que no existen.

Las palabras de un sicario de repente las pronuncia un aristócrata, las elocuencias de un aristócrata de repente son usadas por el más lunfardo de los habitantes del bajo mundo. De la nada, sin avisarse, una idea pretérita es formal y progresista para el más mojigato de la mojigata época y el progresismo pertenece, violando las barreras históricas, al país de las Cruzadas, los sacerdotes, las brujas y la sumisión.

La literatura no está esperando nuevas ideas, porque ella misma ya es la idea nueva. Todo es viable, todo es permisivo, todo es del hombre. La literatura proclama la libertad por esencia propia; no está adaptada a la época sino al hombre y cuando éste muere, como una viuda vengativa lo absorbe hasta no dejar rastro suyo, inmediatamente pasando a otros hombres, otros estilos y otras “normas”. La literatura es la cadena, el ciclo vital de la inmortalidad, de la libertad humana. Sabe cuándo aplastar, cuándo juzgar lo que considera impertinente, dañino o prejuicioso. Sabe cuándo destrozar al hombre que intentó hacer de ella un arma de destrucción y recompensa a aquél que ensalzaba los valores de la verdad, la justicia y la dignidad. Y no hay mejor dádiva que unos libros cayendo en las manos de los niños. Todo, todo está permitido: castiga la realidad enfermiza de los hombres, se ríe de ellos: su ignorancia propagada y la moral que los cobija. Pues sólo aquí se permite que un hombre muera de una sobredosis de marihuana, que un hombre conozca la historia, que las tortugas sean infatigables y prontísimas viajeras, que una niña en harapos salve al mundo, que el hombre se mire a sí mismo como víctima de las palabras habituales, que el tiempo cambie y la noche sea día, el día noche, llueva para arriba, la lluvia ácida sea la propagadora de la primavera y que el cielo habitado por alados seres sean una verdad.

Lo dije antes y lo repito: todo esto ocurre y es apreciado porque ella no se llama así misma portadora de la temporalidad del hombre. La literatura no presume de sus verdades porque sabe que no son más que el reflejo de lo que piensa el hombre. Por eso deja huérfanos aquellos libros que rebasaron su ficción para hacerle creer al hombre que hay un dios que vela por los demás, de una ideología política que se cree más importante que la vida; de la imposición o restricción de la libertad individual en honrosísimo defecto de las ideas más prejuiciosas y arbitrarias. La literatura no presume de la verdad, porque sabe que tiempo después ésta llegará con la mayor de las alegrías.

Para darse cuenta de todo esto, sólo es necesario ver los absurdos que nuestros desinformados políticos -como el señor Juan Carlos Vélez que mató a 37 inofensivos fumadores de hierba, seguramente leyó El perseguidor de Cortázar- llaman verdad y nuestros más supuestamente progresistas líderes religiosos -Bergoglio- llaman compromiso cuando sólo son una sonrisa enorme que cubre el pecado más horrible: hacer infelices a los hombres. Si estas personas desean decir mentiras deberían dedicarse a la literatura para ver si algún día terminan diciendo la verdad. Lo dudo mucho…