Es hora de esclarecer nuestras posiciones, iniciando con una reivindicación de lo particular como único camino de llegar a lo universal.

 

Por / Valentina Gutiérrez González

En los últimos días el mundo entero ha estado a la expectativa y la angustia frente a las movilizaciones llevadas a cabo en Estados Unidos, originadas por la muerte de George Floyd, un afroamericano que fue asesinado por un policía blanco estadounidense, un hecho lamentable.

Y aunque este haya sido el detonante, las comunidades negras, latinas, LGBTI, y cualquier grupo minoritario o estigmatizado, han sufrido discriminación a lo largo de los años, no solo en el territorio estadounidense sino en todo el mundo, pero lo que tiene en vigilia a la humanidad es la respuesta dada por la comunidad.

La gente ha salido todos los días a protestar en contra de un sistema violento que los ha oprimido durante siglos, en contra de la invisibilización del racismo, en contra de la impunidad, y lo han hecho con todas sus fuerzas, usando su dolor como movilizador, usando su rabia como herramienta para no decaer, y aunque muchos biempensantes los tachen de violentos e insurgentes, hay que aceptar algo, y es que no hay manera pacífica ni tranquila de responder a un Estado que no oye, a una sociedad que no siente y a unos medios que no ven.

Estas movilizaciones han sido un llamado al mundo entero para salir de ese letargo impuesto por el poder invisible, a tomar acciones reales y concretas, a pensar en el otro como nuestro igual y no desde una posición de superioridad, a repensar nuestros privilegios, pero sobre todo, a sacudir las estructuras del poder hegemónico, esas en las que no importamos realmente, esas que anualmente desangran los países para sus beneficios, esas que dejan morir a los enfermos en las salas de emergencia, esas en las que las mujeres somos solamente números en una gráfica de violencia sexual.

Ahora bien, aunque estas manifestaciones nos impulsen a aferrarnos a una nueva esperanza y a una nueva mentalidad, en Colombia, el fenómeno de la movilización difiere bastante de la realidad estadounidense y del mundo en general. Suele ocurrir que nos conformamos con alguna solución rápida y a medias o que por defecto de la inmediatez de la información terminamos por sumirnos en el olvido.

Las redes sociales se inundan de publicaciones y comentarios apoyando las movilizaciones en el exterior, pero cuando hay manifestaciones aquí, tachamos a sus participantes de comunistas y guerrilleros. Curioso es que la mayoría de las personas no saben realmente qué es el comunismo, porque precisamente no lo enseñan los colegios, particularmente en las clases de ciencias sociales.

¿Por qué consideran que es un acto de racismo sistemático el asesinato de George Floyd, pero usan las palabras “negro” o “indígena” como insulto?

Vivimos en un país en el cual la combinación de la doble moral y el conformismo crece cada año y se vuelve un mecanismo silencioso, pero violento, que termina por justificar las acciones del Gran Hermano. En el que “mirar hacia otro lado” se ha vuelto el estandarte de muchos y muchas, en el que juzgamos a quienes claman por ayuda, y en el que defendemos unos ideales que nada concuerdan con nuestras acciones.

Es hora de esclarecer nuestras posiciones, iniciando con una reivindicación de lo particular como único camino de llegar a lo universal. En estos momentos, cuando realmente la sociedad necesita conocer el significado de la cohesión, no podemos excusarnos ni mirar hacia otro lado, no podemos seguir ignorando lo que pasa.

Debemos alzar nuestras voces al unísono, nada de seguir ocultándonos tras el miedo y el privilegio, y entender que las luchas son de todos y todas, así no nos afecten directamente. Entender que la unidad de ideales es lo que construye una sociedad y lo que edifica las bases de ese futuro en el que las próximas generaciones puedan vivir en un estado de dignidad humana plena, que tanto ha huido de nosotros y nosotras.