Ese mismo ejercicio haga entender el verdadero orden del gobierno como un grupo de representantes garantes de los derechos y la justicia social y no como una elite suprema e inalcanzable…

 

Por / Diana Marcela Brochero Sepúlveda

                                                                La preocupación es como una mecedora, te da algo que hacer, pero nunca te lleva a ninguna parte

Erma Bombeek

 

En tiempos de pandemia se acrecientan las dificultades y en medio de estas se hacen más visibles las brechas de desigualdad que muchos han pasado por alto y que otros han denunciado desde las calles a viva voz durante décadas.

No cabe duda de que Colombia no tiene ni la infraestructura, ni la formalización, ni la chequera de los países del primer mundo, entendiendo esto ¿cómo hacer frente a una de las problemáticas más relevantes en el contexto nacional, la educación de los niños, niñas y adolescentes de nuestro país?

Actualmente, pensarse la educación desde un escenario un poco más real y sentido que el despacho ministerial se ha convertido en un cúmulo de paradojas y conflictos internos para quienes tienen en sus manos la labor de dar continuidad a un proceso formativo que motive al estudiante y salga al paso con las improvisaciones que esta coyuntura fortuita y espontánea demandan.

Es difícil que las personas que conforman una comunidad educativa se encuentren felices o al menos satisfechas con la nueva dinámica escolar, sobre todo si nos referimos a las escuelas y colegios del sector público del país que hoy por hoy han dejado en evidencia un sinnúmero de dificultades físicas, técnicas y tecnológicas que dejan mucho qué pensar frente a las disposiciones anuales de las carteras destinadas al sector educativo de un territorio con tan alta población rural y de recursos limitados.

Ahora, sumado a territorios con condiciones de poca o nula señal para conectividad, estudiantes sin equipos móviles para conectarse, falta de formación o tiempo de los padres para acompañar un proceso, se evidencian profesores con poco o ningún conocimiento de plataformas para impartir clases virtuales, la didáctica parece perderse justo en el momento en que se sale del aula; por ende se evidencia un desajuste en la articulación de un proyecto pedagógico en el que se pongan en práctica técnicas y métodos de enseñanza que aporten a un aprendizaje significativo y no se quede en la tediosa acumulación de información intrascendente y falaz.

Padres de familia estresados, estudiantes ansiosos y profesores frustrados representan el panorama actual de la educación pública en Colombia y cómo no estarlo si desafortunadamente las estrategias implementadas desde el Ministerio de Educación Nacional, las secretarías de educación e incluso desde los mismos planteles educativos con su equipo docente se quedan cortas frente a las situaciones tan complejas que componen el proceso de enseñanza-aprendizaje no sólo por las precariedades y dificultades sino también por la falta de autonomía, compromiso y responsabilidad de algunos estudiantes que desafortunadamente responden –y hay que decirlo– a las perversas reformas educativas que se han mal logrado en el país y han llevado a los centros educativos a contemplarse sólo como  puntos de cuidado de niños y jóvenes propiciando tal vez ” sin querer” una mediocridad y facilismo en la construcción de conocimientos y formación para la vida.

Por último, y a riesgo de ser reiterativa en este punto, no queda más que experimentar y arriesgarse. Hoy ninguna respuesta es definitiva y sólo en la medida en que se vaya aceptando la “nueva normalidad”, dejando un poco la preocupación y la angustia anticipada, se podrá avanzar en el proceso de enseñanza aprendizaje; ahora bien, el mayor desafío que queda a cuestas de los educadores, los padres de familia y los estudiantes como mayoría en la sociedad civil colombiana se traduce no sólo en la búsqueda de una flexibilización contextual del currículo, sino más bien en una reflexión política que permita una mayor conciencia frente a la importancia de un ejercicio democrático juicioso, crítico y autónomo.

Ese mismo ejercicio haga entender el verdadero orden del gobierno como un grupo de representantes garantes de los derechos y la justicia social y no como una elite suprema e inalcanzable que sin ningún control puede jugar con la calidad de vida de los colombianos.