…En últimas, se debe levantar fuerte la voz, con firmeza, en defensa de todas las vidas, para que en este caso, la vida de cualquier ser humano valga sentimentalmente tanto como la vida de un perro…

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Por: Julian Bedoya

Hace algunos días, surgió el lamentable rumor que la Alcaldía de Pereira, por medio de una de sus secretarias, y motivadas por una supuesta denuncia presentada por una estudiante de la Universidad Tecnológica, pretendía recoger a todos los perros que habitan en la Universidad. Esto más allá de ser un rumor desafortunado, y que a la postre no tenía ni un ápice de veraz, generó toda una ola de indignación dentro de la universidad, creando una movilización virtual y física alrededor de la permanencia de los caninos en la UTP, y el desenvolvimiento de todo tipo de acciones para ello: planillas llenas de firmas, derechos de petición, censo de los animales y las “madres o padres humanas”, creación de comités, etc.

En el marco de los debates que surgieron sobre cuál era el mejor destino para los caninos y sobre la importancia dada a la causa animal, se crean innegablemente no pocas reflexiones alrededor de la manera en que asimétricamente se analizan los últimos acontecimientos en nuestra alma mater y la forma tan religiosa en que se reacciona en los debates y cómo se asumen las contradicciones.

Para no hacer una larga introducción sobre la reflexión que se pretende hacer, si ha generado estupor la desequilibrada reacción por la suerte de los caninos de la universidad con respecto a temas de enorme gravedad como son las batidas en los barrios populares, los 40 defensores de DDHH asesinados en el último año, las campañas de limpieza social, la reforma agraria, y, para acercarnos más, las amenazas de muerte contra varios dirigentes estudiantiles de la UTP. Es innegable, porque no estamos llamados a la ingenuidad, que existen no pocos estudiantes que consideran que la amenaza recibida por los mencionados es merecida o buscada, y que no les produce bajo ninguna circunstancia, la misma indignación que una corrida de toros, un circo o el maltrato animal. Y si bien se entiende que cada cual tiene derecho a escoger por qué pelea y cuándo pelea, en el fondo si se evidencia una subvaloración de la vida humana, una cotidianización de la muerte y la violencia, cierta legitimación de la misma, esto es, que se justifica y se relativiza, y una búsqueda de la humanidad desde la otredad, en este caso desde el cariño por los animales. Para hacerlo más claro, sentimentalmente a muchos les vale más la vida de un perro que de un joven, estudiante, obrero o campesino.

Por otro lado, y sin caer en el discurso meloso de la cultura de la paz por la paz, si se hace notorio una increíble intolerancia en la manera cómo se resuelve las disputas políticas o argumentativas; cómo se puede llegar a odiar a alguien o ubicarlo en deshonrosas categorías por pensar diferente, por no estar de acuerdo. Hace algunos meses en el portal de Tras la Cola de La Rata, una periodista escribió un artículo sobre el caso de un perro que había atacado un niño en Dosquebradas, y sus impresiones al respecto de las diferentes opiniones que surgieron alrededor del lamentable suceso. Su crítica, bien desarrollada o no, sobre lo mencionado le significó una ola de ataques sanguíneos y virulentos, amenazas, insultos y un matoneo como pocas veces visto, si se hubiese tratado, por decir cualquier cosa, de la ablación practicada aún por algunas comunidades indígenas en Risaralda, o por la decisión de la alcaldía de Pereira de no permitir a los indigentes que duerman en las calles de la ciudad. Es la adopción de doctrinas y de cruzadas intocables e indiscutibles, hasta el nivel de poner en riesgo amistades y cercanías a quién ose  no compartir y criticar las banderas defendidas. De allí nace el extremismo islámico, el matoneo, la violencia política y el rencor infértil. Esta actitud fanática y desenfrenada, verdadero espíritu religioso con que algunos políticos, animalistas, feministas, cristianos y demás causas que generen afiliación sentimental, entienden y se relacionan con el mundo.

La completa subvaloración de la vida humana, la naturalización de la muerte y de la violencia, la intolerancia política, y la visión sanguínea de amigos y enemigos en función de quién comparta o no una idea, una ideología; es el caldo de cultivo de las cuales han sabido alimentarse todas las violencias en Colombia. Por eso, más allá de si hay sintonía o no con alguien, nadie merece ser amenazado, nadie debe encontrar una dicotomía entre opinar y conservar las unidades que le son afectivas. Si se mantiene intacta la masa corpórea de odios y fanatismos, la cuota de muertos en este país estará asegurada. En últimas, se debe levantar fuerte la voz, con firmeza, en defensa de todas las vidas, para que en este caso, la vida de cualquier ser humano valga sentimentalmente tanto como la vida de un perro.

 

Andrés Julian Bedoya

@AJulianBV