HUGO-ANDRÉS-ARÉVALO-G-columna“Ser lento significa que uno controla los ritmos de su vida y decide qué celeridad conviene en un determinado contexto. Si hoy quiero ir rápido, voy rápido; si mañana quiero ir lentamente, voy lentamente. Luchamos por el derecho a establecer nuestros propios tempos”, Carl Honoré.

Por: Hugo Andrés Arévalo González

Si usted es de esas personas que no pueden dejar de leer, ver películas, escribir o trabajar de manera obsesiva; bienvenido: hace parte de nuestro ansioso grupo que busca generar más ingresos o conocimientos, olvidando lo esencial: vivir.

La prisa por el trabajo ha sido una de las razones de mayor peso que ha facilitado la ruina del mundo; es una guerra silenciosa contra el ser humano; se nos da a cuenta gotas y no somos conscientes de ello, o si lo sabemos, preferimos evadir el tema. Este modo presuroso y perjudicial de vivir, es tan legal como cualquier otro perjuicio, pues sus víctimas -para medios de comunicación y muchos ciudadanos-, no pasan de ser “adictas al trabajo.

Cuando mueren estas personas por exceso de trabajo, pocas veces se mira lo que hay detrás de ellos: los tentáculos de una estructura económica y social del mundo que no permite que vivamos más relajados y sin preocupaciones superficiales. Si la gente no tuviera que pensar en trabajar para pagar deudas, sencillamente no se extenuarían a diario para generar ingresos, pero la mayoría de las veces no sucede eso. Un ejemplo de esta problemática, la sufre la sociedad japonesa, tal como lo reflexioné en mi columna: ‘El país que ya no desea tener sexo’ (ver informe).

Como alternativa a este ritmo acelerado de trabajar y conseguir posesiones, aplastando la propia persona, la familia, la amistad o el amor; Carl Honoré hace un análisis histórico de la aparición de esta cultura de la prisa en su reconocido texto ‘Elogio a la lentitud’. Y en detalle, concluye que el movimiento slow, viene siendo la solución: “La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento. Como veremos, a menudo realizar una tarea con lentitud produce unos resultados más rápidos”.

En su momento, la aparición del reloj mecánico en el siglo XIII, significó algo más que la construcción de un dispositivo para calcular la hora: implicó un cambio total en la manera de ver y vivir de las personas. Como dice la antropóloga Paula Sibilia: “Se trata de tecnologías de biopoder; es decir, de un poder que apunta directamente a la vida, administrándola y modelándola para adecuarla a la normalidad”. Y tal como lo evidenciamos en la vida real: el que pierda de vista al reloj, también se arriesga a ser desterrado de su  familia, pareja y trabajo.

Dos ejemplos audiovisuales sobre esta problemática: Una, el cortometraje elaborado por Carlos Bueno y Yocsner Bedoya, dos egresados de la Universidad Tecnológica de Pereira. El video muestra a una niña que camina lento y en contravía del fluir de la ciudad intenta encontrarle un sentido a su vida (ver video). Dos, el documental Baraka, de Ron Fricke (1992), el mismo autor de la trilogía Qatsi, en el que aborda la sociedad como un viaje al sin sentido. Una de las escenas que más sobresalen es la de unas personas en restaurantes que comen mucho y rápido para llegar a sus lugares de trabajo; el autor compara a esa gente con los pollos de engorde en los gallineros. Quiso decir él: trabajamos como animales para alimentar a nuestros jefes, a un sistema profundamente desigual (ver documental).

Para la investigadora Mónica Cruppi, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), es muy fácil ver que las personas trabajan incluso en su tiempo libre: “si bien muchos lo hacen porque no les alcanza el dinero para hacer frente a sus obligaciones económicas, también hay personas que no pueden vivir sin trabajar; es decir, los ‘laboradictos’ o workaholic“, diferencia la especialista. Estas personas “creen que el empleo es lo más importante en la vida y que todo lo demás es secundario…De hecho, está comprobado en diversos estudios mundiales que trabajar más de 12 horas al día aumenta en un 37% la posibilidad de padecer alguna enfermedad”, concluye el informe (ver completo).

Esta vida agitada nos aparta de lo más básico y necesario que es el disfrute del presente y las relaciones interpersonales. Los que más sufren estas ausencias son los niños, de quienes se espera socialmente, y de manera equivocada (ver porqué), que sean el futuro del mundo. Por nombrar un ejemplo: “Los psicólogos especializados en el tratamiento de adolescentes que padecen ansiedad ven ahora sus salas de espera llenas de niños de hasta cinco años, que padecen trastornos estomacales, dolores de cabeza, insomnio, depresión y trastornos alimentarios”, añade Honoré. Los niños no dan abasto con nuestro egoísmo de tener que obligarlos a cumplir nuestros sueños frustrados, vinculándolos a clases de piano, natación, gimnasia, etc., y llenándoles sus infancias con nuestras exigencias de adultez.