Mucho menos se puede esconder el goce de varios de nuestros políticos por las armas, la sangre y el conflicto armado. Sin embargo, el goce trae consigo la posibilidad de autodestrucción; al querer acabar con el otro es posible inmolarse con él, en el fondo se desea.

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Comprender al ser humano es una tarea inacabable. No por ello deja de ser atrayente intentar dar forma a ciertas actitudes que parecen extrañas a riesgo, incluso, de estar equivocados.

Al saber estos peligros es posible entonces ver como los colombianos no escapamos a las contradicciones de la vida: somos una sociedad que busca la paz en medio de la intolerancia, gritamos en favor de la justicia y le hacemos un guiño a la trampa, queremos ayudar a los venezolanos a través de una guerra.

Ciertos líderes invocan las armas como la solución a los problemas del país vecino y los propios, cuando nuestra historia ha estado orientada por los fusiles, ¡gran sorpresa! Llevamos poco más de doscientos años de vida republicana en un conflicto sin fin.  Pero amamos las armas y el mejor síntoma lo hallamos en el goce de acabar con el otro, física o simbólicamente.

El goce, según el psicoanálisis, es una satisfacción que se paga con cuotas de dolor y sufrimiento, en cierto sentido, el goce coquetea con la muerte. Puede estar ligado a esas pulsiones creadora o destructora del yo o de los otros, todo depende. Lo cierto es que sujetos al inconsciente, hallamos en el otro una amenaza que debe ser destruida, o es él o soy yo.

Frente a esta amenaza se constituye en goce la posibilidad de aniquilar al otro, un placer que los sádicos no pueden negar y las almas que creen en la bondad esencial del hombre se esmeran en no ver.

Mucho menos se puede esconder el goce de varios de nuestros políticos por las armas, la sangre y el conflicto armado. Sin embargo, el goce trae consigo la posibilidad de autodestrucción; al querer acabar con el otro es posible inmolarse con él, en el fondo se desea.

Ante este panorama, aparece otra pieza del rompecabezas: el otro, la gran amenaza, el campesino, el guerrillero, el paramilitar o el venezolano… que se presenta como un riesgo para mí o mi comunidad.

Salen a flote las dificultades con el otro, los riesgos que implica conocer su historia, sus razones, preferimos silenciarlo, apagar su voz. Lanzarnos en guerras en nombre de ideas demasiado abstractas (patria, seguridad, propiedad privada…) que nadie entiende muy bien, pero que sirven para acabar con la vida de los hombres de a pie. Esas ideas ayudan al goce de tantos políticos locales para llamar a las armas.

A pesar de la contundencia de la realidad tenemos la ilusión de que las relaciones con el otro son armónicas, pero ya Sartre y muchos otros pensadores han quitado esas falsas esperanzas al mostrar como toda convivencia con el prójimo implica el conflicto.

No se presenta un avance en términos de progreso cuando hablamos de las relaciones con el otro, los conflictos se agudizan o cambian de forma. Allí puede estar el único triunfo, en encontrar el terreno más adecuado para no aniquilar al otro, por lo menos no de forma directa.

Este es el gran reto, buscar la forma de dialogar con esos dogmas chavistas o uribistas que tantas rabias nos sacan y en ocasiones quisiéramos ver desaparecer. Asumir que aniquilar al otro es una solución demasiado nazi, al mejor estilo de las limpiezas sociales criollas, que prefieren desaparecer los elementos no deseados antes de reintegrarlos. Pero estas soluciones son devastadoras para una sociedad que se fragmenta ante la violencia.

Así que el diálogo entre ciudadanos es, por ahora, la herramienta más adecuada para contrarrestar el goce ante la guerra. Esta es una solución lenta y tortuosa, pero es la más indicada en estos tiempos de violencia.

Una apuesta demasiado romántica para un momento lleno de pragmatismo bélicos; no obstante, muchos estamos cansados con las guerras, las víctimas, los desaparecidos a costa de los intereses de unos cuantos. Si el hombre ha hallado goce en la guerra, también es necesario encontrarlo en formas de conflicto no-violentas.

Asumir al otro no es fácil, más cuando encarna el dogmatismo y el poder, pero ahí está la tarea de los ciudadanos del siglo XXI, romper con la tradición de la fascinación por las armas, pensar en la desobediencia civil, en la organización y la lucha política.

Y así escriba y escriba sobre pensar otras opciones para esta realidad e intente no ver como el goce por la guerra impera en muchos sátrapas, no me es posible dejar de sentir temor ante una posible guerra con Venezuela; por ello no dejo de releer aquel poema de Jorge Luis Borges, Juan López y Jhon Ward.

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en
distintos países, cada uno provisto de lealtades,
de queridas memorias, de un pasado
sin duda heroico, de derechos, de agravios,
de una mitología peculiar, de próceres de
bronce, de aniversarios, de demagogos y de
símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos,
auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al
río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad
por la que caminó Father Brown.
Había estudiado castellano para leer
el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que
le había sido revelado en un aula
de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron
una sola vez cara a cara, en unas
islas demasiado famosas, y cada
uno de los dos fue Caín,
y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve
y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en
un tiempo que no podemos entender.

 ccgaleano@utp.edu.co