Vistas así las cosas, la utopía es el señuelo y la distopía su triste materialización. Como sucede siempre, son los grandes escritores los que primero advierten el engaño. Y como pasa siempre, nadie les presta atención.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Casi siempre una distopía es una utopía que descarriló.

Igual que esas historias de amor que nacen marcadas por lugares comunes teñidos de color rosa y acaban en el más completo de los desastres.

No es un designio, ni una maldición, ni el colmo de la mala suerte: sucede que la vida humana está hecha de esa manera.

 Nuestra imperfección nos lleva a elevar las ilusiones demasiado alto. Y cuanta más altura alcanzan, más duro es el golpe cuando se dan de narices con la realidad.

Y eso acontece tanto en las ilusiones personales como en las colectivas.

Luego buscamos el consuelo diciendo que nos engañaron: que se aprovecharon de nuestra buena fe.

Pero es falso: nadie nos engañó, salvo nosotros mismos. Forjamos nuestras utopías y nos hacemos un lío con ellas.

Un repaso a la Historia nos ofrece suficiente ilustración.

El paraíso comunista devenido Gulag donde perecen todas las fantasías de igualdad.

El sueño cristiano del amor al prójimo naufragando en medio de la avaricia y la explotación de los otros.

El espejismo del bienestar capitalista convertido en alucinante ritual de consumo, derroche y depredación, que amenaza incluso la supervivencia misma de la especie humana y del planeta que habita.

El culto liberal a la libertad del individuo mutando hacia el autismo y el egoísmo más feroz.

La democracia con sus promesas de participación y de una voz para todos, reducida a la política como circo y al vociferante territorio de las redes sociales suplantando la vieja idea del foro como lugar donde se debaten ideas, se intercambian argumentos y se toman las grandes decisiones.

La tecnología pensada como herramienta de conocimiento y comunicación, transformada en otra forma de alienación.

Tal vez todo se debe a que, en realidad, el ser humano ni es autónomo ni busca  la autonomía. Es al revés: el Homo Sapiens es gregario. Va en manadas, y por lo tanto responde más a estímulos primarios que a razonamientos.

El sexo, el miedo, el hambre y su expresión más visible, la voracidad, siguen siendo los grandes móviles.

Los mismos de hace treinta mil años. Por eso resulta tan fácil caer en manos de gurús. Y no es que estos sean especialmente brillantes: nosotros los buscamos con ansia y ellos fabrican una fórmula a la medida de los anhelos o temores de cada quien.

Políticos, curas, culebreros, publicistas, geniecillos del mercadeo, todos operan con un truco sencillo: conocen nuestra fragilidad y presumen de conocer las claves para hacernos fuertes.

O exitosos, como rezan los lenguajes al uso.

En la Historia con mayúsculas, esos guías tienen nombre propio: Jesucristo, Julio César, Alejandro de Macedonia, Luis XIV, Enrique VIII,  Henry Ford, Hitler, Stalin, Churchill.

Son legión.

Vistas así las cosas, la utopía es el señuelo y la distopía su triste materialización.

Como sucede siempre, son los grandes escritores los que primero advierten el engaño. Y como pasa siempre, nadie les presta atención.

En Un mundo feliz -el título mismo ya acarrea una amarga dosis de ironía-Aldous Huxley nos presenta una sociedad del  futuro conocida como “Estado Mundial”. En ese mundo se cultivan seres humanos en botellas y luego son sometidos a lavados de cerebro con el fin de convencerlos de la pertinencia moral de las acciones  que los moverán. Dentro de esos valores está el imperativo de asumirse como trabajadores y consumidores. Solo esa obediencia podrá hacerlos felices.

Si nos fijamos bien, la novela de  Huxley hace rato se quedó corta. La utopía del mundo feliz pronto derivó en distopía: las formas de alienación se hacen cada vez más refinadas. Basta con echarle una mirada a los mensajes publicitarios, a los discursos de los políticos o darse un paseo por los centros comerciales, ese reino del vacío en el que solo es posible ser consumidor.

Consumo, luego existo.

El consumo compulsivo y sin límites de objetos, personas, paisajes: el último punto del manual de uso para esas formas del infierno a las que hemos reducido nuestras vidas.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: