El peso de las palabras se nos escapa por la gran velocidad con que las articulamos. Las exhalamos descuidadamente. Nuestra capacidad de cálculo no es suficiente para determinar la cantidad de combinaciones proferidas en una vida.

 

Por: Giussepe Ramírez

Ilustración / Martín Elfman

“El lenguaje no es un artefacto cultural…”, advierte Steven Pinker. Y sin embargo, según Darwin, citado por Pinker, esta capacidad implica un impulso natural para adquirir un arte. Es un aparato primitivo y salvaje, sofisticado por centenares de milenios. Salvaje en el sentido del carácter irreflexivo del individuo sobre sus dinámicas. Articular palabras conlleva la misma inconsciencia que bombear sangre a todos nuestros órganos. El lenguaje es como el reflejo de presión plantar en los recién nacidos, solo que funciona en sentido inverso. Desaprendemos el reflejo, lo superamos; dejamos de arquear los dedos de los pies ante un estímulo para poder erguirnos y caminar con firmeza. Pero el lenguaje nunca nos abandona sino que late. Si nos deshabita estaríamos en una zona oscura, privada de recuerdos y de relatos; el pensamiento se detendría. No hallaríamos sentidos y estaríamos desprovistos de ideas.

Las extremidades pueden ser amputadas. Pero no es posible, por medios conscientes, desaprender el lenguaje, obligarlo a deshabitarnos.

El lenguaje es un mandato.

Si seguimos a Pinker es válido pensar el lenguaje como un signo vital. Aun cuando estamos en silencio, el cerebro está colmado de palabras: sonidos, imágenes, combinaciones asociativas, conceptos. Al dormir nuestro corazón irriga sangre y nuestro sistema respiratorio continúa su actividad. Al dormir nuestro cerebro sigue hablando; sueña y al día siguiente emitimos sonidos que remedan nuestra vida onírica, pues esta ya fue lenguaje.

No debemos perder de vista la complejidad del sistema por su automaticidad. Lo instintivo implica una superestructura que a la mayoría se nos escapa. El lenguaje es impuesto como un color de piel universal, solo diferenciado por manchas multicolores según la región; obedece a lógicas sobre las que no ejercemos control alguno. El lenguaje es una construcción anónima y colectiva carente de identidad, solo posible por un perfeccionamiento prehistórico.

El peso de las palabras se nos escapa por la gran velocidad con que las articulamos. Las exhalamos descuidadamente. Nuestra capacidad de cálculo no es suficiente para determinar la cantidad de combinaciones proferidas en una vida. El cerebro, al parecer, es de naturaleza discreta como las palabras, pues los disparos neuronales son binarios. Sin embargo, los millones de procesos que suceden a la vez en un cerebro, así como la “combinación inédita de palabras” que implica construir una oración, hacen surgir sistemas combinatorios continuos.

La escasez dentro de la naturaleza humana y del lenguaje se convierte en una abstracción de estructura continua. Esta posibilidad surge gracias a la existencia de engranajes con lógicas abstractas propias que conecten máquinas diversas.

@Animalmoribundo