Así, entre tragos de aguardiente rezados y conversaciones que saben tomar su tiempo, como toda buena conversación, Hoyos va entregando las claves de su método salvaje.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Recuerdo cuando trabajaba en una tienda de barrio, cerca de la universidad, allí pude escuchar varias historias de clientes que iban y venían. Pienso en esas historias cotidianas de hombres y mujeres traicionados por algún amor, olvidados por sus hijos o perseguidos por las deudas, mientras termino de leer el libro de Juan José Hoyos, El método salvaje.

Hoyos se lanza en una aventura periodística por comprender la vida de un Embera-Chamí llamado Karagabí y su comunidad. No cabe duda que este texto, al igual que otros, es una apuesta por acercarse al otro, asumir el reto de comprender sus modos de vida y sus luchas.

Los Embera-Chamí, como otras comunidades indígenas, son vistas en la mayoría de casos como formas exóticas de la cultura; una artesanía más que se exhibe, pero no se respeta. Esta actitud la representa de la mejor manera nuestro párvulo presidente que se niega a dialogar con las comunidades del Cauca levantadas hoy para exigir que se cumpla un sinfín de acuerdos.

¿Cuál es la forma más adecuada para acercarse al otro? Esta pregunta está cargada de ambigüedad y dificultad. Es ambigua en la medida que todo contacto con el otro es necesario y riesgoso. Necesitamos del otro para construir nuestra realidad social; sin embargo, el otro puede poner en peligro mis ideas e incluso mi vida. La dificultad es evidente, el otro es un puente que necesito y debo cruzar, pero este puente en cualquier momento puede colapsar.

Ante tantos peligros en la actualidad se ha optado por invisibilizar al otro, ignorarlo y negarle la palabra. Hoyos, por el contrario, escucha y entrega la palabra a Karagabí, conversan una y muchas veces en varios lugares y bajo diferentes estados (sobriedad o embriaguez mística), lo que importa es escuchar al otro, aceptarlo como es para acceder al misterio de su existencia.

Dentro de las conversaciones que se sostienen en este pequeño libro, una en particular cobra una inusitada importancia. El cronista se encuentra con un jaibaná llamado Horacio, este le habla acerca de la krizhía, que no es otra cosa que la memoria, pero los Embera la entienden como: “los pensamientos de uno por dentro”.

El jaibaná siente que la krizhía Embera se está perdiendo. La historia es una conversación que ya no se está dando, por eso aquel indígena casi que implora que la historia de su comunidad sea escrita y pueda perdurar un poco más.

El pasado Embera al igual que el de nuestras culturas, está en permanente riesgo de ser olvidado. No obstante, aquellas culturas que se fundan en la tradición oral corren mayores riesgos, porque las conversaciones fundamentales para la transmisión del pasado se van haciendo cada vez más escasas. La letra muerta de los libros es una forma de que la krizhía se mantenga.

Así, entre tragos de aguardiente rezados y conversaciones que saben tomar su tiempo, como toda buena conversación, Hoyos va entregando las claves de su método salvaje. Escuchar al otro, mirar al mundo como si fuera la primera vez que se abre ante nuestros ojos, para que cada conversación, gesto o lamento pueda adquirir dimensiones profundas y, por qué no, poéticas.

Es posible que El método salvaje se funde, al igual que las ideas que tenían los artistas modernos de principios del siglo XX, en un acto de libertad. Ellos volvieron sus ojos a lo primitivo, lo salvaje, rechazaron la pedantería burguesa e intelectual para regresar a los orígenes, al contacto con el otro arcaico. Este retorno permitió crear y escuchar nuevas formas artísticas, en el caso de la crónica esta vuelta permite dar voz a los olvidados.

En este punto, debo reconocer, al igual que Alberto Manguel, que al leer un libro siempre estamos cometiendo una forma de sutil adulterio, es decir, leemos un libro y lo estamos pensando y relacionando con otros; una especie de infidelidad literaria. Traigo entonces a mi memoria las palabras de Svetlana Alexiévich cuando dice:

Atenta, escucho el dolor… El dolor como prueba de una vida pasada. No existen otras pruebas, desconfío de las demás pruebas. Son demasiados los casos en que las palabras nos alejan de la verdad.

Reflexionando sobre el sufrimiento, que es el grado superior de la información, el que está en conexión directa con el misterio. El misterio de la vida. La literatura rusa en su totalidad habla de esto. Se ha escrito más sobre el sufrimiento que sobre el amor.

Y la historia que yo escucho también.

Finalmente, no es descabellado pensar que El método salvaje radica en escuchar el dolor del otro como un acto de empatía o en palabras de Hoyos: “abandonarme a la sabiduría del corazón”. Sin embargo, la gran enseñanza de este cronista radica en que, en realidad, no existe un método, cada hombre o mujer que desee explorar las contradicciones de los sujetos de una sociedad debe construir a diario su propio camino.

ccgaleano@utp.edu.co