Para olvidarse por un momento de todo eso, las personas se  meten en la piel de Proteo y se  abandonan al abrazo del mercado y el consumo, donde, si tienen con qué pagarlo, pueden ser cualquier cosa: reyes, princesas, putas, narcos, turistas, estrellas fugaces, profetas pistoleros, gurús, ecologistas, animalistas.

 

Por Gustavo Colorado

Los grandes mitos seducen por su incesante capacidad de renovación: todo el tiempo nos dicen cosas nuevas.

Así, Prometeo desafía una y otra vez a los dioses. En respuesta, vuelve a ser encadenado a una roca  en las montañas del Cáucaso.

En el relato bíblico Eva -que es la misma Pandora de los griegos- prueba el fruto del conocimiento y nos deja, más desnudos que  nunca, frente a  la falacia implícita en todo paraíso.

En la India, Visnú propuso que Vasuki, la gran  serpiente de la sabiduría y rey de los Naga, semidioses considerados inferiores, fuera enrollada alrededor del monte Mandara y éste, colocado sobre la caparazón de la tortuga Kurma, batiera el  mar de leche donde está escondido el néctar de la inmortalidad.

El mismo néctar que hoy seguimos buscando  a través de la ciencia, la tecnología y la medicina.

Vueltos a Grecia, Odiseo va saltando de isla en isla, siguiendo las huellas de su propia desazón. La eterna desazón de todo lo humano.

En esa medida, el de Proteo podría ser el mito perfecto: siempre puede adoptar una forma distinta, en respuesta a los desafíos del entorno.

En la estela de relatos que rondan la isla de Creta, la indómita Pasifae,  “La que brilla para todos” se disfraza de vaca con el fin de atraer al toro blanco del que está prendada. Esa historia es quizás una de las más bellas y brutales reivindicaciones del animal que somos.

El  Minotauro, fruto de esa cópula, es confinado en un laberinto diseñado por Dédalo, una suerte de ordenador del caos.

Embarcados en este siglo XXI que cien años atrás era apenas –como todos– un relato de ciencia ficción, hoy somos, más que nunca, el Minotauro confinado en su laberinto.

Un animal anclado en la tierra, que muerde sin cesar el fruto amargo de la sabiduría.

Siempre que intenta alzar el vuelo es atado a la roca con hilos cada vez más sutiles. Los hilos de su propia ciencia.

Una vez inventó los relojes y  se creyó capaz de gobernar el tiempo. Es decir, de ser libre. Pero hoy los relojes lo gobiernan y no le dan un segundo de respiro.  Hay que ver al homo sapiens corriendo sin sosiego de un lugar a otro de la cuadra, del barrio, de la ciudad, del mundo,  para darse cuenta de que Prometeo, el que quiso robar el fuego a los dioses, sigue más encadenado que nunca.

“El tiempo es oro”, reza el catecismo de esa cosmovisión.

Frente a ese panorama, solo quedan los ansiolíticos y el discurso huero de las sectas Nueva Era.

Otro día el hombre creó los medios de comunicación y una mañana se despertó incapaz de vivir sin ellos.

La gente se despierta, y en lugar de reconfortarse por seguir viva, enciende el aparato de televisión  a la espera de la incesante lluvia tóxica conocida con el nombre de información.

No contenta con eso, revisa todo el tiempo la pantalla del teléfono a la espera de un dato, una cita, un mensaje que nunca llega.

Mientras esperan,  las personas se toman fotografías a sí mismas, acaso como una última prueba de que todavía están allí.

En  Twitter, Instagram, Facebook  y todas las demás, los mensajes se repiten como un interminable llamado de auxilio en medio de ese mar de leche del que nos hablan los libros indios.

De a poco, y sin darnos cuenta, nos convertimos en el Minotauro de cristal.

Para olvidarse por un momento de todo eso, las personas se  meten en la piel de Proteo y se  abandonan al abrazo del mercado y el consumo, donde, si tienen con qué pagarlo, pueden ser cualquier cosa: reyes, princesas, putas, narcos, turistas, estrellas fugaces, profetas pistoleros, gurús, ecologistas, animalistas.

Cualquier cosa con tal de aplazar la disolución en el vacío que nos rodea.

El  cierre de la historia nos sorprenderá a todos intentando revalidar otro mito: el del último canto del cisne, apagado esta vez por el estrépito de los  fragmentos del Minotauro de cristal que se precipitan sobre nosotros como una lluvia final.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.