Jaime se dio a la tarea de recoger tal información a lo largo de sus años, y de servir de guía, como uno de esos bibliotecarios fantásticos que solo se ven en las películas, para que cualquiera pudiera cruzar su caótico laberinto de palabras y salir premiado con alguna revelación trascendente.
Carlos V. Sánchez Hernández
Se está haciendo tarde para hacerle un reconocimiento institucional y académico a Jaime Ochoa, el historiador y docente, actor cultural bastante visible que no ostenta poder político alguno y cuyo trabajo más notorio es haber recogido más de 15 mil títulos que dan cuenta de nuestra historia literaria regional, esa que no se lee en Bogotá, ni publican las grandes editoriales.
Cada año se ve sometido a amenazas de desalojo de su biblioteca por parte de administradores del gobierno que no saben encontrar un sitio en dónde ubicar semejantes y voluminosos testimonios de nuestra era. Aquella biblioteca ha sido fuente de investigación de los más inquietos escritores, historiadores y estudiantes, que quieren encontrar otras pistas acerca de la ciudad que habitamos. En esas páginas se retrata el pueblo que éramos y sin duda estos libros dan cuenta de lo que somos ahora. Jaime se dio a la tarea de recoger tal información a lo largo de sus años, y de servir de guía, como uno de esos bibliotecarios fantásticos que solo se ven en las películas, para que cualquiera pudiera cruzar su caótico laberinto de palabras y salir premiado con alguna revelación trascendente. Nunca cobró un peso por eso y ha sabido alternar esta labor con su trabajo de docencia.
El problema es que padece ahora de cierta derrota compartida, todo porque se han abierto discusiones un tanto bizantinas en torno al costo de este patrimonio bibliográfico, discusiones a las que él no ha sido invitado. Aún así, guarda la esperanza de que más allá de los números y estadísticas, algún gobernante le dé un lugar a ese barco de papel que él arrastra con una dignidad casi irresponsable y el cual flota sobre la ciudad sin hallar un puerto seguro.
No se trata de dinero y, aunque así lo fuera, darle un valor monetario a su intensa labor de recopilación e investigación no estaría de más. Se trata de valorar esta colección de libros y hacerla parte de la gran biblioteca departamental que ahora se proyecta desde la gobernación y el Ministerio de Cultura, archivarla de manera digital y sacar a ese hombre de las aulas, para que se dedique a salvaguardar, como lo hacían los viejos sabios de las bibliotecas medievales, su colección de libros singulares. No todos los sabios saben moverse entre el mundo del mercado, ¡Dios nos ampare! Por eso a Jaime Ochoa hay que rodearlo y recompensarlo, de algún modo, porque aún recorre las calles poniéndonos a todos un nombre, ubicándonos en su anaquel de la memoria con una fe y un sentido que pocos bibliotecarios tienen. (¿A cuántos de ellos se les ve en eventos culturales reconociendo las nuevas expresiones, estimulando el quehacer entre jóvenes?).
Al final, el verdadero patrimonio de Jaime Ochoa no es en sí su biblioteca, ¡es él mismo!, su mente lúcida, su conocimiento, y solo por eso debería estar ahora reacomodando nuestra historia de las letras, con una calma placentera, en su biblioteca del tiempo.


